Popper en las tumbas de sus muertos.

Por SaA?l LA?pez de la Torre.

Popper es un tipo inteligente. Dio muestras de serlo desde muy pequeA�o, a los tres o cuatro meses de edad, cuando aprendiA? las reglas bA?sicas de la vida con solo unos cuantos periodicazos y otras tantas indicaciones verbales. Y es de reconocerse que comprende mejor con palabras el sentido de las cosas que con los golpecitos de la secciA?n de anuncios del periA?dico. Precisamente por ello se llama Popper, por Karl Popper, el filA?sofo alemA?n, aunque quizA?s debA�a llamarse Confucio ya que sus orA�genes se remontan a la vieja China imperial de la DinastA�a Han, allA? por el aA�o 200 antes de Cristo, cuando los Shar peis eran guardianes de tumbas y cazadores de jabalA�es.

Siempre se ha distinguido por su capacidad de concentraciA?n en los asuntos relevantes y por aprender deprisa el significado de las palabras. Como todo ser inteligente, es en extremo curioso: alza las orejas y oscila la cabeza cual antena parabA?lica para percibir nA�tidamente los sonidos que le interesan, olisquea y observa con calma infinita los componentes novedosos del entorno.

AdemA?s de inteligencia alberga en su fuero interno buenos sentimientos, gran sentido de pertenencia, orgullo y prestancia. De sobra sabe que serA�a bien recibido en cualquier hogar de gente rica, pero no puede hacerlo: no tendrA�a corazA?n para dejar en el desamparo a la numerosa familia de pobres de la que forma parte. No lo harA�a nunca. Menos aun en los dA�as dedicados a los muertos.

En el altar se refleja muy bien la pobreza de su familia: una repisa de pino forrada de papel de china, una veladora encendida en su vaso de vidrio y las fotografA�as amarillentas de los cuatro hermanos muertos: la niA�a por enfermedades de pobres (disenterA�a y tosferina) y los tres varones en enfrentamientos a balazos con el ejA�rcito. No hay ninguna ofrenda, porque a nadie de los difuntos le gustaba comer plA?tanos verdes asados en las brasas. Tampoco a los ocho que todavA�a viven les gusta comer plA?tanos verdes. Por eso las cenizas del fogA?n estA?n frA�as y tristes, como si perteneciesen a una casa abandonada, como si ya todos sus habitantes estuviesen muertos.

Pero no por ser pobre Popper estA? desnutrido, nostA?lgico de la dulce vida de sus ancestros remotA�simos, o plagado de A?lceras en sus arrugas. Lejos de ello, goza de una musculatura admirable y de una frescura sedosa en los dobleces de su piel y en su pelo. Es buen cazador de conejos y tlacuaches, degusta guanA?banas, mangos y chicozapotes que se caen de maduros de los A?rboles, se baA�a en los rA�os cuantas veces quiere, especialmente cuando le ofrecen untarle jabA?n de coco, y trota con mucho donaire por las riberas soleadas y los patios de las casas de su barrio. Pero lo mejor de su vida son las mujeres, niA�as o ancianas: todas lo miran, lo acarician con ternura y le dicen guapo, a cambio de unos mordiscos suaves y de unas buenas lamidas en los brazos.

Las noches de muertos son las mA?s emocionantes y placenteras del aA�o. El pueblo entero se concentra en el panteA?n, alrededor de las tumbas de sus difuntos. Todo es perfecto en esas noches (a Popper le fascinan las tumbas, las multitudes, descubrir olores y sabores). Su familia es la mA?s pobre en un pueblo de pobres. Durante el dA�a recolectan flores y frutas en los chaparrales, las guardan en una tina con agua fresca. Dejan que caiga el sol en las profundidades del mar, al final del horizonte. Cerca de la medianoche, justo cuando el gentA�o viene de regreso por temor a toparse con los muertos que salen de sus tumbas a comer sabrosamente los guisos que humean sobre sus tumbas, ellos caminan por veredas oscuras, rodeando el caserA�o para llegar al panteA?n sin que nadie los vea.

Popper puede ver en la oscuridad. Trota delante de todos para indicarles los baches y las piedras del camino. El aire vuela del panteA?n hacia ellos. A?Ah, quA� almacigo de olores deliciosos penetra por sus narices; quA� bullicio tan alegre por sus oA�dos!

En el panteA?n, las veladoras destellan cual cocuyos por doquier. El murmullo de la gente se aleja deprisa, fragmentA?ndose en tantos pedazos como casas tiene el pueblo. Popper espera jadeando a su familia, en medio de las tumbas de tierra; antes ha bebido agua de los floreros de otras tumbas. Han transcurrido unos cuantos minutos del tercer dA�a de noviembre. NingA?n difunto sale de su tumba a degustar sus guisos y brebajes predilectos.

Popper mueve la cola y salta de alegrA�a cuando ve acercarse a su familia, todos cargando costales y canastos rebosantes de sustancias olorosas. Pronto, entre carcajadas y frases jocosas, saciarA?n el hambre acumulada en el aA�o.

Sobre el cemento pulcro de una tumba vecina, a A�l le han servido un montA?n de tamales, muslos de guajolote, tortillas y frijoles. Olisquea por todos los A?ngulos al agasajo maravilloso. Siente que las tripas le brincan. Su familia se chupa los dedos. Piensa: es algo muy bueno hacer creer al pueblo pudiente que sus difuntos son agradecidos.

saul-1950@hotmail.com

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