El bullicio de los árboles

DSC_0020

Por Saúl López de la Torre

Me gusta escribir. Hacerlo me produce emociones intensas, como cuando el poeta mira dentro de su cerebro las imágenes descritas con versos que han de enamorar a la mujer que lo embelesa o el soldado limpia su fusil y lo carga de balas para entrar en combate y repasa en su mente la humareda de la metralla y el aniquilamiento del enemigo para librar su propia muerte y gozar la gloriosa victoria: sólo en semejantes circunstancias el cuerpo y el alma se funden sin fisuras en un ente absoluto. Escribir es entregarse a una causa suprema en la que va de por medio la vida. Cincelar con frases precisas la forma para darle contenido, tono y estilo a la escritura. Escribir es volcar la plenitud del ser y extasiarse ante los dictados implacables de la memoria y los recuerdos. Es abrazar el entorno con los hilos infinitos de la melancolía y vislumbrar el porvenir con los agudísimos ojos del corazón. Por ello, cuando el escritor desempeña su oficio, suele llorar sin consuelo, o reír con el candor estruendoso de un niño, o gritar como enajenado. Y cuando el sentimiento y el pensamiento y los recuerdos esculpidos en la escritura son auténticos, el lector sufre y goza con la misma intensidad que lo ha hecho el escritor. Es cuando culmina victorioso el proceso del conocimiento, porque, finalmente, escribir no es otra cosa que un método bellísimo del aprender y del saber. Aprender y saber de qué están hechas las ideas y las emociones. Sacudir la mente y el corazón.

Yo escribo desde que conocí los signos del alfabeto y aprendí a deletrear las palabras, porque entonces descubrí que a las muchachitas de la primaria y del barrio se les podía enamorar con recados dulzarrones y poemas cursis. Después, por encargo y a cambio de unas monedas, escribí cartas de amor para que los hombres analfabetos de mi pueblo también pudieran enamorar a las muchachas bonitas con la fuerza seductora de las palabras. Entonces escribía a la orilla del río, bajo la sombra de los amates, inspirado por el ir y venir de las ramas mecidas por las ráfagas salobres del viento que venía del mar, por el chirriar de las chicharras y el parloteo incesante de las torcazas y las chachalacas. Mientras me saltaban a la mente las dulces frases amorosas, entrecerraba los ojos, cruzaba los brazos sobre la barriga, oía el ladrido de mis perros y los chillidos de los tlacuaches trepados en los troncos de los árboles para salvar el pellejo. Los peces chapoteaban en las pozas del río, confundiendo sus sonidos con los desprendimientos de los frutos maduros de los amates que rebotaban en las ramas y se integraban a la corriente del agua. Aquel bullicio me inundaba de sosiego. Y me incitaba a cavilar. Tenía la certidumbre de que la relación entre los árboles y los pájaros era semejante a la de la gente con los perros. Pero no entendía de qué estaban hechos los sentimientos de los árboles, ni en qué punto preciso del cuerpo de estos seres palpitaba el corazón. Había visto venas y sangre en los troncos aserrados, en las ramas desgajadas, en las hojas marchitas, pero nada que pareciese la fuente de donde fluía el afecto hacia los pájaros y las hormigas. A veces me tumbaba de espaldas sobre las duras raíces superficiales de un cedro centenario, para estudiar el comportamiento de este ser majestuoso ante el aleteo y el canto de los cardenales, ante el peregrinar de las hormigas cargadas de trocitos de cogollos. Observaba cómo se estremecían las ramas, oía el silbido de las hojas, el alegre bullicio de aquel universo vigoroso. Pero no percibía los tumbos del corazón, ese ritmo bongosero dentro del pecho que yo gozaba al acariciar las orejas de mis fortísimos dálmatas, o cuando conseguía una frase bonita que seguramente sonrojaría los carrillos redondos de las muchachas coquetas que me incitaban a escribir.

“Literatura que no muerde no es literatura”, decía Kafka. Y en su poema La venta, José Carlos Becerra rememora el ardor vibrante de su tierra:

“Jugó la selva con el mar como un cachorro con su madre, bostezó el día entre los senos de la noche, en su acción de posarse buscó alimento la palabra, sonó el acto en su propio vacío como una dolorosa constancia de fuerza que el sueño del hombre no pudo medir… El sol es una mirada que se va devorando a sí misma, todo jadea de un sitio a otro y la hojarasca cruje en el corazón de aquel que al caminar la va pisando… Sobre un tronco caído una iguana succionada por otro tiempo está inmóvil, no hay fuga en sus ojos más fijos que la profundidad del mar… La tempestad pesa como un dios que va haciéndose visible, una banda de truenos cruza el cielo, la luz se está pudriendo… Nadie se desgarra con esa soberbia del mineral que tiene a la memoria cogida por el cuello.

Todo parece dormir igual que un dios que se torna de nuevo visible detrás de este tiempo, donde ahora se balancean y crujen las ramas de los árboles.

saul-1950@hotmail.com

Comentarios

Comentarios