El amarillo se comiA? al gris

casa de adobe

Por Uriel SalmerA?n GarcA�a

El acechamiento de los moscos ya no molesta y el olor de agua estancada se ha fundido a sus fosas nasales. Tixtla vive bajo el agua desde hace ya mA?s de 20 dA�as. La fuerza del verdoso cauce les ha arrebatado lo poco que tenA�an. Veo en sus ojos la desesperaciA?n que encumbra a tomar medidas en el mismo sentido. No hay nada que hacer. Nadie les puede ayudar, tal vez ni dios.

El sol azota con su lA?tigo ardiente. Somos apenas una docena de hormigas bajo la inclemente lupa. Los habitantes del pueblo se han destrozado la espalda por dA�as haciendo trabajos de desagA?e, trabajos inutilizados por las fuerzas naturales. Ellos no piden una soluciA?n inmediata, un milagro que cambie su situaciA?n en un trinar, sA?lo desean salir adelante con su esfuerzo. SA?lo imploran que este tampoco les sea arrebatado.

Los murmullos empiezan a resonar. Los silencios se comen la galaxia. Nadie se mira directamente a los ojos.

Se ha hablado de una ofrenda. De un ritual, que segA?n algunos pobladores, no se ha realizado desde hace mA?s de nueve dA�cadas. Las caras se han vuelto de jade, pA?lidas y rA�gidas. Si dios no ha sido la fuerza que cambie la desgraciada realidad, tal vez su contraparte sA�. Porque al final del dA�a todos necesitan de la mano franca de un amigo.

casa abajo

***

Abordamos con poca gracia la canoa. Entre la inestabilidad del transporte, nuestra falta de experiencia y la atrofiada motricidad que nos caracteriza, logramos una subida temerosa, que apenas unos segundos despuA�s desata el contoneo burlA?n de nuestros conductores. El motor se prende, un encargado empuja. La cueva de AmatitlA?n, escondite del insurgente Vicente Guerrero, ya es escenario del choque entre lo terrenal y lo etA�reo.

El recorrido ha iniciado en la colonia El Santuario. El agua rebasa los dos metros, avistamos algunos automA?viles bajo su nivel. La duda es generalizada. Don Guadalupe, habitante de Tixtla y nuestro guA�a, responde en voz baja. Se traba, tartamudea. El manto de la zozobra nos cubre mientras los balidos en una casa aledaA�a pintan una escena que bien pudo haber retratado el Allan Poe mA?s macabro.

-A?QuiA�n es el amigo?

-Son fuerzas que no podemos controlar, que piden que se les venere. Unos dicen que es el diablo, otros dicen que es una fuerza sobrenatural.

De la nada un grupo de nubes se arrejuntan como tomA?ndose de las manos. La precipitaciA?n arrecia. De los virulentos golpes del astro rey nada queda.

-A?QuA� es lo que le piden?

- A?Que deje trabajar! A?Que ya no lo derrumbe!

Es sorprendente la manera en la cual se han sincronizado el ritmo del relato y el de la lluvia. Las notas se humedecen, la tinta se corre. Nos cubrimos con tapices de oscuro plA?stico. RA?pidamente estos se ven sobrepasados. La rojiza carpa de una tienda de abarrotes al costado del Instituto Superior de Especialidades PedagA?gicas sirve como resguardo.

-El amigo no nos quiere dejar llegar. El amigo nos estA? enviando esto.

Han transcurrido mA?s de 20 minutos. Las metralletas celestiales han cesado el fusilamiento. Es hora de partir. Guadalupe vuelve a su mA�stica conferencia sobre el ritual:

- Es cierto porque lo hemos vivido. Es un ser que no lo vemos. SA� hace caso a las plegarias. En dA�cadas no se habA�a llevado ofrenda al resumidero.

De entre el agua se alcanzan a distinguir algunas figuras. Un gigante de hierro y uno de carne. Ganado en descomposiciA?n, patrimonio hundido. Sobre una casa divisamos a un trA�o de perros con comportamiento agresivo, nos preguntamos cuA?ndo fue la A?ltima vez que se alimentaron.

Cable

***

El cielo, aunque gris, luce impoluto. Como si ya se estuviese negociando la tregua. A la cueva de AmatitlA?n arriba un grupo de alrededor de 20 integrantes. Mujeres, en su mayorA�a. El contingente lleva por el frente un cristo ataviado en una tA?nica pA?rpura. Con flores de cempasA?chil abarcando de una mano a la otra, rodeA?ndole el cogote.

Las demA?s rezanderas traen canastos con ofrendas. Pan de dulce, velas y garrafas con varios tipos de mezcal.

Ave MarA�a PurA�sima,

sin pecado concebida.

Las tixtlecas colocan el artA�fice religioso en una bifurcaciA?n de la caverna donde se cree que Vicente Guerrero almacenaba tesoros confiscados al ejA�rcito realista. DespuA�s de este gesto, la ritualista lA�der sirve algo de mezcal claro en un envase y lo arroja al chicloso suelo haciendo la seA�al de la cruz.

Se prende el incienso y las oraciones. Ahora ponen platos con comida a sus pies. Los hombres asistentes ayudan prendiendo cigarros, que serA?n colocados a la derecha del mezcal.

A?PerdA?n! A?Oh, dios mA�o!,

A?perdA?n e indulgencia!,

A?perdA?n y clemencia!,

A?perdA?n y piedad!

El altar improvisado ya luce 12 copas, representadas por vasitos de plA?stico con mezcal, y 12 cigarros. Hay incongruencia en las versiones. Algunos le atribuyen el significado al nA?mero de meses que conforman el aA�o, mientras otros mA?s, aseguran, se trata de la cantidad de apA?stoles de JesA?s. TambiA�n hay cuatro velas larguA�simas.

La A?nica certeza es la devociA?n. No hay sonrisas ni bromas. Todos atienden al rito. Los rostros de las tixtlecas, ricos en diversidad como una paleta de acuarelas. Las hay jA?venes, morenas, avejentadas, arrugadas, convencidas; desgastadas y asustadas. Toman en sus manos el destino de la comunidad. Llevan los pantalones muy bien puestos.

Perdona a tu pueblo,

A?perdA?nalo, seA�or!

A�La cueva tiene un resquicio por donde entra una luz de cristal que casi toca al cristo. Entre la dedicaciA?n y los distractores, ahora seA�ala a nuevos actores, quienes se han sumado a la peticiA?n en calidad de creyentes y no de autoridades.

Gustavo Alcaraz, presidente municipal de Tixtla, asA� como representantes de su equipo de trabajo, han asistido a la cita. A?QuA� tan necesitada estA? esta gente que incluso el representante del poder en su comunidad ha acudido a implorar ayuda a una deidad?

La comitiva hace la entrega de cuatro ramos de flores rojas. Las encargadas pregonar El Santo Rosario las ubican a los costados de la cruz. Alcaraz se cruza de brazos, tiene la cabeza gacha. No intercambia miradas ni comentarios. Aguanta en la misma posiciA?n hasta que el tiempo de orar desfallece.

Para concluir, las rezanderas sirven mezcal en vasos del tamaA�o de un dedal. Instan a tomA?rselo de un trago. Sirven otro mA?s, pero en esta ocasiA?n solicitan lanzarlo al aire. Con furia si se puede. SA� puedo.

***

La lideresa del ritual niega lo ocurrido:

-Le pedimos a dios, no al amigoa��

- Pero, A?le ofrendan a dios alcohol y cigarro?

-Bueno, estea�� las oraciones son para dios.

-A?Y lo demA?s?

- Se podrA�a decir que es para distraer al diablo. Que deje a dios hacer su trabajo.

La ofrenda estA? hecha, lo demA?s serA? cuestiA?n de esperar. Salimos de la cueva. AhA� ya nos esperan algunos habitantes del municipio afectado. Nos ofrecen tamales de frijol y pollo con mole verde. El ambiente ha cambiado. Los rostros que se mostraban achicharrados y compungidos ahora degustan el trabajo de toda la maA�ana.

De los virulentos golpes de la lluvia nada queda. El amarillo se comiA? al gris.

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