Mi tribu y el mar

Por Saúl López de la Torre

Escribo este artículo en mi habitación del hotel Gran Velas de la Riviera Maya. Apoltronado en la terraza descubro que el mar es el espejo del sol. Y es la luz que alumbra las palmeras y el manglar. Veo que las nubes estiran los brazos, bostezan y se disuelven luminosas cual estrellas fugaces, para que nada se interponga entre el mar y la cara redonda y sonriente del sol. Siete cordilleras de olas se mueven una tras otra, a ritmo alegre y cadencioso, siempre a la misma distancia; van y vienen, apelmazando los bordes de arena finísima y blanca de la playa.

Un hombre gordo, calvo, de giba prominente y espaldas coloradas y anchas como una pared de adobe, camina junto a una mujer de cintura breve y cabellera abundante. Su destino son las olas. Se detienen entre la tercera y cuarta cordillera. El agua les moja las rodillas y los muslos. Ahí se tumban en la arena, se hacen cosquillas y ríen.

Parvadas de pelícanos vuelan sobre los linderos de la playa, en disciplinada formación. Rasgan la quietud del viento con el golpeteo de sus alas. Sus picos semejan espadas guarecidas en fundas de acero. Como en la era lejana de los dinosaurios, tienen oxígeno de sobra y crecen sin mesura.

El trío de adolescentes en que se convierten mi mujer y mis hijos cuando se reúnen, retozan en una alberca larga y esbelta que es como una prolongación del mar. Mi nuera, oriunda de Xiang, recorre todos los senderos del hotel. Con sus bellos ojitos expandidos por la fuerza del asombro y una estupenda cámara ha tomado muchas fotografías que continuamente sube a Facebook y YouTube. Sus amigos chinos sueñan con venir a México, a conocer el Gran Velas de la Riviera Maya. Dicen que es mejor que el paraíso, porque es la obra del hombre en tranquila comunión con el mar; WeiWei se los confirma.

Yo escribo y miro el mar. Jamás me cansaré de admirar el oleaje terso del Mar Caribe y los tumbos monumentales del Océano Pacífico que embisten el torrente embravecido del Río Suchiate, ni de relacionar con el discurrir del tiempo el embeleso que me provocan. Desde los primeros años de la infancia y durante los tiempos agitados de la juventud, he palpado las rugosidades de las horas cuando he visto y oído los movimientos del mar. Ahora, después de largas décadas emocionantes y agridulces, acorazado por mi tribu familiar y mis amigos, percibo el palpitar del cosmos marino desde el mejor ángulo y en el más espléndido escenario, del que forma parte el Spa más galardonado del mundo, donde ayer pasamos varias horas.

Desanclado de mi silla de ruedas floté como las alfombras mágicas de los cuentos, en aguas de densidad semejante a las del Mar Muerto. Ahí mis brazos eran alas, mis piernas remos espaciales, mi alma un remanso de paz. Me sumé a la procesión de pelícanos y gaviotas que surcan el cielo del Gran Velas. Volé sin apremios ni congojas, en medio de mi hijo René y la chica terapista. Junto a ellos comprobé que el viento de la Riviera Maya suele ser suave en las alturas. En esos ámbitos el mar se ve como la piel porosa que envuelve la barriga del continente. Y mi corazón cruza las piernas y atusa la barba, admirado de que la sangre fluya por mis arterias vigorosas sin apelar a su esfuerzo proverbial. Mis piernas, paralizadas e insensibles durante tantos años, readquirieron su capacidad de movimiento y el gusto por el cosquilleo. La brisa del mar las rascaba y las hacía reír.

Un poco antes, compartí con mis dos hijos un buen baño sauna, otro en el vapor y otro más en un cuarto frío como el hielo. Hacía muchos años que no debatíamos el devenir del mundo en un ambiente tan propicio para lograr el consenso. Imbuidos de un ánimo completamente constructivo, a la vez que desmenuzábamos los asuntos que creemos importantes, sudábamos como caballos de carreras, palmeábamos las espaldas pegajosas, limpiábamos el sudor con toallitas extraídas del hielo y reíamos a mandíbula batiente. Nos alegró comprobar que seguimos profesándonos la más amorosa amistad. Igual de bien les fue a mi mujer y a mi nuera. Ahora, más que nunca, ellas son hermanas y amigas, uña y carne. Weiwei es la hija de mente chispeante que nunca engendramos.

Devuelvo la mirada al mar. Un quinteto de gaviotas planea sobre la playa con sus blancas alas extendidas. Muchachos infatigables juegan fútbol. Parejas de gentes jóvenes caminan descalzas en la arena. Tumultos multiformes retozan en las albercas gigantescas de escasa profundidad que se despliegan por los jardines como una porción dosificada del mar. En el restaurante Azul varios glotones desbalagados se zampan un almuerzo opíparo. Mi tribu y yo hemos desayunado y almorzado ligero, para llegar a la cena con apetito digno del arte sublime de los cocineros de la media docena de restaurantes gourmets. Ayer oí que el hotel está al setenta por ciento de ocupación y que el viernes estará repleto. Entonces, apegados a nuestro plan vacacional, estaremos en Chiapas, arañándole las costillas al Cañón del Sumidero.

saul-1950@hotmail.com

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