Perfil de un festival

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Por Ximena Natera Cruz

Huele a mota.  Todos voltean buscando la fuente. A mi izquierda  una mujer, embutida en shorts cacheteros  y top rojo, prende un cerillo y lo acerca al pedazo de aluminio que sirve de pipa improvisada. El intenso olor a hierba regresa. Algunos intentan alejarse y otros acercarse al tufo, pero entre el mar de cuerpos calientes y húmedos que se abarrotan en las primeras filas frente al escenario, lo único que se consigue son codazos y pisotones.

 Arriba, Norman Cook lleva una hora en el escenario. El ingles, conocido como Fatboy Slim, con su camisa de flores hawaianas y  su música electrónica, mueve a 20 mil personas casi por inercia.

La música, éxitos sesenteros mezclados en tornamesa, es pegajosa y desinhibe. Brincan. Gritan. Bailan. Una muchacha, sentada en los hombros de un desconocido, se desata la parte superior del bikini y la avienta, es animada por unos cuantos que corean “Chichis pa’ la banda”. Filas atrás otro grupo lanza a alguien por los aires. Sube desparramado entre risas y gritos, cae por pura suerte en los brazos del grupo. Lo avientan de nuevo.

¿Cómo no dejarse llevar? El DJ sabe llamar y mantener la atención, Cook, quien cierra la noche, ronda los cincuenta años, sonríe y baila, de vez en cuando se da nalgaditas y enseña su poca habilidad para la Samba cuando la canción “Feeling good” de Nina Simone pasa por su consola.

Además, el calor relaja los músculos y la suave lluvia hace más intenso el bochorno. Cuesta trabajo respirar. Los litros de cerveza también ayudan, aunque en estos momentos ya nadie trae vasos en mano, todos están, vacíos, en el piso, pues los que consiguieron lugar hasta adelante fue a base de empujones que ninguna cerveza sobreviviría o porque están parados en el mismo lugar desde hace más de 4 horas, cuando la primera banda (no recuerdo cual) subió al escenario.

 En una pantalla gigante, detrás del DJ, se proyecta la  cara de Jimmy Hendrix, ésta se deforma lentamente hasta que aparece  Aretha Franklin, luego Martin Luther King y después Albert Einstein. La proyección se repite cada vez más rápido, al ritmo de la música hasta que las imágenes  se amontonan unas con otras y los rasgos definidos de los rostros se van perdiendo en un fondo que gradualmente queda en blanco. De pronto, el escenario estalla en luces y el efecto del estrobo hace que el momento parezca una animación, video en cámara lenta. La gente no para de moverse ni un segundo.

 Fuera de la enorme carpa, los que no se sienten atraídos por las multitudes, bailan bajo la lluvia que empieza a hacerse densa. No importa. Es día cuatro del festival Cumbre Tajín y para las 40 mil personas que llenan el parque nacional Takilhsukut el agotamiento, la lluvia y el calor son lo de menos.

***

 Son las 3:45 de la mañana, llegamos temprano. En la central de camiones de Poza Rica solo se escucha el sonido de las ventilas que de vez en cuando se encienden y escupen un poco de aire caliente. Tipo nave, parece una enorme caja de zapatos, un rectángulo con dos salidas, una hacia la calle y otra a los camiones. Tiene lo que es obligatorio en todas las estaciones del país. Hay bancas salpicadas a lo largo del lugar, una tienda de comida (con los estantes vacíos, salvo por un par de galletas emperador y cuatro yakults), una sección de mesitas, un puesto donde venden libros de autoayuda y baños en las orillas. Lo que no hay, es gente.

La señora de la cafetería dormita en una silla lejos del mostrador, el vendedor de libros está en la salida a la calle fumando un cigarro, los taxis, estacionados, están vacíos, los conductores, reunidos en bolita, hablan y ríen entre dientes en la caseta de taxis. Las luces en los estantes de las líneas camioneras están apagadas. Lo cual, pensándolo bien, no es raro, Poza Rica abarca un territorio considerable y aunque es una de las zonas más desarrollas del estado de Veracruz tiene menos de 200 mil habitantes, por lo tanto la sensación de estar en una ciudad medio desierta no te abandona en ningún momento.

Saliendo desde el norte del Distrito Federal, son casi 270 kilómetros hacia Poza Rica, que a su vez está a 23 kilómetros de Papantla y ésta a menos de 10 km de las ruinas del Tajín, nuestro destino final. Es una distancia muy corta, pero el tiempo del viaje se estima en 6 horas, esto es porqué la carretera en algún punto, entrando al estado de Veracruz, se hace una verdadera obra de arte abstracta. Justo en la zona se cruzan la Sierra Madre Occidental y la del Sur.

 La autopista se convierte gradualmente en una carretera de dos carriles que bordea y se adentra en la sierra, ésta es una de las vías con mayor flujo de tráilers y camiones que vienen del norte del estado, así que de pronto te ves enfilando en una interminable línea de coches que deben avanzar detrás de un camión, inmenso, con doble remolque que se mueve a paso de tortuga porque apenas cabe en el estrecho camino.

Rebasar es impensable, el camino se curvea como una culebra, siguiendo la forma de la montaña, curvas cerradas, muy pronunciadas y continuas, no sales de una cuando estás entrando en la siguiente, ver los coches que vienen en sentido contrario es técnicamente imposible. El conductor debe o debería estar 100% concentrado para no maniobrar mal y terminar en el fondo del barranco que se alza a 600 metros sobre la sierra.

Son las 4:40, en los últimos 10 o 15 minutos llegaron 6 camiones, entre ellos uno de Tampico y otros dos del DF. La estación, que hace menos de una hora estaba vacía, ahora está a reventar. Las puertas giratorias que dan a los camiones no se detienen ni un segundo mientras oleada tras oleada de gente entra. Las pocas mesas no alcanzan. La tendera de la cafetería ya despierta, se ve abrumada por la cantidad de pedidos que, probablemente, tiene que rechazar por la falta de surtido en sus escaparates. Los taxistas caminan, porque aquí nadie corre, a sus coches para luego enfilarlos frente a la parada para recoger pasaje y los letreros de las compañías de transporte se encienden.

 Todos quieren, queremos, llegar a Papantla, los que pueden pagar taxi (entre 250 y 400 pesos, dependiendo el conductor) hacen fila en la caseta. Los demás, incluyéndonos, estamos atorados, el primer camión hacia allá sale en un par de horas. Tiempo durante el cual la, por lo general, solitaria y apática estación se convierte en un bullicio y desorden, retrato de lo que será la ciudad durante el festival de música los siguientes 5 días.

***

 Aunque es reconocido por la variada alineación de bandas que ha presentado desde su creación en el 2000, en Cumbre Tajín, la música es un actor secundario, talentoso, mas no el protagonista.

El escenario principal está toda vía vacío, los conciertos empezarán en un par de horas, mientras tanto en las 17 hectáreas del parque Takilhsukut se reparten actividades, exposiciones y shows. Es un espacio incluyente, hay de todo y para todos: tejido tradicional veracruzano de palma, sesiones en el temazcal, exposición de inventos caseros sustentables, obras de teatro totonacas, cursos del lenguaje indígena, trova, cuentacuentos y circo ¡Un circo!

A unos 500 metros del escenario, en una cancha de polvo se escucha a un chavo alto, moreno y con una moica en la cabeza gritar: “¡Hatsiraku!”. Viste unas bermudas negras y una camiseta blanca sin mangas, tiene escrito STAFF en color verde fosforescente. -“Hatsiraku significa gol en Totonaca” dice otro, vestido con el mismo uniforme. Segundos después la frase es repetida en Totonaco por el primero, que ahora se dedica a narrar lo que pasa en el juego de pelota. El segundo lo traduce al español. Es el tercer juego de la tarde, y entrados los primeros 15 minutos el equipo oficial del festival celebra una anotación.

El partido , una representación del ancestral ritual del juego de pelota totonaco, parece una versión del hockey sobre pasto. La diferencia más notoria es la pelota, de piel y probablemente del tamaño de un melón, que es aventada rápidamente de un lado de la cancha al otro mientras arde en llamas.

El partido dura 20 minutos. Al terminar, el narrador y su traductor invitan al público a intentar una ronda, muchos corren hacia el centro de la cancha, donde los 14 jugadores ceden el bastón a los espectadores y toman su turno para jugar, ésta vez sin el fuego.

Los escuincles corren por todos lados, con los papás arrastrando los pies detrás de ellos:

-“¿Podemos pintar mama?” grita uno y pega la carrera hacia la enorme pared que sirve de lienzo, hay cubetas de pintura en el piso, los pinceles son las manos. Otro no pregunta y corre hacia un hombre joven, guapo y simpático, que cuenta la historia de Caperucita Roja. El actúa todas las partes y se inventa otras. Los adultos, que entraron a la carpa con cara de tortura, a media historia están atentos y absortos, sus caras son un reflejo de la embobada expresión de los pequeños.

Está oscuro aunque no es tarde, el sol se desaparece a las 6:30 y con él las carpas de actividades. Hace ya rato que las cervezas se consumen por que si y no por sed. La gente se aleja de los árboles, única salvación del sol que acosa durante la mañana.

Los papeles entre niños y adultos se revierten, estos últimos están ahora embobados y la cara de los niños se empaña con aburrición y sueño.

A las 7 en punto las luces del escenario estallan y el primer concierto de la noche empieza a atraer gente bajo la carpa, aunque no mucha.

Dos horas después las pequeñas islas en donde se vende la cerveza, sólo Indio, están rodeadas de ansiosos, entre éstos estamos Jonathan y yo. La fila, antes de un par de personas, ahora mide unos 15 metros y no se mueve. Miro mi reloj y pateo la tierra, molesta. El siguiente en el programa es Calvin Harris, antes del cierre con Fat Boy Slim. Salir por más alcohol fue un error, probablemente no podremos regresar a nuestro lugar hasta el frente. Y la filas para el baño y ahora las cervezas son inmensas. La primera gracias a la segunda, supongo.

Dos lugares más adelante, iluminado apenas por la luz del puesto, un hombre besa a su novia, atascado, con mano en pompa y todo. Con la otra mueve, adelante y atrás, una carriola, pero en vez de infante, ahí reposan vasos vacíos de cerveza, la bolsa de la mujer y los zapatos de ambos. El niño correspondiente deambula, soso, unos metros más adelante como desorientado, buscando en la oscuridad a sus papas.

 La escena no es rara, en nuestro camino del frente del escenario al kiosco de cervezas, vimos otra pareja muy joven, veinteañera, los dos enfocados en brincar y gritar con las canciones de Nortec, mientras una niña, no más de 3 años, se sentaba recargada en la rodilla del hombre, viendo videos de Barbie en un celular. También y todavía bajo la carpa de los conciertos, a reventar, casi piso a otro niño que estaba dormido sobre un par de mochilas, mientras a su alrededor se formaba un círculo de personas que probablemente habían olvidado que estaba ahí.

Casi una hora después regresamos a la carpa y encontramos a nuestros amigos hasta adelante, gracias principalmente a Jonathan quien ante la barrera de gente gritaba “¡Voy a vomitar!” seguido por una arcada muy convincente, logrando, así, que hasta la marabunta más densa se abriera para dejarnos pasar. La cerveza, por otro lado, no corrió con tanta suerte, los cuatro vasos caguameros terminaron vacíos y yo, bañada de Indio.

 ***

-¡Gracias güey!

Gritamos todos, mientras la camioneta se orilla hacia nosotros.

La lluvia que empezó como un chispoteo leve es ahora una regadera en toda regla. Las gotas, lastiman contra la piel y en el cielo los truenos iluminan por segundos la carretera sin farolas.

Casi tres horas después de subir al escenario Fat Boy Slim cerró su concierto con Weapon of choice, una de sus mezclas más famosas. Esa, donde en el vídeo sale Christopher Walken, vestido con traje café y corbata roja, bailando y volando graciosamente de allá para acá en el lobby de un hotel vacío y es considerado por el canal VH1 como uno de los mejores videos musicales de todos los tiempos.

Aun con las luces prendidas Fat Boy Slim salió del escenario, menos de 5 minutos después el escenario, la carpa y las farolas se apagaron. El parque quedó completamente a oscuras y con 40 mil personas que intentaban salir, arreados por los guardias de seguridad y la lluvia.

 Afuera, todos estamos mojados, medio lampareados y, la mayoría, borrachos. Una pregunta es probable en la mente de todos : ¿Y ahora qué?

Papantla, que es a donde la mayoría se dirige está a casi 10 km y el número de camiones de ruta local es un chiste si lo comparamos con la cantidad de gente que espera fuera del parque, a la orilla de la carretera.

 “Pónganse guapos, que hay que pedir ride” dijo Gustavo, nuestro guía y anfitrión.

En uno de los estados más violentos del país, esa frase suena ilógica. La violencia que se disparó en los últimos 4 años se debe a la guerra que tienen los cárteles de drogas por el dominio de la región, la policía corrupta y el gobierno pasivo. Veracruz está dividida literalmente en dos, el norte es de “La letrita” ( Zetas ) y el sur de “Los G” (Cartel del Golfo).

Militares y marines se instalaron en las calles de las ciudades desde hace ya un par de años, 5 mil más se agregaron para estos 5 días.

Combinado con los cientos y cientos de cuerpos de la policía local y estatal, en las calles se ven más armas que niños, y no puedo evitar sentirme intimidada.

 Nos subimos a la cajuela de la camioneta, una lobo negra, no somos los únicos, otros grupo de chavos, aprovecha y sube con nosotros. No estoy segura del cómo, pero nos acomodamos, 12 en total.

 Hacemos conversación, pero el aguacero lo dificulta, 4 de ellos son del puebla, dos del D.F y tres de torreón, todos estudian una carrera y se están quedando en el único hostal del centro. Con el afán de ahogar la incomodidad y probablemente por el par de cervezas que todos cargamos encima, uno de ellos saca una guitarra y canta una canción, mientras los demás reímos bobamente.

 Le pregunto al que se sienta a mi derecha si llevaban tiempo esperando por alguien que los llevara al pueblo, el me contesta que casi una hora, estaban en la parada de camiones, 800 metros en dirección contraria a nosotros, pero no pasaba ninguno, y mientras esperaban, se dieron cuenta que atrás de una patrulla, al lado de ellos, había un comando de policía que tenían a un grupo de chavitos pegados a la patrulla, de rodillas, y apuntándoles a la cabeza con sus rifles. “ La neta nos espantamos y le corrimos hacia el otro lado”. Nadie dice nada.

 El trayecto es corto, en 10 minutos entramos a la ciudad. Gustavo golpea el techo de la camioneta, esta se para y malabareamos para poder bajar. En la esquina de la calle hay un oxxo, cien metros calle arriba se ven letreros que anuncia bares, pero las calles están vacías.

De vez en cuando un auto pasa, mientras tanto la lluvia repiquetea contra el piso, rítmica e insistente. Son las 3 de la mañana y, por lo menos, durante el próximo par de horas, mientras el bullicio y desorden que trae consigo el festival de Cumbre Tajín toma un descanso, esa sensación de estar en una ciudad desierta regresa.

 

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