Viajar solo

Por Saúl López de la Torre

Hace un par de días cumplí veintiocho años de vivir sin caminar. Entonces tuve que realizar varios viajes de los hospitales de Tuxtla Gutiérrez a los de la Ciudad de México, primero acostado en una camilla, ocupando varios lugares posteriores del avión. Luego ya en un asiento de primera fila, al que llegaba en una silla de ruedas. Todos estos viajes y muchos otros, ya por cuestiones de trabajo, los hice acompañado por mi esposa. Nuestros hijos estaban muy pequeños y se quedaban en casa (para no perder clases en la escuela), al cuidado de mis hermanas o de mi mamá o de alguna tía de mi esposa o de nuestros buenos amigos. Después viajé por todas las terracerías, carreteras y rutas aéreas de Chiapas, en automóvil, en avionetas, en helicópteros y en avioncitos ejecutivos de pocas plazas, auxiliado en las subidas y bajadas a los vehículos por mi ayudante inseparable, Zenaido Razgado, cuya corpulencia y fuerza eran las de un gorila y su corazón el de un poeta tibetano. Quince o veinte años después me sentí apto para viajar solo y arreglármelas sin ayuda en un cuarto de hotel. Un hombre que no mueve las piernas pero sí los brazos puede ser autosuficiente. Todo es cosa de perder el miedo a sufrir un descalabro, de ordenar las cosas cuidando hasta el más mínimo detalle: ¿qué hacer para usar el escusado? ¿Cómo llegar a la ducha y alcanzar el jabón, el shampú y la toalla? Debe haber un plan específico para cada acción de este tipo. Y para regresar a la cama (en donde previamente debe acomodarse la ropa, el desodorante de las axilas, el talco de los pies), secarse bien el cuerpo, vestirse, reinstalarse en la silla de ruedas e iniciar las actividades productivas del día. Esto es lo más difícil. Resolver los problemas que justifican el viaje es lo de menos: basta con llegar en buenas condiciones al lugar de los hechos, armado de información, argumentos y capacidad de concertación. Es como si el movimiento tremebundo que alguna vez tuvieron las piernas se hubiese trasladado a la cabeza. En estas condiciones, la mente del hombre desbroza el camino para resolver los problemas, mientras no camina.

En mi último viaje a Chiapas atendí todos mis asuntos en pocas horas: traté con gentes muy profesionales y muy gratas. Antes de las diez de la noche ya estaba tumbado en la cama. Miré una palmera por la ventana de mi cuarto y comencé a leer un recorte de periódico que puso mi mujer en mi equipaje: el plan para asesinar a López Portillo, cuando ya era presidente electo. El autor de semejante plan era el presidente en funciones, Echeverría, quien deseaba seguir mangoneando el gobierno de la República por muchos años más, a través de un buen testaferro, entre los que se nombran a Porfirio Muñoz Ledo, Hugo Cervantes del Río y Augusto Gómez Villanueva. El matón sería algún pistolero al servicio del orate Echeverría, pero harían aparecer como culpables del hecho a la CÍA y a la Liga comunista 23 de septiembre. De haberse consumado el demente plan homicida, a la agencia gringa no le hubieran fastidiado ni con el pétalo de una crítica en los periódicos, pero se habría desatado una sangrienta cacería de brujas contra la disidencia política: persecución, encarcelamientos, torturas y asesinatos de guerrilleros y líderes sociales. Y de ningún modo se hubiese decretado la amnistía que abrió las puertas de la cárcel a los guerrilleros presos, ni la reforma política que propició la libertad para organizarse en partidos y pelear el acceso al poder en los procesos electorales. La retrógrada mano asesina de Echeverría habría arrinconado en la oscuridad de la cárcel y de la tumba a millares de futuros artífices de la democracia del país. Y, al soldarse herméticamente las fisuras libertarias de la cárcel, es altamente probable que algunos presos políticos hubiésemos aceptado la invitación de los reclusos colombianos a fugarnos por las amplísimas avenidas del drenaje, desde la coladera de los baños del gimnasio del recién estrenado Reclusorio Norte. No lo hicimos, porque la luz de la libertad por medio de una amnistía brillaba con creciente intensidad. Les explicamos con calma las circunstancias y nos comprometimos a nunca delatarlos, aunque nos extirparan los tanates a rodillazos. Ellos confiaron en la dureza de nuestra palabra: se fugaron, siguiendo paso a paso el plan que juntos habíamos diseñado. Sin decir ni una sílaba sobre el asunto (lo cuento ahora que han transcurrido treintaiséis años, y que todos andamos bastante lejos del drenaje carcelario), celebramos en silencio el alboroto de su fuga, igual que lo han de haber hecho ellos, meses después, al ver publicados en los periódicos nuestros nombres, en la lista de amnistiados por el gobierno de José López Portillo.

Libre como las aves, escribo esta nota en el avión, de regreso a casa.

-¿Usted conoció a López Portillo?, me preguntó la linda azafata que estuvo al tanto de mí durante todo el vuelo.

-Sí. Platiqué dos veces con él. ¡Era un tipazo!

-Se cuenta que le gustaban mucho las mujeres bonitas.

-Sin duda. Así somos los hombres verdaderos, le dije.

saul-1950@hotmail.com

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