Doña Esther

Esther

Por Saúl López de la Torre

Tuvo doce hijos, pero nunca pudo ver juntos a más de diez: el primogénito murió ahogado antes de cumplir cuatro años en un canal del sistema de riego alimentado por el río Suchiate. Once meses antes de este desgraciado evento había nacido su segundo hijo y dos años después pariría al tercero. Del cuarto parto nació su primera descendiente mujer, una niña de grandes ojos negros y pestañas arqueadas, cuya vida fue más efímera que la de su hermano mayor: cuando apenas había cumplido dos años, la mató una infección intestinal atacada con tecitos, atoles y rezos.

A partir de aquí, cada dos o tres años agregaría un crío a su progenie hasta que completó la docena (cinco mujeres y siete hombres), con el conocido saldo de dos muertos. Fue madre por primera vez en plena adolescencia; y la última, entrando a la madurez, pocos meses antes de tener a su primer nieto.

Vivió cerca de ocho décadas y conoció a un solo hombre en la intimidad de la cama, con quien escapó de la férrea autoridad de sus padres, a los quince años, montada en las ancas de un potro cuya piel retinta se confundía con la oscuridad de la noche. Un par de semanas después de consumado el carnal ayuntamiento de los cuerpos, los padres de doña Esther consintieron en que se llevara a cabo la formalidad del matrimonio (“robarse a la novia”, para luego pedir perdón a sus padres y proceder a casarse, era una costumbre arraigadísima en el pueblo. Así se imponía, rápidamente, la fuerza de la pasión amorosa a la sensatez paternal y a los prejuicios sociales). La boda fue muy concurrida durante los cuatro días de su duración, como si todo el pueblo se hubiese sumado a festejar a la hija del presidente municipal y al virtuoso músico empírico que ejecutaba oberturas y arias en la marimba, sin conocer el significado de las partituras. Mucha gente aportó toretes, puercos, guajolotes y gallinas para el agasajo ilimitado de los paladares de la multitud; y marimbas, bandas y trovadores, para que el bullicio de la fiesta retumbara más allá de los linderos del pueblo. En toda la región se interrumpieron los quehaceres de la rutina cotidiana y no cesó ni un segundo el estruendo de los instrumentos musicales, del movimiento acompasado del danzar colectivo y de la inspirada entonación de los boleros románticos, los corridos y las rancheras, hasta que los recién casados, cansadísimos y felices, corrieron a refugiarse en su casita de otates y palmas.

Más de seis décadas dedicó a ser madre y esposa. En ese trayecto tan largo conoció la cárcel preventiva de la Ciudad de México: el temible Palacio Negro de Lecumberri, visitando tres o cuatro días de cada semana de los cuatro años larguísimos en que estuvo preso uno de sus tres hijos que se levantaron en armas contra el gobierno. Al segundo año de haber conocido la cárcel, otro de sus hijos rebeldes cayó herido en un enfrentamiento con el ejército, lo torturaron hasta matarlo en una cárcel clandestina y pasó a engrosar la lista de desaparecidos de la guerra sucia de los años setenta del siglo pasado. Doña Esther se despojó de su triste imagen de madre llena de sufrimientos. Y elevó su grito de protesta en las calles de la gran ciudad, junto a centenas de mujeres que compartían su situación, por ser madres, hermanas, esposas o amantes de millares de jóvenes desaparecidos por haber militado en las organizaciones guerrilleras que buscaban instaurar un régimen socialista en nuestro país. Nunca estuvo tan ocupada en tantas actividades que jamás había imaginado, ni tan atenta a los asuntos de la cosa pública. Partida en tres pedazos, reclamaba en las calles que le devolvieran sano y salvo a su hijo desaparecido, visitaba al hijo preso y atendía la marcha de su casa, aún atestada de hijos. Los meses transcurrían con una lentitud agobiante, el gobierno de Echeverría llegó a su fin, el nuevo presidente, José López Portillo, decretó una amnistía con la idea de borrar los agravios de todos los bandos, tragarse el coraje, guardar las armas y comenzar una etapa de lucha partidista democrática por la conquista del poder.

Aferrada durante largas horas a la puerta de la cárcel, vio que su hijo preso trasponía las rejas y se abalanzaba a triturarla con un abrazo fortísimo. Esa noche cenaron tamales chiapanecos, con todos los ingredientes de la receta original, y horchata de coco endulzada con panela. Al amanecer del día siguiente, le prendió veladoras al hijo desaparecido y suspendió sus reclamos callejeros. Año y medio después murió su tercer hijo rebelde, a consecuencia de las secuelas que le dejaron las heridas en combate.

Fue hasta el último tercio de su vida cuando conoció el sosiego. Entonces aprendió los pasos de la danza folklórica, retomó sus estudios de primaria, convivió con gente alegre y se quedó dormida, dulcemente dormida, después de bañarse con agua tibia para descansar plácidamente de un día de mucho trajín. ¿Qué sentido tenía vivir sin grandes cosas por hacer?

Sus cenizas reposan adheridas a los huesos polvorientos de la calavera de su marido. Ayer, cuando la cara redonda del sol se asomó tras las montañas, sus hijos y sus nietos adornaban su tumba.

 saul-1950@hotmail.com

 

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