A?Imperio de la ley?

Imperio de la ley.

Por SaA?l LA?pez de la Torre

Se cuenta que en tiempos del virreinato de la Nueva EspaA�a solA�an turnarse las instrucciones de la cA?pula del imperio, con la acotaciA?n: a�?AcA?tese pero no se cumplaa�?. AsA� nacA�a muerta la letra del Rey, que en aquella A�poca era la Ley, o se enfermaba en el largo trayecto transoceA?nico, agonizaba al tocar las ricas tierras conquistadas de AmA�rica y morA�a en la rA?stica mesa de trabajo del Virrey, con el poder devastador de su pluma de guajolote. Desde aquellos tiempos de colonialismo, esclavitud y sometimiento hasta los dA�as actuales de independencia, libertades y democracia se nos ha enraizado hasta la mA�dula el menosprecio por la ley, el orden, la legalidad, incluso por el conjunto de disposiciones y reglamentos conocido como Ley Fundamental o ConstituciA?n General de la RepA?blica, cuya letra y espA�ritu iguala a todos los mexicanos: nos impone las mismas obligaciones y nos concede los mismos derechos, sin distingos de razas, credos religiosos, costumbres, o del lugar que se ocupe en la estratificaciA?n material de la sociedad. El ArtA�culo Tercero Constitucional considera a la democracia a�?no solamente como una estructura jurA�dica y un rA�gimen polA�tico, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento econA?mico, social y cultural del puebloa�?. SegA?n la Ley, todos los mexicanos tenemos el derecho y la obligaciA?n de acceder a la educaciA?n, desde el nivel preescolar hasta la preparatoria, en forma gratuita y con calidad. TambiA�n todos tenemos derecho a una vivienda digna, al cuidado de nuestra salud y a una alimentaciA?n suficiente y nutritiva. En otras palabras, la Ley prevA� y dispone que sean satisfechas las necesidades esenciales de los mexicanos: de todos, por el hecho simple y fundamental de haber nacido y vivir en MA�xico.

Pero es limitada e insuficiente la cobertura de las instalaciones y los servicios destinados a cumplir los propA?sitos de la polA�tica social del Estado. Y es una prA?ctica recurrente que los responsables de operar los programas de dicha polA�tica le den un sesgo electorero a su aplicaciA?n, independientemente del partido polA�tico en el que militen. Son tantos los pobres y lo son a tal grado, que sin remilgos dan su voto a quien les mitigue el hambre con un mendrugo. A casi cien aA�os de promulgada la ConstituciA?n que nos rige, sus preceptos fundamentales no han devenido en bienestar de toda la sociedad.

Darle la vuelta a la norma, eludirla, atropellarla, violarla, es algo en lo que se piensa desde el momento mismo en que se redacta y acuerda. El gobernante hace como que resuelve los problemas promulgando leyes que sabe serA?n incumplidas, aunque se acaten. Y el gobernado celebra o rechaza los arreglos legales, las reformas a la ley, en tanto encuentra la manera de beneficiarse o de sortear sus efectos. En nuestro modo de entender y hacer las cosas, la ley no inspira respeto ni se cumple: es palabrerA�o hueco, si acaso un texto bien escrito y bien intencionado, o una buena lectura para antes de dormir.

Por eso la autoridad habla de aplicarla, con toda su fuerza y todo su peso, como para espantar con el petate del muerto a quienes se descarrilan y entorpecen el suave discurrir del orden pA?blico, como para calmar los A?nimos de la audiencia criticona en tanto se diluyen los desacuerdos en la neblina de la indolencia. La Ley es la espada de Damocles, que pende de un hilo sobre la cabeza de los inconformes. La frase manida: a�?Les aplicaremos todo el peso de la Leya�?, significa, en tA�rminos llanos: a�?les echaremos a la policA�a para que les den sus coscorrones y los refundan en la cA?rcela�?a�� a menos que regresen al redil y nos despejen el camino para seguir sin tropiezos con nuestros asuntos. La Ley es un garrote podrido, no la esencia de la idiosincrasia de un pueblo respetuoso de sus semejantes.

Entonces, A?quA� quiere decir el poderoso cuando vocifera a los cuatro vientos que defenderA? a�?el estado de derecho, con toda la fuerza de la leya�?? No quiere decir nada. Repite lo que siempre ha dicho, sin detenerse a meditar ni un segundo en las consecuencias de lo que pregona, porque tampoco espera que sus palabras mil veces reiteradas provoquen reacciones de fondo, ni en los alborotadores que transgreden las reglas a patadas, gritos, escupitajos y sombrerazos, ni en aquellos que las carcomen en silencio (igual que las polillas y los gusanos), ni en los defensores autA�nticos del equilibrio social.

Y a la par que se corroen los mA�todos de agitaciA?n y los del apaciguamiento de las aguas revueltas, de uno y de otro lado se desgastan las palabras, la capacidad de comprometerse y de luchar por una causa digna de respeto. A la protesta rijosa no la sustenta el discurso que apunta a ganarse la simpatA�a de las masas, y la voz del gobernante suena como si no hubiese transcurrido el tiempo, como si todavA�a fuese el padre autoritario y temidA�simo de hace algunas dA�cadas. Es como si todos los actores de la cosa pA?blica se moviesen en la oscuridad de la ignorancia, en el desconocimiento de lo que sucede mA?s allA? de su corta mirada.

saul-1950@hotmail.com

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