Paseos

Por Ximena Natera

Se llama Lola, es alta, rubia y tiene aproximadamente 88 años, su cuerpo se bambolea lentamente cuando camina. Muy lento. Izquierda… Derecha…. Izquierda….

 Un kilometro diario, no es que le guste, pero lo recomendó el doctor.

-“Y si el doctor lo dice es por algo” sentencia Mercedes, su compañera de caminatas con ese tono de abuelita, razonable y sin lugar para rechistar. Salen de su casa. Andan 5 calles hasta el mercado y hacen los mandados o bien 10 cuadras hasta la nevería más lejana y compran un helado de limón, dos bolas, una para cada quien.

Han vivido juntas por 12 años, cuando el hijo mayor de Mercedes le llevó a Lola, un Golden retriever de 3 meses, dentro de una enorme caja azul, como regalo para el día de su cumpleaños.

-“Me sentía sola y no lo sabía hasta que Lola llegó”

Desde entonces son compañeras de casa, comen juntas, pasean juntas, toman la siesta juntas y cuidan la una de la otra.

Las acompaño al oculista que tiene su consultorio sobre la misma calle donde viven , Buen Tono, pero 8 cuadras abajo. El recorrido generalmente de 10 minutos nos toma casi una hora, en parte porque es difícil decir quien camina más lento, la perra gorda y torpe de 88 años (según el veterinario) o la diminuta y anciana mujer. A ratos mercedes acelera el paso y rebasa a Lola, pero se cansa rápido y esta última aprovecha para sacarle ventaja, que luego pierde cuando se detiene a que algún vecino le rasque detrás de la oreja o le de sonoras palmadas en el lomo.

En una colonia tan vieja como la industrial fundada en 1925 en donde muchos de sus habitantes son familiares, compadres, conocidos o amigos, Mercedes y lola son un par popular, en sus rutas diarias se detienen cada tanto a saludar, abrazar, cuchichear sobre los hijos o simplemente para complacer a los niños y no tan niños, como yo, que gritan “¡Ven Lola!”.

Pero en los últimos meses ni Lola, ni Mambo, el Bulldog ingles que vive en mi edificio, ni Luna, el Samoyedo de la casa junto a la mía, ni Tish, la viejo pastor ingles que vive sobre la calle de Fundidora, ni Winnie mi perro cruza de Poddle con Solodiossabequé, ni ningún otro perro en un perímetro de 12 cuadras ha obtenido su paseo necesario. No es seguro.

Entre enero y abril 47 perros han muerto envenenados, o ese es el conteo que lleva la veterinaria San José, la más popular en la colonia, la cuenta se limita a cánidos domésticos, de los callejeros no hay registro.

 El primer caso fue el de Mireya Najar, que vive justo en frente de la veterinaria y frente que está junto al parque de María Luisa, sobre la calle de Buen Tono, a mitad de camino entre la casa de Mercedes y Lola y el Oculista, todos los días sacaba a pasear a sus perros y hacía dos recorridos diarios porque tenía 8 perros, 5 de ellos recogidos de la calle. Pero esa mañana Maya, Río, Camello y Malta no salieron a caminar, por que de los cuatro perros que salieron en el primer turno murieron tres.

“Dátiles” dice Mireya “Hay muchos dátiles, a los perros les fascinan y son con lo que los envenenaron”

 Al día siguiente, a San José llegaron otros 3 perros envenenados, dos murieron. A partir de ahí registraron a la semana un promedio de 5 casos de envenenamiento, la mayoría fatales.

 No acabó ahí, un par de semanas después, Mireya encontró a otro de sus perros muerto, esta vez en el patio de su casa. Habían metido carne con vidrios entre los barrotes de la reja en el patio que daba hacia la calle, un Chowchow choncho y con fama de brabucón no lo pudo resistir.

 La histeria creció. Alguien, o alguienes, estaba sistemáticamente asesinando a los perros que paseaban o vivían alrededor del parque María Luisa.

 Mercedes llama a Lola a su lado, esta regresa y deja caer su pesado trasero sobre los pies de Mercedes, ella saca de su pequeña bolsa de mano la correa y se la pone al perro, estamos a una cuadra del parque y la rutina de la correa ya se hizo costumbre.

Envuelve tanto el lazo en su delicada muñeca que casi agarra al perro por el collar, a ninguna le gusta la situación, Lola no está acostumbrada y se jalonea. Mercedes termina con moretones le da miedo tropezar.

 “Un soplido fuerte y mi cadera se puede romper” dice seria.

 El parque, un islote verde en forma de media luna, es el más grande de los tres que hay en la colonia, famoso por su antigüedad, los jardines (de tierra), la única biblioteca pública en el área (cerrada) y el por el kiosco cutre (cerrado) que tiene en el centro.

Sin embargo, el año pasado el gobierno de la delegación invirtió dinero para remodelarlo, mucho dinero.

El Kiosco, una obra Art Decó, fue remodelado, o más bien deformado, la estructura entes metálica pintada de blanco, fue recubierta con cemento y ventanas, pintado de un cegador color naranja y es ahora la central ilegal de los policías que lo secuestraron el día de la inauguración y lo utilizan como bodega de bicicletas y tugurio barato.

Mireya, Judith Bustamante, Sergio Arizmendi y el Director de la veterinaria crearon un grupo de vigilancia para proteger y cachar a los “desgraciados que están haciendo esto”, se reúnen cada dos semanas en casa de Mireya, muchos vecinos asisten sin falta y ya levantaron una demanda en el juzgado civil, pero esta está atorada porque hasta ahora nadie sabe a quien dirigirla.

“Nos estresa no poder, salir. Todo abril nos quedamos en casa, no quería arriesgar a Lola” me dice Mercedes cuando estamos apunto de llegar al consultorio.

 Aunque después de la demanda los casos de envenenamiento en el parque pararon, los dueños de los perros tuvieron que tomar rutas alternas para pasear, muchos de ellos traen bozal y Mireya mandó tapar su reja con plásticos. No es el primer caso de este tipo y ciertamente no será el último “Cada par de años surge el problema y tenemos oleadas de perros asesinados, entonces ahí se medio calma y regresa.” Dice la recepcionista en la veterinaria. “Pero es algo que a las autoridades no les importa y que muy probablemente solapan, sin perros en el parque éste se mantiene limpio y les da mejor imagen, hasta que no se nos envenene un niño nomás no van a hacer nada.”

 Lola llega primero a la puerta, la señora en la recepción la abre y le da una palmadita en la cabeza “Hola Lola”. Ayuda a Mercedes para subir los dos escalones, le da un beso. Lola las sigue y se dirige hacia la silla donde se sienta Mercedes junto a la puerta, no sin antes pasar a recoger la palmadita en el lomo de los otros pacientes que esperan sentados. El cariñito es sin duda lo mejor de sus paseos diarios.

 

 

 

 

 

 

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