Guerrero y la autodefensa armada.

Maestros

Por Saúl López de la Torre

“Yo vengo de la tierra donde el más cobarde fue Vicente Guerrero y el más ignorante Ignacio Manuel Altamirano”, solía presumir un amigo de antaño, oriundo de Tixtla, Guerrero, mientras agitaba como banderas un rifle M1 y el primer tomo de El Capital de Carlos Marx, parado sobre una roca tan grande como una montaña, a mitad de un arroyo tempestuoso que se descuelga de los hombros del filo mayor de la sierra. Este buen amigo había estudiado en la normal rural de Ayotzinapa, creía a pie juntillas que la bondad y la maldad, atributos torales de la condición humana, se encarnaban en ese orden, cada cual por separado, en dos grandes segmentos de la sociedad: los desposeídos y los detentadores de la riqueza. Se hizo militante de la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres, para abrazar sin cortapisas las elevadas causas del pobrismo sustentado en las ideas y actos justicieros de Lucio Cabañas Barrientos. A sus escasos diecinueve o veinte años de edad, estaba dispuesto a ofrendar hasta la última gota de sangre para erradicar del cuerpo social los gérmenes de la pobreza, de la ignorancia y la marginación. Corría el año 1972. Integrado a la vida silvestre de la jungla transitaba con el comedimiento de la brisa por donde nadie más lo había hecho nunca, con una mochila en las espaldas repleta de vituallas, libros y balas, su M1 bajo el brazo y el dedo siempre presto para apretar el gatillo. En las asambleas comunitarias agitó las conciencias de los pobres, para arengarlos a sacudirse con las armas en la mano el yugo de sus explotadores. Y en el campo de batalla disparó con gran precisión y elegancia para defenderse del enemigo o para aniquilarlo. Dos años después, él, Lucio Cabañas y un pequeño grupo de guerrilleros cayeron muertos a balazos. Desde hacía meses, el ejército los traía a salto de mata, persiguiéndolos de escaramuza en escaramuza por los más recónditos escondrijos de la sierra. En las fotografías publicadas en los periódicos, sus cuerpos flaquísimos mostraban los estragos de los combates en absoluta desigualdad de fuerzas. Una y otra vez vi sus cadáveres llenos de agujeros y plastas de sangre. Recordé la frase de Pedro el Grande, respecto de los soldados rusos: “para matarlos, hay que matarlos dos veces y luego darles la vuelta y volverlos a matar”. A mi amigo, a Lucio y a sus compañeros tuvieron que matarlos muchas veces para poderlos matar.

A cuatro décadas de distancia, leo que los vecinos de Cuautepec, municipio de la Costa Chica guerrerense, acordaron en asamblea la operación de una autodefensa armada para hacer frente a delincuentes. “Nosotros avalamos la propuesta de constituir sus grupos civiles armados para brindar seguridad a la población que se encuentra indefensa”, dijo Bruno Plácido Valerio, dirigente de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG). “Ya estamos abarcando más municipios de esta región para enfrentar la delincuencia”.

Y que las autoridades de Acatempa, comunidad indígena nahua, presentaron al pueblo su Policía Comunitaria integrada por cuarentaicinco hombres sin capuchas que vigilarán las calles de la población adscrita al municipio de Tixtla. Estos policías comunitarios, presentados en la cancha de basquetbol del pueblo, visten playeras verde olivo y están organizados en tres grupos de quince personas, cada uno al mando de un comandante. Forman parte de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias. “La diferencia entre los grupos de autodefensa armada de Ayutla, Tecoanapa, Atliaca y los otros municipios de la Costa Chica es que nosotros decidimos no utilizar capuchas”, señaló uno de los comandantes. Los policías comunitarios de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC) son distantes de los que pertenecen a la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG); sin embargo, para los civiles de Acatempa, la multiplicación de vigilantes hará que se unan ambos grupos.

En octubre de 1995, casi veintiún años después de que fuese aniquilada la Brigada Campesina de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres, nace la policía comunitaria para imponer el orden en su territorio y garantizar la seguridad y el sosiego de los pueblos marginados de la sierra guerrerense, que habían sido víctimas de las bandas de delincuentes que operaban impunemente cometiendo asaltos, asesinatos y violaciones. En el transcurso de diecisiete años, estos grupos de autodefensa armada se han extendido más allá de los linderos de la sierra. Su lema es: “¡Sólo el pueblo apoya y defiende al pueblo! El respeto a nuestros derechos será justicia”.

En mi novela La casa de bambú, el maestro Nicolás Reyes cuenta: “Éstas eran tierras indómitas, apelmazadas con sangre rebelde, a donde no había quien llegara a contemplar el espectáculo maravilloso del crepúsculo ni a estudiar los usos y costumbres de la gente. Los barrancos con la panza llena de niebla, las grutas milenarias que traspasan las montañas, los cauces pedregosos de los ríos, los picos escarpados con sus jorongos de nubes, el hálito de los muertos con agujeros por donde deambulan los gusanos, la ilusión de la venganza justiciera. Todo lo que era y todo lo que significaba la sierra, había estado allí, siempre, para atacar y eludir al enemigo”.

saul-1950@hotmail.com

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