Tal vez necesite un toque mágico

 

Por Uriel Salmerón @urisalemeron

El consumo de droga se ha convertido en un fenómeno cada vez más común en los jóvenes. El hábito se ha incubado en sus modales del diario e incluso traspasa con celeridad las fronteras de la edad. Ya no sorprende escuchar que alguien de 13 años utiliza enervantes.

De acuerdo a la Consulta Juvenil sobre Adicciones en el Distrito Federal, realizada por la Unidad de Investigación Social Aplicada y de Estudios de Opinión, del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM, y el Instituto para la Atención y Prevención de las Adicciones en la Ciudad de México (IAPA) , el 62% de estudiantes en secundaria y 65% en nivel medio superior consideran que las principales razones por las que consumen estupefacientes son problemas familiares, depresión, estrés, por placer y por curiosidad.

Se recarga al amparo de la puerta de entrada. Casi no hace contacto visual con quienes transitan a sus costados. En la superficie de sus ojos se pinta un derrame carmín. Son casi las tres, las clases comenzarán en algunos minutos, pero nada lo inmuta, pareciera gravitar en otra constelación. Todos lo conocen como El Zurdo, aunque algunos minutos después dirá llamarse Erick.

Apenas cumplió los dieciocho, pero presume estar “bien vivido”. Probó la marihuana por primera vez cuando tenía trece junto a los cuates de su cuadra. Al principio fue curiosidad que con el tiempo se transformó en gusto. A partir de ahí le hizo a otras sustancias, experimentó con solventes, piedra e incluso –cuando la economía apremiaba- con aire comprimido.

Pero ninguna experiencia fue tan satisfactoria como fumar un buen porro. Las otras drogas podrían ser una travesía peligrosa, pero nunca se negaría a sí mismo el placer de disfrutar de un toque mágico.

Encuentro a mis papás con ganas de pelear;

Oye, entiéndeme: no estoy de buen de humor.

 

Según datos arrojados por la Encuesta de Consumo de Drogas en Estudiantes en la Ciudad de México, realizada en 2012 por el Instituto Nacional de Psiquiatría, el uso de la marihuana aumentó de 8.2 a 12.2% y la cocaína pasó de 1.7% a 2.5%.

La marihuana lo lleva a un estado mental que hace más tolerable la realidad. En casa las cosas no van bien, se limita a responder. Antes le daba miedo fumar con gente a su alrededor, pero también ha aprendido a ignorar lo que los demás digan de él. No estoy matando a nadie ni robo, dice mientras sus pupilas se inflan como globos de Cantoya.

El Zurdo ha sido detenido por las autoridades policiacas en más de siete ocasiones. “Esos cerdos sólo están viendo a quien apañan, a ver, ¿dónde están cuando hay asaltos o cosas así?”, cuestiona mientras parece invadido por un enojo que rompe con su estado de paz. No le hace daño a nadie, ¿es eso tan difícil de comprender?, vuelve a argumentar. Después de un rato lo sueltan, enfatiza, pero no sin haberle bajado alguna pertenencia.

Me salgo a la calle y no hay nadie con quien hablar,

Miro a todas partes y no sé qué buscar.

-¿Has tenido problemas en la preparatoria por algunos de tus hábitos?

-¿Por quemar? A veces hay doñas que me ven feo, pero dentro de la escuela nunca me han dicho nada. A lo mejor porque somos muchos, jajaja.

-¿Cómo van tus calificaciones?

-No soy matado, pero, pues, tampoco un burro. Ai’ la voy librando.

-¿Crees que drogarte afecta tu aprovechamiento escolar?

-Eso es falso, yo creo que hasta me concentro más. Como que voy más tranquilo y no me distraigo tanto como los demás. Se le hace mucha mala fama, yo creo que también tiene sus beneficios. A lo mejor también tiene sus cosas malas, pero son las menos.

Tal vez necesite un toque mágico,
algo que en mi vida quizás me hará cambiar. 

En junio de 2011, Ban Ki-Moon, Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), solicitó el fin de la discriminación en contra de personas dependientes a drogas ilícitas argumentando: “la drogadicción es una enfermedad, no es un delito”.

Las miradas lo atosigan, pero él dice que eso no le importa. En la preparatoria es uno más y no un segregado. Se la pasa verga en clase con sus compañeros de salón. Es afuera donde la cosa cambia, donde los dedos transmutan en lanzas buscando perforar su paz, aunque según él no lo logren.

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