El ácido corrosivo de la democracia.

democracia

Por Saúl Lopez de la Torre

Aquel era un grupo forjado por la circunstancias. Se decían amigos, aunque sus ideas y sus sentimientos eran disímiles. No los unía la comunión de las almas sino la voluntad febril de treparse a la cumbre del poder, por encima de cualquier obstáculo. Desde muy jóvenes habían soñado ser presidentes municipales, diputados, senadores, gobernadores. Oriundos de la misma patria chica, sus madres los habían parido en rústicos camastros, a cientos de kilómetros de distancia. El origen común era el territorio estatal, la pobreza y el aislamiento de los poblados en que discurrieron los años silvestres de su niñez y su adolescencia. Y un abuelo, una madre o un maestro que los indujo a la fascinación de la lectura: a todos ellos les atraían los libros como un imán al hierro. Se habían convencido de que la prosperidad de los pueblos sólo sucedería a partir de la escuela. Derrotarían la pobreza extrema con las armas del conocimiento. La precondición para lograrlo era el triunfo del “proyecto”, eufemismo con el que los cuatro integrantes del grupo de amigos se referían a su ambiciosísimo objetivo estratégico: ganar la gubernatura del estado y entronizarse en ella durante veinticuatro años. El primero en llegar a la cumbre, al concluir su mandato, iniciaría un proceso de sucesión sexenal entre ellos pasándole la estafeta al más aventajado del equipo. Tendrían que conquistar pronto el poder estatal, cuidar la salud del cuerpo y el equilibrio emocional para garantizar la ejecución del “pacto de sangre”. Calcularon que el último en arribar a la meta no debería tener más de sesenta y cinco años. A ello se comprometieron cuando cursaban las materias de la secundaria, en un internado para hijos de campesinos pobres. Y a no divulgar ni una frase de su pacto, apegados rigurosamente al significado de la palabra secreto. Lo que menos querían era exponerse a que los tildaran de locos o a los ataques tempraneros de los adversarios que se les atravesarían en el tortuoso camino que tendrían que recorrer. Así, sin que nunca se traslucieran sus sueños de grandeza, actuaron siempre en equipo: en los círculos de estudio, en los concursos de oratoria, en las asambleas estudiantiles, en el deporte, en las ansias de apaciguar la comezón genital y en la búsqueda de la compañera idónea (la primera dama de sus fantasías) para el complejo accionar del quehacer político y la formación de una familia carismática cuya conducta fuese consistente con “el proyecto”.

Transcurrieron veintitantos años. Y de pronto, trepado en la marejada de una sorpresiva rebelión indígena, quien había sido el menos exitoso del cuarteto saltó desde un modesto despacho de abogados a una senaduría, ubicándose en la más cómoda antesala de la gubernatura. La obtuvo en las urnas cinco años después derrotando al partido oficial con una ventaja indisputable, a la vez que los otros tres conseguían mullidas curules en el Congreso de la Unión. La primera etapa del “proyecto” era ya una realidad concreta. Gracias a los sobresaltos de la democracia (gracias al hábil manejo mediático de sus líderes, la rebelión indígena ganó la simpatía abrumadora de la sociedad civil internacional y la guerra), ahora podía palparse con las yemas de los dedos el devenir promisorio del pacto de sangre ultra secreto de los cuatro jovencitos soñadores y ambiciosos. Pero la mente del primero en llegar a la meta se transformó en el ejercicio del poder. Por las buenas o por las malas (siguiendo al pie de la letra los preceptos autoritarios de la política de la zanahoria y el garrote), sometió a todas las voces discordantes, a los partidos políticos y a las instituciones electorales, asumiéndose como un guerrero imbatible que libraba victorioso todas las batallas. Torció a diestra y siniestra la pobre voluntad del electorado imponiendo a sus incondicionales como candidatos ganadores, sin que le importaran en lo más mínimo los colores partidistas. Rompió el pacto secreto de su tierna juventud sin decir una palabra. Llegada la hora de pasar la estafeta del poder, estaba presto para imponer como sucesor al más dócil y zalamero de su séquito. Dejaría en su lugar a un testaferro vulnerable, lleno de vicios y adicto a los videojuegos, para seguir gobernando tras bambalinas el triste destino de la chusma. Y lo consiguió, pero no con los resultados que él vislumbraba.

El día de las elecciones las colas de los votantes eran interminables. La pelea en las urnas fue rudísima. El “guerrero” se regodeaba. El aparato policíaco a su servicio encarceló a los operadores electorales del candidato opositor. Dueño omnipotente de vidas y milagros, no escatimó ningún medio material, ni la presión de la amenaza, ni la seducción de la promesa. Pero la victoria de su candidato fue pírrica, salpicada de un fétido sabor a fraude y despojo.

En los primeros meses del nuevo gobierno, el testaferro zalamero se tornó dictador: soñaba ser presidente de la República y veía un horizonte plagado de enemigos cuya fama pública era menester destruir con todos los medios a su alcance…

El guerrero, abatido en el rincón oscuro de su celda, dijo: “el ácido corrosivo de la democracia es el encumbramiento meteórico de los traidores ineptos”.

saul-1950@hotmail.com

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