Sachsenhausen

Sachsenhausen. @j3sSy_8

Foto: @j3sSy_8

Por Santiago Eguía

La cita fue a las 10 de la mañana en la estación de tren de Alexander Platz en la ciudad de Berlín. El cielo estaba gris, nublado, y por ningún lugar se alcanzaba a ver el sol. Después de bajar del tren y luego del camión el reloj de la estación de Oranienburgo marcaba las 11:05 de la mañana. Caminamos hacia nuestro destino y el sol seguía sin aparecer. En los costados de la calle había árboles altos y verdes que le tapaban la mínima luz que había a las casas de madera, que a pesar de que estaban habitadas, no lo parecían.

Al inicio del recorrido por el campo de concentración de Sachsenhausen ubicado al norte de la capital alemana, se encuentra una reja metálica con barrotes de color negro y en medio un letrero en alemán con las palabras “ARBEIT MACHT ERE” que significa “El trabajo los hará libres”. Pero de los 200 mil presos que cruzaron esa reja en la Segunda Guerra Mundial ninguno conoció la libertad dentro de esos muros.

Este campo funcionó desde 1936 hasta 1945 y fue considerado el más eficaz porque tenía forma de abanico, de esta forma, sólo contaba con una torre de vigilancia ubicada en el vértice y desde ahí se podía observar a todos, pero cuando tuvieron que ampliarlo de un costado rompió con su eficacia y nunca más se volvió a construir un campo igual.

Las paredes eran de concreto y de color blanco, sólo las rejas eran metálicas, el ambiente era denso y la gente que acudió al recorrido estaba muy seria. Pocos tomaron fotos. Quien lo hacía, tenía un gesto de arrepentimiento, como si al dar el clic en la cámara se les remordiera la consciencia. Querían tomar su foto sin que nadie los viera. Al finalizar de tomar su foto volteaban a ver si alguien los había visto, como si hubieran hecho algo mal.

Un día antes había realizado una caminata en Berlín con un grupo de personas latinoamericanos y fuimos guiados por Andrés, un periodista español con lentes y pelo negro. Lo primero que nos dijo fue que el tour era gratis. Nadie lo podía creer y todos murmuraban con sus compañeros su satisfacción. Andrés explicó que en cualquier tour el precio ya está establecido, te guste o no el recorrido. “Pero en este, al final tú decides el precio, así que no se limiten” exclamó. Todos reímos.

Durante ese recorrido, todos caminamos alegres y las preguntas no paraban.   -Andrés, ¿Dónde está el Bunker de Hitler? Preguntó un señor argentino.

-Ese será el final del recorrido.

- Andrés, ¿Por qué se llama Plaza París?

-Andrés, ¿Qué museos pertenecen a la Isla de los Museos? Todos hacían preguntas y todos estaban ansiosos por conocer más sobre Berlín.

A mi derecha, había un señor chileno, gordo y de pequeña estatura quien agregaba datos a la información de Andrés. Por algunos momentos, parecía que todos querían demostrar lo cultos que eran porque afirmaban con su cabeza lo que el guía decía cada vez que daba un dato. Cuando Andrés recomendó películas y libros, se escucharon voces con distintos acentos que decían:

  • ¡Muy buena!
  • ¡Excelente libro!

Seguimos caminando por Berlín y la gente se dedicó a hacer tres cosas: tomar fotos, preguntar y sonreír.

Así fue en Berlín. Pero no lo fue en Sachsenhausen. Éramos las mismas personas que un día antes, pero en esta ocasión, nadie preguntó nada. Quien lo hacía, era sólo a la guía y sin que nadie oyera. Nadie sonreía y lo único que se podía escuchar de la gente eran comentarios sin importancia, como una discusión entre una pareja venezolana:

-¿Traes mi chamarra?

-No, se me olvido.

-¿Cómo que se te olvidó?

-Pues así, se me olvidó y punto. Ella ya no contestó.

En el trayecto fuimos guiados por una mujer con descendencia chilena, era alta delgada, con lentes, pelo chino y largo, era seria y su tono de voz cambiaba cada vez que decía algo sobre la muerte o la tortura. Ella nos explicó que dentro del campo, a cinco metros de la barda, había una cerca eléctrica que se encendía cada vez que algún individuo intentaba brincarla, pero si algún nazi lo veía no le disparaban y dejaban que se electrocutara para no desperdiciar ninguna bala.

Adentro del campo se sentía como si las almas de los presos aun rondaran y sufrieran, y se sentía como si nunca se fueran a ir.

Después de estar y caminar por el área del campo acudimos a los cuartos de los judíos, estos barracones eran de madera y tenían forma de casas. Cuando la guía mostró una foto de una niña en uno de los barracones y luego dijo: “Esta foto fue tomada en ese barracón” y lo señaló, la gente se tocó los brazos y observó que todos tenían la piel de gallina.

Ahí nos explicaron que siempre hubo más del triple de personas que de camas. “Dentro de cada cuarto había un líder puesto por los nazis, quien en muchas ocasiones abusaba de su poder incluso más que los mismos nazis” explicó la guía.

El siguiente cuarto que nos explicó fue la cocina donde aun se pueden ver dibujos pintados en las paredes hechos por judíos. La guía nos contó que ellos les cocinaban a los nazis dentro de un centro de entretenimiento cualquier platillo que ellos pidieran, porque así, era una forma de que los judíos vieran lo que nunca podrían llegar a comer.

Cada judío que entró al campo de concentración fue rapado y a todos se les quitó su nombre y se les puso un sello con un número, de esta forma deshumanizaron a todos los que entraron a Schasenhausen y les quitaron su identidad y cualquier pertenencia que ellos tenían.

Lo último que vimos en el recorrido fue lo último que vieron muchas personas en la Segunda Guerra Mundial y fue la enfermería. Ahí los mandaban bajo la premisa de que “todos hacían lo que el doctor dijera porque en él sí confiaban”. Eran revisados y si no poseían alguna pieza de oro en la dentadura eran mandados a los hornos para ser incinerados, y si la poseían, el doctor les ordenaba que se colocaran junto a la pared para medirlos, pero del otro lado del muro había un francotirador que disparaba por un hoyo al ser tapado por el cuerpo. La persona moría de inmediato y los nazis conservaban el oro.

Al escuchar esta explicación la gente bajaba la cabeza y algunos se tapaban los ojos y se volteaban, otros sólo exclamaron en voz muy baja viendo a algún desconocido:

-¡Qué horror! ¡Qué espanto!

A la salida de Sachsenhausen se encontraba un cuadro que mostraba una fotografía tomada por los nazis donde se mostraba a todos los judíos con ropa abrigada para simular un entrenamiento.

Al lado de esta fotografía había una lista de personas que ayudaron a judíos. Nos explicaron que la gente que no ayudó a nadie y sabía lo que pasaba, al ser cuestionados sólo decían: “No teníamos otra opción”. Pero en esa lista estaba el caso de un portero que le cambió el nombre a todos los habitantes judíos del edificio para que no fueran llevados a ningún campo. El también fue cuestionado:

-Señor, ¿por qué arriesgar su vida por ellos?

El portero contestó de la misma forma que lo hicieron los que nunca ayudaron.

-Porque no tenía otra opción.

Al finalizar el recorrido la guía explicó que actualmente en Alemania todas las escuelas tienen la obligación de llevar a todos sus alumnos una vez al año a un campo de concentración porque el que no conoce su historia tiende a repetirla.

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