El club alpino que no naciA? para hacer cimas

Un grupo de montaA�istas veteranos acampa una vez al mes, a 3000 metros, en los bosques que rodean el Distrito Federal. Fueron la A�lite del alpinismo mexicano de los 60 y 70. Ya no suben montaA�as, pero no soportan la idea de quedarse en casa.

Por Pablo Zulaica ParraA�@zulaicap

 

Amanece en el Valle de las Monjas

Amanece en el Valle de las Monjas

 

En el Valle de las Monjas, un tupido bosque a casi 3,000 metros de altitud al poniente de Ciudad de MA�xico, varios kilA?metros de pino frondoso son barrera suficiente para aislar del estrA�pito urbano un claro de pasto, asA� que es posible percibir, especialmente a una hora temprana, el sonido de una cremallera al abrirse. Luego de esa cremallera se abre otra, y despuA�s otra mA?s con la misma poca prisa que los rayos del sol, que se filtran inocuo por entre las ramas de pino oscuro y llega al campamento sin restarle un solo grado al frA�o de final de otoA�o. Los montaA�eros que salen de esas tiendas no se incorporan raudos ni tienen movimientos A?giles. Ya no. Se oye un murmullo infantil, pero proviene de un grupo de boy scouts que hay a un centenar de metros. AquA�, de estas tiendas, sA?lo salen viejos.

SegA?n amanecen, todos ellos van presentA?ndose ante los reciA�n llegados y estrechA?ndoles la mano. PA?lvora, AgustA�n, El PA?jaro. Ubaldo y Berta. Braulio, MartA�n, El Chiquis y Emelia. Faustino y Olga. Fortino y Josefina. Con el mismo nA?mero promedio de integrantes, cualquier equipo de jA?venes de fA?tbol 5 o fA?tbol 7 apenas tendrA�a para completar la escuadra titular un sA?bado cualquiera. En cambio aquA�, si no es por fuerza mayor, no falta nadie. Cada uno abrigado a su manera, han tomado su taza personal y van formA?ndose delante de un puchero donde humea el atole de avena. En la fila algunos usan bastA?n, pero El PA?jaro templa a todos con albures y una carcajada adolescente. Y mA?s allA?, junto a los coches aparcados y las tiendas, una lona serigrafiada luce la imagen totA�mica del volcA?n PopocatA�petl nevado. Esa lona tiene cosidas insignias de varias clubes alpinos, y debajo del Popo hay un lema: MontaA�istas veteranos, amigos por siempre.

El promedio de edad del grupo es casi de 80 aA�os. Hace dA�cadas que nadie de ellos pisa aquel volcA?n que el gobierno vetA? sin miramientos tras la erupciA?n de 1994, pero su amistad sobrevive a la polA�tica y a los rigores de la edad. Y como un montaA�ista en la ciudad es un pez fuera del agua, algunos de ellos no saben hacerse viejos sino volviendo a las alturas. Aunque decir que a�?la montaA�a siempre estarA? ahA�a�? es siempre consuelo cuando no se logra una cima, cada aA�o las cumbres les van quedando mA?s altas. Por eso, el primer fin de semana de cada mes se calan sus gorras llenas de pins conmemorativos a��sus viejos galones de montaA�aa�� y suben a ese claro del bosque. Junto al atole y el guisado que despuA�s vendrA?, traen tambiA�n un arsenal de A?lbumes de fotos y de orujos y licores. Esos tragos completan el cA?ctel de esta historia en un equilibrio pretendido con relatos de montaA�a, olor a tierra y pino y un humor negro de altura.

 

Pasar lista a los ausentes.

Se escucha en los cA�rculos alpinos que en la ciudad llegA? a haber mA?s de medio millar de clubes, pero hoy es poca la gente que sube montaA�as. El ocio ha cambiado tanto que apenas quedarA? una dA�cima parte de esos clubes. De entre ellos, MontaA�istas Veteranos no naciA? para hacer cimas, ni se les parece demasiado:

a��De hecho, el grupo naciA? en un entierro.

Alejandro LeA?n, PA?lvora, lo explica. Cuenta que uno de ellos decidiA? hacer un homenaje a otro montaA�ista veterano a quien todos llamaban La Zorra. Para ello, un compaA�ero buscA? entre varios clubes a sus viejos amigos de escalada. Pero La Zorra a�?decidiA? morirsea�? antes del homenaje y su festejo se convirtiA? en entierro. Convinieron que se juntarA�an una vez al mes para recordar los viejos tiempos. Al principio, Mariano Molina, el convocante, puso su casa, que era grande. a�?Pero su seA�ora se encabronA?. TenA�a allA� su jardincito, sus floresa�� y optamos por buscar un lugar, asA� que nos vinimos al Valle del Patrullero.a�? Muchos de ellos habA�an sido patrulleros del Socorro Alpino, un grupo histA?rico de rescatistas voluntarios. Y ya, puestos a eso del recuerdo, al comenzar sus acampadas rebautizaron el claro del bosque.

Aunque a menudo reciben visitas, por doble motivo los amigos cada vez son menos. PA?lvora dice que en lo poco que va del aA�o tres compaA�eros han cambiado de cA?digo postal, que en sus tA�rminos significa que han pasado a mejor vida. A�l tiene 73 y un humor tan claro como la fronda de ese bosque verde oscuro cuando el sol no lo ilumina. Pero ese humor, igual que el cerco de pinos que rodea, es para ellos un bA?lsamo contra el veredicto de la edad, y les ayuda a recordarse quiA�nes son. La PGR.

La ProcuradurA�a General de la RepA?blica es la controvertida fiscalA�a mexicana, y a quien usualmente corresponden esas siglas, pero esta PGR, anuncia PA?lvora festivo, significa Pura Gente Ruca. Ruca quiere decir vieja. Dicen que al principio quisieron despistar y se pusieron FBI, Fuerza Bruta IndA�gena, pero despuA�s, previo a que el Instituto de la Senectud cambiara de nombre, cuenta que lo cambiaron a Fuerzas BA?sicas del Insen. Como sea, cada diciembre llevan al claro a un pA?rroco, hacen una misa y leen la lista de presentes, esto es, los fallecidos en el aA�o (hace unos aA�os despidieron a 23 amigos). DespuA�s, alzan el puA�o a cada nombre y todos gritan a�?A?presente!a�?, y al cabo piden por ellos mismos y por el aA�o que entra. La A?ltima vez, despuA�s de la misa A�l hizo saber al resto que querA�a cambiar de nuevo el nombre al grupo. Le vieron venir con otra ocurrencia y le preguntaron si ya andaba a�?con sus mamadasa�?. PA?lvora, que simplemente opinaba que debA�an refundarse, querA�a sugerir la ReservaciA?n de MontaA�istas en Peligro de ExtinciA?n.

La reuniA?n tiene algo de reportaje de animales, donde vida y muerte parecen aceptarse sin vueltas de mA?s. Debe de ser que tras tantos ascensos han visto el vacA�o muchas veces. Pero ademA?s, los montaA�istas mexicanos tienen un instinto muy gregario. Algunos fines de semana no toca PGR pero es el aniversario de otro club, como hoy, y los miembros del que cumple convocan a la manada amplia, que acude junto al festejado con una lealtad que hoy es reliquia. A media maA�ana se ha formado ya un grupo variopinto que excede en mucho al germen de la PGR y en el claro son todo risas, achaques y abrazos. Se tienden cuerdas entre pino a pino y pronto no queda allA� espacio. De ellas, como trapos que se secan al sol, cuelgan tres decenas de triA?ngulos de distintos colores y tamaA�os. Cada banderA�n de fieltro descolorido lleva el nombre de un club cosido en tela y un aA�o de fundaciA?n antediluviano. Tanto que en algunos clubes no quedarA?n vivos mA?s de tres o cuatro miembros, y otros sA?lo son el banderA�n. Hoy, el Club Alpino Roca, Los Santos, cumple 72 aA�os. Y hay quienes bajan de flamantes Mercedes, de Jeeps de rescate llenos de emblemas y sirenas con aspecto de juguetes para niA�os grandes o de vochos viejos y exhaustos a los que abren el capA? para que no se ahoguen. La montaA�a hace tabula rasa. Quienes pueden, llegan con

bastones telescA?picos en las manos y polainas en los pies, llenas de polvo, despuA�s de una caminata por el bosque desde el paradero de autobA?s que les quedA? mA?s cerca.

A�

El McKinley, el Aconcagua y el Popo.

Cuando el sol se esconde a 3,000 metros siempre queda el frA�o. Nadie le huye, nadie se amilana ni se queda en casa porque, como ellos, el frA�o ha sido siempre parte del paisaje. Alrededor de una mesita y una estufa mA?vil, si acaso de una hoguera, alguien desliza algA?n recuerdo a��McKinley, Aconcagua, Popo…a�� y probablemente copa en mano lo relata hasta que otro le interrumpe. Este endulza la historia, quizA?s da luego otra versiA?n, hasta que un tercero, tambiA�n seguramente copa en mano, les pisa la palabra a ambos. Luego se callan, satisfechos, y todos dan un trago.

En la PGR sobra material para escribir una enciclopedia de historia de montaA�a. Y en esa enciclopedia cada uno llenarA�a fA?cilmente un tomo hasta quiA�n sabe quA� nA?mero. De Ubaldo MartA�nez, que tiene 81 aA�os, todos cuentan que fue el primero en escalar el Ventorrillo, un paredA?n tremendo y casi vertical del PopocatA�petl. Lo subiA? en 1956 junto a otros dos valientes, Jorge HernA?ndez y Santos Castro, un hidalguense legendario que falleciA? escalando. Sin duda, en el tomo de Ubaldo aparecerA�an AgustA�n Tagle y otros que subieron y bajaron para abrir aquella vA�a, cada dA�a un poco mA?s arriba, como un equipo de hormigas abnegadas trabajando en vertical. Pero Ubaldo tambiA�n llegA? a la cima del McKinley, en Alaska, considerada una de las montaA�as mA?s complicadas del planeta por su latitud. DespuA�s de ascender 4,000 metros de hielo hasta los 6,194 de ese monstruo, cerrarA�a el tomo con las estrellas que encontrA? cuando llegA? a la cima.

Sentado en una sillita playera, con su boina hacia delante y el bastA?n a un lado, AgustA�n Tagle nunca falla a la cita. TambiA�n tiene 81 aA�os, y la salud mA?s delicada, y sorprende que no merme su sonrisa ni la determinaciA?n de echarse al piso para compartir una acampada. Sin embargo, meses atrA?s lo llevaron en auto a los pies del IztaccA�huatl, el volcA?n vecino al PopocatA�petl, le preguntaron por viejas ascensiones y entonces llorA?. A?CA?mo no llorar al cabo de una vida que fue una montaA�a rusa de emociones? Por llorar, llora hasta RubA�n Castro, El PA?jaro, cuando se le acaban los albures. La voz de El PA?jaro es un hilo fino cuando nombra a su seA�ora, que estA? en cama en la ciudad, impedida de moverse y ya venida a menos. Dejarla en casa, siquiera una vez al mes, a A�l lo mortifica. Ha viajado tanto para escalar que dice que ya no necesita andar mA?s mundo. Pero cuando a sus 22 aA�os se casA?, antes de la luna de miel, su seA�ora y A�l se fueron derechitos a subir los 5,700 metros del Pico de Orizaba.

El PA?jaro asume el lugar comA?n: normalmente, a quien se casa, la vida familiar le corta las alas y entonces abandona la montaA�a. Sin embargo, decir que Berta Lara es la esposa de Ubaldo MartA�nez, por ejemplo, es tambiA�n decir verdad pero no toda. AllA� estA? ella, a su lado, con los labios finos de color carmA�n. DespuA�s de haberse jugado la vida compartiendo rA�os subterrA?neos, cimas y paredones, esa presencia siempre doble es la certeza de que las parejas que comparten riesgos y pasiones, si no se accidentaron, no pueden envejecer de otra manera que juntos.

El PA?jaro, irA?nico, dice tambiA�n que la montaA�a no es deporte: a�?Uno camina como loco, carga como bestia y duerme en el suelo como perro; y hasta maltraga.a�? A pesar de ello, Braulio Guerrero sigue llegando a todos lados con muletas y sonrisa, y detrA?s de sus sencillos lentes sus ojos claros son mA?s claros cuando viene a la montaA�a. Flaco, enjuto y rengo, camina embutido en ropa bajo un gorro verde lleno de esas bolitas que le salen a la lana vieja. MartA�n Campo, su amigo inseparable, dice que Braulio fue uno de los diez mejores montaA�istas de MA�xico. Ahora El PA?jaro le llama Pato Viudo. SocarrA?n, no quiere explicar por quA�. Y cuando Braulio sonrA�e y a modo de respuesta se arremanga el pantalA?n, El PA?jaro estalla en una carcajada: a�?A?Porque se le muriA? una pierna!a�?. A Braulio se la amputaron por diabetes. Lo peor para su pata de aluminio es el pasto de montaA�a, que es alto, porque no sabe dA?nde pisa. Pero eso no cambia demasiado. Por si cae en duro, Braulio lleva siempre puesta una mochila. Si tropieza se vuelve a levantar. Y su empeA�o es tal que lo llaman para dar charlas a nuevos amputados. Los fines de semana, MartA�n y Braulio siguen compartiendo caminatas de seis o siete horas al filo de los 4,000 metros.

La contraparte, quizA?s, es la historia de Fortino MA�ndez. Para A�l la montaA�a tuvo los perjuicios de una droga. Afortunadamente ahora tiene seA�ora, pero cuenta que pasA? 37 aA�os en el Socorro Alpino y se quedA? sin dos familias. Fue demasiado tiempo y dos mujeres decidieron no esperarle. Para aliviarse, Fortino se regresa al 11 de julio de 1991, un dA�a que hubo eclipse total en MA�xico. SaliA? una maA�ana soleada y A�l pudo verlo desde La Herradura, un paraje a mA?s de 5,000 metros, sobre la ladera yerma, negra y empinada del PopocatA�petl. Abajo, cada pino, cada casa y cada A?rbol se iban apagando poco a poco en la distancia hasta que todo quedA? en penumbra. En ese momento, Fortino sintiA? que Dios estaba allA�. a�?SA?lo faltaba mA?sica de Wagner.a�?

Convivir con esta PGR se parece mA?s a un documental de Werner Herzog, tan dado a buscar la esencia de las almas solitarias en situaciones extremas. PA?lvora dice que A�l, a veces, se queda sin palabras. Que si a los poetas se les van, cA?mo no les va a ocurrir a ellos. Pero la lucidez que aporta la montaA�a para describir el A�xtasis aflora siempre. Armando Altamira, coetA?neo y compaA�ero de ascensos de muchos de la PGR, lamenta que los escaladores mexicanos, por lo general, no escriben. Por suerte, sus cuadernos publicados y su blog, Tlamatzinco (http://tlamatzinco.blogspot.mx/) , comparten honda filosofA�a y un rico registro generacional. Altamira dice que a�?el montaA�ista, al escribir, trasciendea�?.

Al fin, El PA?jaro mira al nieto de AgustA�n Tagle. Hoy el niA�o juega al lado de a su abuelo, que estA? sentado en su silla dominguera junto a su bastA?n. a�?No me lo dejes que se quede en la cama, A?eh? a��le dice El PA?jaro al nieto.a�� A este viejo me lo sacas.a�? Se le ve en paz a AgustA�n aquA� arriba, entre los pinos. Le enorgullece que a su hijo le guste la montaA�a y al parecer la saga va a seguir. De ese modo, AgustA�n tambiA�n trasciende.


A?Por quA� subir montaA�as?

Una vez alguien le hizo a PA?lvora una pregunta. Al contarlo arquea las cejas, como si le hubiera interrogado yo y A�l no pudiera creer que haya que explicar por quA� carajo habrA�a de escalarse una montaA�a. Se queda en silencio aunque no tiene nada que pensar, las cejas bien arriba y las manos extendidas, y luego dice:

a��A?Porque estA? ahA�!

De un sobre grande color beis, PA?lvora saca unas cartulinas que ha extraA�do de algA?n archivero con fotografA�as en blanco y negro, cada esquina inserta en la hoja con un corte de cA?ter. Al principio se ve a un chico envuelto en ropas que posa en la nieve junto a una decena de adultos, entre los que estA? su padre, y un banderA�n del extinto Club VerA?nica. Es PA?lvora en su primera subida al IztaccA�huatl, a los ocho aA�os. AquA� estoy yo, va diciendo en una y otra foto. Y aquA�, y aquA�. Y ese joven seA�alado cada vez se ve mA?s grande.

En las fotos bicolores el blanco gana al negro. Hay grietas de hielo con tA�mpanos de cinco metros, heridas profundas en desiertos de nieve donde rara vez se ve la roca, cuevas verticales que hacen pensar en el peor de los finales pero que no espantan a quienes gravitan sobre el abismo con cuerdas y con gesto alegre. Por no hablar de las descolgadas al crA?ter humeante del PopocatA�petl y a su laguna que, cuentan, era verde. Cuando en las fotos aparece algo negro, largo y muy negro, suelen ser sotanas. Curas montaA�eros que celebran misa entre chuzos de hielo o fumarolas, convocados por los clubes allA� donde antes hubo adoratorios prehispA?nicos. A veces, en las fotos llenas de nieve tambiA�n hay mujeres en shorts y con lentes redondos, sesenteros, y si no fuera por esas cuerdas a las que van atadas se dirA�a que estA?n disfrutando de una asoleada en una playa de Acapulco. Pero hay a quien la brisa de una bahA�a tropical le sabe a poco. Ellas estA?n 5,000 metros por encima de esas playas, muy lejos de allA�, casi tocando el cielo.

PA?lvora dice que al principio subA�an sin tA�cnica; devoraban el camino. Mientras las nuevas formas del montaA�ismo, asA� como el material, evolucionaban en las paredes de los Alpes, lejos de aquellos privilegios, los mexicanos suplA�an su desventaja con inventiva y arrojo. QuizA?s vaya en el carA?cter. En una ascensiA?n al Whitney, el techo de California, PA?lvora y compaA�A�a subA�an por la cara este. Llevaban estribos, unos apoyos necesarios para poner los pies cuando en las grietas de la roca no hay espacio suficiente. Pero, a pesar de trazar la vA�a complicada, aparecieron en la cima mucho antes que otra cordada de gringos, que alucinaban. a�?Nos habA�amos deshecho de los estribos y usamos taquetes de madera. Si aguantaban, A?por quA� no?a�?. Aparte de dos maneras de escalar, en aquella cima se encontraron dos maneras de vivir.

Por fin, en los 60 comenzA? a llegar la literatura de montaA�a y se sucedieron conferencias de grandes alpinistas. Armando Altamira, al rescatar un diA?logo con un amigo, dejA? escrito: a�?Con toda la tA�cnica para escalar, [ni] sus tenis ni sus polvos son los que van a revolucionar al paA�s alpino de los mexicanos, sino su escritura.a�? El suizo Raymond Lambert, una estrella de esos tiempos, dijo que los mexicanos subA�an muy rA?pido pero que se detenA�an mucho. PA?lvora admite que mientras el montaA�ismo internacional es frA�o, el nacional es caliente. Y PA?jaro, que asegura haber hecho locuras como subir al Pico de Orizaba sin conocer la ruta, dice que volverA�a a hacerlas.

Antes de cerrar el sobre con las fotos de PA?lvora veo que hay fechas escritas: 1946, 1952, 1962. Esas fotos muestran cortes de hielo de mA?s de cinco metros de grosor, capas que podrA�an llevar ahA� milenios. PA?lvora localiza una foto donde unos jA?venes zigzaguean sobre la nieve en el IztaccA�huatl. Pero yo, que frecuento esa montaA�a, no reconozco el paraje y le pregunto de quA� lugar se trata.

a��Bueno, es del lado de Puebla, pero esta ruta ya no existe. Se derritiA? el hielo y ahora hay paredes verticales. Ustedes llegaron tarde.

Pienso que PA?lvora expresA? bien su concepciA?n de sA� mismos cuando hablA? de crear una ‘reserva’ para una especie que se extingue. Para ellos, por insignificante que parezca, todo acto o emblema es homenaje. QuizA?s sea que el mexicano es alguien muy dado a venerar, pero en la escalada nacional es sencillo reconocer que hubo un pasado mejor. Un dA�a que lo visitA� en su casa, entre millares de fotos que dificultaban el paso amontonadas en cajas y crampones viejos y piolets de madera clavados en la pared, PA?lvora sacA? una versiA?n reducida de la lona de la PGR. Pinchados en ella, igual que en la lona grande, habA�a un puA�ado de pins de varios clubes con distintos tamaA�os. No sA?lo me los explicA? todos, sino que dijo cuA?ntas copias existA�an de cada pin. HabA�a alguno duplicado, pero fui entendiendo que aquello no era un simple muestrario ni el lugar de las estampillas repetidas. Luego sacA? una cajita donde habA�a insignias y medallas, cosa mA?s seria. Expediciones exitosas, aniversarios, condecoraciones por rescates. Algunas medallas eran del Club Exploraciones, el primero fundado en MA�xico, ya casi centenario. Me explicA? que una medalla vale mA?s que un pin, pero un pin es un orgullo que uno se ha ganado y que, ademA?s, lo puede llevar a cualquier lado. Y despuA�s, dijo: a�?Tengo pins que aA?n debo entregar. Alguno me dice que se lo mande con su hermano. A?Pues no, le digo yo, no chingue; no es lo mismo eso que entregarlo!a�?

Como a quien una adicciA?n le hace sentir culpa, PA?lvora dice que la memoria es el llanto del alma. a�?Y yo soy sentimental, romA?ntico y pendejo.a�? Lo que sucede es que para A�l la montaA�a siempre fue un templo. A modo de ejemplos, dice que Cristo muriA? en el GA?lgota, que los dioses estaban en el Olimpo y en el Valle de MA�xico hay adoratorios, que cada 52 aA�os los aztecas hacA�an el Fuego Nuevo en el Cerro de la Estrella. PA?lvora, que es viudo desde hace veinte aA�os, nunca tocA? a una mujer en la montaA�a. Su seA�ora le confesA? por primera vez que estaba embarazada mientas ambos subA�an el PopocatA�petl.

La montaA�a siempre estarA? ahA�, pero cabe preguntarse quA� montaA�a. El PopocatA�petl, de alguna forma, es ya una imagen monolA�tica, casi un A�dolo intocable que algunos viejos consideran vA�ctima de un secuestro. Desde que recobrA? su actividad volcA?nica en 1994 y se prohibieron tajantemente los ascensos, en las montaA�as del Valle de MA�xico hay muchos menos excursionistas que antes. La uniA?n del fA?tbol y la tele, sumada a la inseguridad en los caminos, ha hecho que sea un lujo siquiera imaginar en un diario una nota semanal sobre montaA�a, como sucedA�a antes. QuizA?s dejar para el final esa columna que un tal Gustavo Herrera, me cuentan, firmaba en el diario Ovaciones, pueda ser otro pequeA�o homenaje. Todos los miA�rcoles, religiosamente, Herrera cerraba su texto con esa misma frase: a�?Amigos de la montaA�a, amigos por siemprea�?. Para algunos fue un lema de vida, de ahA� saliA? el lema de los MontaA�istas Veteranos. Luego le pusieron los recuerdos y unos tragos, el bosque y las estrellas, y naciA? la versiA?n mA?s improbable de la PGR.

PD: Poco antes de la publicaciA?n, miembros de la PGR preguntaban cuA?ndo iban a poder ver esta nota. Se habA�an reunido para acampar en su lugar de siempre. PA?lvora no pudo asistir por un problema de la vista. Los demA?s no faltaron: Ernesto, otro veterano, celebraba sus 90 aA�os.

 

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