El bullicio de los A?rboles

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Por SaA?l LA?pez de la Torre

Me gusta escribir. Hacerlo me produce emociones intensas, como cuando el poeta mira dentro de su cerebro las imA?genes descritas con versos que han de enamorar a la mujer que lo embelesa o el soldado limpia su fusil y lo carga de balas para entrar en combate y repasa en su mente la humareda de la metralla y el aniquilamiento del enemigo para librar su propia muerte y gozar la gloriosa victoria: sA?lo en semejantes circunstancias el cuerpo y el alma se funden sin fisuras en un ente absoluto. Escribir es entregarse a una causa suprema en la que va de por medio la vida. Cincelar con frases precisas la forma para darle contenido, tono y estilo a la escritura. Escribir es volcar la plenitud del ser y extasiarse ante los dictados implacables de la memoria y los recuerdos. Es abrazar el entorno con los hilos infinitos de la melancolA�a y vislumbrar el porvenir con los agudA�simos ojos del corazA?n. Por ello, cuando el escritor desempeA�a su oficio, suele llorar sin consuelo, o reA�r con el candor estruendoso de un niA�o, o gritar como enajenado. Y cuando el sentimiento y el pensamiento y los recuerdos esculpidos en la escritura son autA�nticos, el lector sufre y goza con la misma intensidad que lo ha hecho el escritor. Es cuando culmina victorioso el proceso del conocimiento, porque, finalmente, escribir no es otra cosa que un mA�todo bellA�simo del aprender y del saber. Aprender y saber de quA� estA?n hechas las ideas y las emociones. Sacudir la mente y el corazA?n.

Yo escribo desde que conocA� los signos del alfabeto y aprendA� a deletrear las palabras, porque entonces descubrA� que a las muchachitas de la primaria y del barrio se les podA�a enamorar con recados dulzarrones y poemas cursis. DespuA�s, por encargo y a cambio de unas monedas, escribA� cartas de amor para que los hombres analfabetos de mi pueblo tambiA�n pudieran enamorar a las muchachas bonitas con la fuerza seductora de las palabras. Entonces escribA�a a la orilla del rA�o, bajo la sombra de los amates, inspirado por el ir y venir de las ramas mecidas por las rA?fagas salobres del viento que venA�a del mar, por el chirriar de las chicharras y el parloteo incesante de las torcazas y las chachalacas. Mientras me saltaban a la mente las dulces frases amorosas, entrecerraba los ojos, cruzaba los brazos sobre la barriga, oA�a el ladrido de mis perros y los chillidos de los tlacuaches trepados en los troncos de los A?rboles para salvar el pellejo. Los peces chapoteaban en las pozas del rA�o, confundiendo sus sonidos con los desprendimientos de los frutos maduros de los amates que rebotaban en las ramas y se integraban a la corriente del agua. Aquel bullicio me inundaba de sosiego. Y me incitaba a cavilar. TenA�a la certidumbre de que la relaciA?n entre los A?rboles y los pA?jaros era semejante a la de la gente con los perros. Pero no entendA�a de quA� estaban hechos los sentimientos de los A?rboles, ni en quA� punto preciso del cuerpo de estos seres palpitaba el corazA?n. HabA�a visto venas y sangre en los troncos aserrados, en las ramas desgajadas, en las hojas marchitas, pero nada que pareciese la fuente de donde fluA�a el afecto hacia los pA?jaros y las hormigas. A veces me tumbaba de espaldas sobre las duras raA�ces superficiales de un cedro centenario, para estudiar el comportamiento de este ser majestuoso ante el aleteo y el canto de los cardenales, ante el peregrinar de las hormigas cargadas de trocitos de cogollos. Observaba cA?mo se estremecA�an las ramas, oA�a el silbido de las hojas, el alegre bullicio de aquel universo vigoroso. Pero no percibA�a los tumbos del corazA?n, ese ritmo bongosero dentro del pecho que yo gozaba al acariciar las orejas de mis fortA�simos dA?lmatas, o cuando conseguA�a una frase bonita que seguramente sonrojarA�a los carrillos redondos de las muchachas coquetas que me incitaban a escribir.

a�?Literatura que no muerde no es literaturaa�?, decA�a Kafka. Y en su poema La venta, JosA� Carlos Becerra rememora el ardor vibrante de su tierra:

a�?JugA? la selva con el mar como un cachorro con su madre, bostezA? el dA�a entre los senos de la noche, en su acciA?n de posarse buscA? alimento la palabra, sonA? el acto en su propio vacA�o como una dolorosa constancia de fuerza que el sueA�o del hombre no pudo medira�� El sol es una mirada que se va devorando a sA� misma, todo jadea de un sitio a otro y la hojarasca cruje en el corazA?n de aquel que al caminar la va pisandoa�� Sobre un tronco caA�do una iguana succionada por otro tiempo estA? inmA?vil, no hay fuga en sus ojos mA?s fijos que la profundidad del mara�� La tempestad pesa como un dios que va haciA�ndose visible, una banda de truenos cruza el cielo, la luz se estA? pudriendoa�� Nadie se desgarra con esa soberbia del mineral que tiene a la memoria cogida por el cuello.

Todo parece dormir igual que un dios que se torna de nuevo visible detrA?s de este tiempo, donde ahora se balancean y crujen las ramas de los A?rboles.

saul-1950@hotmail.com

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