Siempre quise ser pianista.

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Por Sarah Rebolledo

Siempre quise ser pianista. Nunca lo logré profesionalmente. Quizá porque en realidad nunca en mi vida he tomado una sola clase de piano. Ni si quiera sé leer una nota. Sólo sé que son “do” “re” “mi” “fa” ”sol”. Y ni las sé distinguir. Sin embargo, me fascina la música, y definitivamente, si me preguntan, soy una persona a la que le encantan los instrumentos de cuerda: piano, guitarra, violín, bajo, chelo, contrabajo, etc. Siempre quise aprender a tocar el piano y por azares del destino, nunca he podido. Y ahora que ya soy una adulta, me digo a mí misma: “Mímisma, nunca es tarde para aprender algo nuevo. Cualquier cosa. ¡Vamos! ¡Inténtalo! Será divertido”. Y lo único que me queda ahora es hacer el compromiso de dedicarme a buscar clases de piano para “dummies” o principiantes. Y ahora, no sólo tengo el compromiso conmigo misma, sino con ustedes también, porque la próxima interrogante será: “Hmmm, me pregunto si Sarah logró tener el valor de inscribirse sin prejuicios a una clase de piano”. Y estoy segura de que si no les informo al respecto en mi siguiente columna, irán en búsqueda de Scooby –Doo y a la “Máquina del Misterio” para que les ayuden a resolver su tan ansiada incógnita; pero no sé desesperen, porque les ofrezco una solución diferente a la de tomar clases de piano como tal. Les ofrezco un poco del interior de mi mente y por qué empecé con este tema, el cual, estoy segura que para estos momentos estarán pensando, “Ah, ok. ¿Y luego?” o el clásico “So what?”.

Verán, empecé mi columna con la idea de un piano y el hecho de ser pianista porque de cierta manera, me considero una pianista. Si no bien una como tal musicalmente hablando, sí una literariamente hablando. Me refiero a que cada palabra que se me ocurre y que transcribo mediante el teclado de mi computadora es una nota más en lo que conformará la melodía de mis pensamientos transformados en letras que forman palabras, que a su vez, forman oraciones con sentido (espero yo, o por lo menos es lo que me gusta pensar). Es así que, si se los explico como me lo imagino, soy una gran concertista, a la que le gusta hacer una analogía del instrumento y del artista reflejado a su medio: la computadora y escribir.

Como ya lo había comentado en mi columna pasada, soy orgullosamente una estudiante graduada, pero sin título (y al parecer que me fascinan los oxímorones) de la carrera de letras inglesas. Mi visión de mi ante el mundo como una artista consiste en la siguiente imagen: en mi mente me puedo ver bien vestida, peinada y arreglada, sentada frente a uno de mis instrumentos favoritos que en unos instantes dará vida a algo mágico y deleitante no sólo para quien lo produce sino para quien tiene la oportunidad de disfrutarlo. Mi laptop y yo somos un piano de cola larga y la pianista. El teclado es el teclado de ambos elementos; esto es fácil de relacionar e imaginar. Ahora lo mágico no sólo existe al momento de crear notas que en mi caso se reflejan, como lo había mencionado, en letras y palabras que ayudan a conformar una armonía que después será una melodía o toda una columna o algo que se encuentre adentro de mi mente y que me fascine la idea de transformar en algo que genere empatía en todos ustedes y en mí, sino que para mí, va más allá: la magia radica en gran parte en el sonido que generan las teclas al ser presionadas por mis delicados e inspirados dedos que siguen órdenes precisas de mi cerebro para generar un producto que podré compartir con más de uno (espero). Entonces ya empezó el concierto, y, a decir verdad, va en su punto clímax donde yo sonrío porque estoy disfrutando con mi alma lo que hago y porque me siento humana y me siento viva porque sé que si yo lo disfruto, soy capaz de transmitírselo a todos los espectadores en el concierto de piano más esperado del año. Todo de manera espontánea y casi improvisada, pues las notas que reproduzco aparecen en mi mente al instante y rara vez son planeadas, porque para mí, no hay mejor inspiración que la improvisación del momento. Aunque todo esto siempre es el resultado de algún razonamiento y pensamiento y análisis que ha pasado por mi cabeza previamente. Tal vez desde hace unos años atrás, tal vez desde este instante.

Es así como mi concierto se lleva a cabo. Con ideas que fluyen en mi cabeza al imaginar todo lo que soy posible de crear al escuchar alguna canción que tenga de fondo un piano, o un violín, o ambos. Escuchando quizá a Yann Tiersen, Regina Spektor, o a los Killers. Sintiendo la música que ellos son capaces de crear. Transformando lo que me transmiten a mis propias palabras reflejadas en mi cabeza como lo que imagino, como yo siendo una pianista de letras, una compositora de palabras y oraciones que generan melodías de anécdotas de la vida. Y es así por fin, que cada vez que me siento a traducir una idea en palabras para que alguien más la lea, es que me convierto en la mejor pianista que mi mente ha escuchado, pues cada tecla que presiono me emociona más y me alienta a seguir escribiendo. Me da los ritmos y me marca las pautas de cada palabra, cómo suena y cómo tiene o no tiene sentido con la que le sigue o le antecede.

Es así como logró crear, transmitir y traducir mi música insonora (a menos que sea leída en voz alta, pero como la lectura es un acto personal y privado, de inmediato se vuelve insonora), pero al mismo tiempo, se vuelve sonora, pues sé que ustedes me prestarán su voz para darle voz a la mía. Así se llevan a cabo los conciertos musicales en el arte de escribir. Mi cabeza va dictando las palabras que pronto serán leídas por otros, y mi inspiración no sólo se ve musicalizada por la música exterior que reproduce mi ipod, sino también por mi tan melodiosa voz que le va dictando desde mi cabeza a mis dedos el ritmo que éstos deben seguir para continuar con el ritmo fijado por la cantidad infinita de palabras en las que puedo pensar al momento de escribir y que a veces, mis dedos luchan por escribirlas todas. Y cuando se logra, puedo volver a respirar, puedo volver a escuchar, más allá de mi cabeza, más allá del sonido de las teclas, más allá de la música que en todo momento me acompaña y puedo escuchar el silencio. Puedo escuchar el silencio que me dice que aprecie lo que acabo de escribir. Puedo escuchar a mi ser respirando satisfactoriamente después de haber logrado escribir lo que ya no podía contener ni un minuto más y que por fin logré sacar. Ahora, logré hacer, nuevamente mi catarsis. Y no sólo eso, les he compartido uno de las analogías más profundas, hermosas y secretas que encuentro al momento de ser yo y escribir.

No me queda más que agradecerles por haber asistido y presenciado uno de los mejores eventos musicales del año. Sean bienvenidos a adentrarse un poco a mi mente decente que, de vez en cuando, plasmará su opinión. Tal vez sea algo personal que me gustará compartir. Tal vez será algo parcial o polémico de algún tema en general o particular el cualquier desee tratar. Nunca lo sabremos, porque todo siempre será al azar. Gracias por participar en este concierto que fue posible gracias, en gran parte, a la musicalización de su voz leyendo mi voz.

Sigamos en contacto y nos leemos pronto.

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