La jaula de oro: Un historia sobre el infinito migratorio.

Por María Teresa Hernández @maritereh

El primer largometraje de Diego Quemada-Díez no se detiene en la ficción, sino que se compromete a denunciar las injusticias de la migración.

DQD by Katy Ayala

 Foto: Katy Ayala

 Diego Quemada-Díez lleva 45 minutos hablando conmigo sobre las experiencias que tuvo con los migrantes que conoció durante el proceso de filmación de La jaula de oro, pero por primera vez cambia el tono de su voz: “En una de las entrevistas que hice en un albergue de Tijuana, una mujer no podía parar de llorar. Me dijo que seis meses atrás, cuando vivía en Los Ángeles, diez o quince agentes enmascarados y armados con fusiles entraron a su departamento, se llevaron a su familia encadenada de manos y pies y le arrebataron a su bebé mientras lo amamantaba”. Del día que el cineasta inició la minuciosa investigación que concluiría en la cinta que fue nominada al Goya en la categoría de Mejor Película Iberoamericana y obtuvo el galardón a Mejor Reparto en la ultima edición del Festival de Cannes, pasó alrededor de una década. En ese tiempo, Quemada escuchó los testimonios de cientos de personas que perdieron a su familia, fueron deportados a Tijuana sin mayor remedio que vivir un tiempo en la calle y sufrieron torturas a manos de oficiales estadounidenses y miembros del crimen organizado.

El guionista y director de la producción mexicana que este 21 de febrero llega a los cines de nuestro país inició su carrera como migrante. Nació en Burgos, España, pero hace casi dos décadas salió a perseguir el mismo sueño que los protagonistas de su película: viajar a Estados Unidos para transformar su vida. Ahí estudió cine –en The American Film Institute–, pero también asumió la doble condición de extranjero que persigue a quien deja su país para hacerse de un hogar en una nación que no le vio crecer: “En el momento que emigras, no eres ni de aquí ni de allá. Cuando vuelvo a España –cada vez más– soy considerado un extranjero y la gente que no es de mi familia me escucha hablar y me pregunta de dónde soy”. Por eso, dice Quemada, La jaula de oro combina sus experiencias personales con las de los migrantes que conoció y protagonizaron el primer largometraje de su carrera.

La cinta inicia con la imagen de una adolescente cortándose el pelo, aplastándose los pechos con vendas y vistiéndose con ropa que le da un aspecto masculino. Aunque en ese momento el espectador lo desconoce, Sara (Karen Martínez) prevé que podría ser violentada a mitad del trayecto que está a punto de emprender con otros dos chicos (Juan y Chauk, interpretados por Brandon López y Rodolfo Domínguez) para llegar a Estados Unidos. La mayor parte de las acciones subsecuentes ocurren a bordo de un tren, medio de transporte que miles de migrantes centroamericanos utilizan anualmente para cruzar el país e intentar sobrevivir violaciones y asaltos con tal de llegar a su destino. En La jaula de oro, la cámara de María Secco es el ojo de una cerradura; la ventana que permite atestiguar que los peligros de la migración no están en el clima, las armas de los federales en la frontera o en la falta de higiene y alimentación, sino a mitad de camino y a manos de los delincuentes que despojan a los migrantes de lo poco que les queda para sobrevivir.

Diego Quemada se familiarizó con la historia cuando vivió en Mazatlán, donde vivió para entrevistar a migrantes que descendían de los vagones para pedir comida a quienes vivían cerca de las vías: “Toño, mi amigo taxista, me invitó a vivir a su casa. Pasé un tiempo ahí, con su familia, y surgió el germen de película. Mucha gente me preguntó por qué quería hacer una cinta acerca de migrantes si ya se habían hecho un montón, pero yo sentía que tenía algo diferente que podía aportar”.

A principios de 2013, la biblioteca del Instituto Nacional de Migración de México reportó un acervo de ocho mil títulos sobre el tema. Quemada tiene razón: las historias sobre migrantes son infinitas y pueden hallarse por todas partes, pero él ha sido el único en centrar sus esfuerzos en concluir una producción cinematográfica que, sin caer en el documental o en el dramatismo extremo, ha logrado recrear una experiencia de migración con migrantes reales, que involucre al espectador en el camino que los personajes están por recorrer y funja como denuncia de una de las problemática

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