Las grietas de La Merced

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Por Uriel Salmerón @urisalmeron

El tiempo pasa sobre uno de los mercados más emblemáticos de la ciudad para dejar recovecos dentro de su historia: Un incedio sin respuesta…

Por la ventila del tren se cuela un espeso aroma a cebolla y epazote. Tras cruzar una rejilla metálica, que separa las instalaciones del metro y la gran Meca del comercio chilango, uno puede presenciar la colisión entre retazos de pollo y locales que ofrecen calzado de imitación que coexisten –en una distancia menor a los cinco metros- con una colorida estética que además vende las películas de moda.

La Merced es un sitio que huele a flores, aunque la mayoría de estas sean plásticas. La merced es un templo donde rara vez se puede avistar a los feligreses con las manos desocupadas: quien no pesa, despacha; quien no carga, empuja. Los clientes se abrazan a piñatas y bultos rejurgitantes de caramelo y verduras. La Meche es un altar viviente al trabajo duro de los que se han tenido que hacer duros.

En sus recovecos conversan de frente las sonatas salseras de Maelo Ruíz con las baladas aguardentosas de José José.

¡Te va doler! Tarde o temprano ya verás lo que te toca/ No sé, si vuelva a verte después

Cuando tu piel ya no le excite y te abandone/ No sé qué de mi vida será

O al descubrir con amargura/ Sin el lucero azul de tu ser

Que tiene a otra/ Que no me alumbra ya

La festividad resuena por todos sus rincones, pero ese gesto alegre se corta casi con un rechinido de disco de vinilo después de formular la primera pregunta. Algunos se ocultan entre limones apilados, mientras que otros se ponen máscaras de ermitaño. Sólo hablan esos ojos penetrantes, un ceño inmóvil y una mueca contorsionada.

Rodeado de abotagados sacos de chile pasilla, emerge la figura de un señor que rememora al más viejo y sabio de Los Pitufos. Tiene una barba platinada a medio crecer, una gorrita de intenso rojo -descosida- y un suéter azul marino plagado de pelusas. Dice llamarse Isidro, aunque todos lo conocen como El Abuelo. Ya sufrió sus primeros 78 años, por los cuales “ya le duelen sus patitas”, y desde 1981 es locatario en La Meche.

-¿Cómo van las ventas, don?

-Uuuyyyy… El mercado está agonizando. Dime, ¿en qué otro lugar te ofrecen diez nopales por diez pesos? Ojalá la gente viniera más a comprar aquí.

-¿Y por qué han dejado de venir?

-La situación se ha visto afectada por tres razones. Le han dado mucho chance al ambulantaje en los alrededores. A veces la gente para por ahí y ya no entra a comprar con nosotros. También ha bajado la venta por la inseguridad. Los chineros – son esos que atracan a sus víctimas después de dormirlos con la llave china- le hacen mala fama al barrio.

Isidro para el relato unos segundos y hace una palanca con sus brazos para ejemplificar el modo de operar de los asaltantes.

-Imagínate… si se les pasa la mano, andan matando a uno. Ha pasado y los policías sólo dicen que se murió de un ataque al corazón y ya. Ni investigan. Ahhhh… y también se debe a que no nos dan mantenimiento, todo esto desde que entró el PRD.

-¿Con el PRI era distinto?

-Sí… bueno… al menos nos atendían. Los gobiernos del PRD acabaron con nuestros líderes, así que ya no hay ni cómo decir nuestras peticiones.

-Oiga, ¿y a qué se debe tanta cerrazón por parte de los demás vendedores?

-No, para nada… no es que sean enojones, más bien es que muchos tienen miedo. A algunos los han amenazado y hasta golpeado por denunciar estas situaciones.

-¿Y usted no tiene miedo?

-Pos’ ya qué. Me meten un buen putazo y me mandan al cielo más rápido, jhajhajhajha.

***

Sus pasillos podrían compararse con los muros del Laberinto de Creta, seguramente así lo visualizó el arquitecto Enrique del Moral, quien jugó el papel de Dédalo. Puesto sobre puesto, chiflidos, y miles de movimientos que no cesan ni un segundo. Ante la desorientación, más bien se recomienda guiarse por el infalible olfato.

Cerca de la salida que da al mercado de dulces se encuentra el puesto de la señora Marta. A primera vista es complicado saber qué es lo que vende, pues su local ha estado entre las penumbras desde el incendio suscitado el pasado 25 de enero.

-Mire, joven- encarga a su ayudante atender a los clientes y con la cabeza invita sutilmente a acercársele, todo en un talante de secrecía- nosotros no nos creemos lo del corto. En ningún lado dijeron que ahí había pirotecnia y eso la autoridad lo sabía. Todo eso está muy raro, teniendo tan cerca la estación de bomberos se tardaron mucho en llegar. Y al final –Marta recalca con una voz rezongona- cuando ya estaban aquí… quesqué no traían agua ni herramienta.

Quienes apagaron el incendio fueron los mismos que venden aquí. Lo hicieron como fuera: con lonas y hasta con agua con popó de las alcantarillas-

Sus incendiarios ojos verdes rodeados de gráciles remaches de brillantina en los párpados proveen de alguna luz en el cuarto. Marta sentencia:

-Imagínese… si ellos no hubieran actuado, el fuego se hubiera metido hasta acá. Después de esto ya no se sabe: uno está a la decisión de dios. Uno ya no sabe si sale o regresa de aquí.

Frente al edificio calcinado, Juan Carlos alista su mercancía: corazón rosado de unicel, rosas de plásticos abrazadas por celofán y varios tiliches en tonalidades pastel. El día de los enamorados contrasta con el día del incendio.

-Dicen que fue un corto circuito. Fíjate, el transformador que está allá es de los más viejos que hay. Además, pues… ya era un edificio viejo y tenía problemas en la cablería.

-¿No podría haber sido provocado por pirotecnia?

-Nonononoparanada. La pirotecnia sólo se trabaja por temporadas… sólo en septiembre. Ahí nada más guardaban los dulces, era una bodega. También había muchas cajas de cartón y esas se prenden rápido. Y guardaban botanas y salsa, creo que por todos los ácidos que tienen, también se queman rápido.

-¿Cómo actuaron las autoridades?

-Pues los bomberos vinieron, pero ya estaban tratando de apagarlo los que trabajan aquí. Ya después vino la policía y pusieron la cinta naranja alrededor. Y eso salió en el peritaje: que fue un corto.

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