¿De qué nos quejamos?

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Por Sarah Rebolledo

Este artículo está dedicado a la memoria, el recuerdo y lo que una gran persona y un gran amigo dejó en mi vida. Gracias Alejandro Reyes por haber formado parte de mi vida y por enseñarme lo grandioso que es valorar, discutir, no estar de acuerdo, estar de acuerdo, pensar y reflexionar. Las ironías de la vida radican en que por fin conocí al autor intelectual de los “frezapatistas”, y según tú, seguiré siendo, y ahora con mayor orgullo, una frezapatista. Te deseo un buen camino.

¿En algún momento de su vida se han puesto a pensar que a lo mejor, exageramos demasiado las cosas? ¿Han notado que a veces nos pasamos de dramáticos? Y dentro de este gran drama que nos encanta protagonizar, me parece que más del 80% de la veces estamos siendo poco realistas y hasta cierto punto, bastante excedidos.

Pero, ¿por qué nos quejamos? ¿En qué situación o lío estamos metidos que no podemos ver más allá que de la congruencia pura para salir de la misma?

Nos quejamos, por ejemplo, de los maestros cuando sabemos perfectamente que la mayoría de los que están leyendo esto tienen acceso a una computadora con internet y que pertenecen a una clase social, si no ciertamente privilegiada, con grandes ventajas y que podrán pagar la educación de sus hijos en escuelas particulares o privadas como sus padres les pagaron a ustedes la escuela, y entonces no tendrán que padecer a los “latosos” maestros que no hacen más que estorbarles en su preciosa ciudad, que junto con la temporada de lluvias, deriva en un total y verdadero caos. Porque si por algún factor o elemento divino ustedes no cuadran en el perfil que acabo de describir, y están leyendo esto es gracias a un maestro. Sí, un maestro que se está manifestando en contra de una reforma educativa que probablemente no beneficie a todos, y que por dicha manifestación, está afectando a millones de niños de escasísimos recursos que no tienen acceso a internet y que jamás podrán leer esto, porque, o desafortunadamente no sabrán leer, o porque jamás será de su interés leer a una “petite burgouise” (pequeña burgués como yo)porque ésta jamás pasó por lo que él o ella pasaron, porque jamás tuve que sacrificar un día de estudio por un día de trabajo en el campo junto a mis padres para tener un poco más de productividad y ganancias(inclusive alimento),y porque no tendrá los recursos para llegar a estos medios. Y es en este preciso momento que me pregunto: ¿entonces porque y de qué tú, o yo nos estamos quejando?

Por otro lado, no tengo absolutamente nada en contra de mi situación socioeconómica, y al contrario, la disfruto y estoy consciente de ella. Y el estar consiente implica caer en cuenta de muchas cosas, como que la clase media siempre mantendrá a la economía de cualquier país viva, pues somos los mejores consumidores y gastadores que un sistema capitalista pueda imaginar; así como también sé perfectamente que tenemos acceso casi de manera libre a la educación y al conocimiento, y depende de nosotros encaminarlo a un lado positivo, pues les recuerdo que la conciencia social, junto con al acceso adecuado a la educación crítica con cuestionamiento y racionamiento, formaron a los líderes de la mayor parte de las revoluciones, que fueron capaces de analizar su situación y la de la gente que no era “tan afortunada” como ellos e integraron una alianza para lograr una mayor equidad e igualdad para todos, pues no debería haber distinción de ningún tipo en contra de cualquier individuo: no debería existir el típico caso de unos más y los otros menos.

No queridos lectores, no me estoy pasando de “rojilla”, resentida, ni tampoco estoy en contra de los “cerdos capitalistas” ni de los burgueses; simplemente trato de entender la sociedad en la que vivo, y busco ser un agente propositivo y de cambio para mi sociedad. Con esto, busco sacarle provecho y una ventaja a la posición en la que estoy y pretendo hacer, hasta donde pueda, la diferencia. Busco poner mis granitos de arena porque, últimamente, necesitamos poner mínimo cinco. Aspiro a hacer algo que beneficie a más gente que al individuo, pero estoy consciente también, que el individuo es quien puede mover a la gente.

Sea el motivo que sea, lo único que pido es que pongamos la congruencia antes de las quejas, porque no hay nada tan determinante en nuestras vidas que amerite una queja más que morir, o padecer una enfermedad terminal y que te ha ido matando lentamente. Y de nuevo, si éste fuera el caso, entonces no estarías leyendo esto.

No decidí escribir con resentimiento, melancolía o con ganas de alejarlos queridos lectores, sino con el propósito de invitar a una reflexión por que, sin duda, a veces somos un poco más melodramáticos de lo que en realidad padecemos. Sólo pienso que si nos vamos a quejar por algo, que sea algo que valga la pena y que vaya más allá de nosotros. Que nuestra queja sea algo más que un berrinche porque no nos compraron el nuevo Iphone, nos dejaron plantados, no pudiste comprar el auto último modelo, etc.

Demasiados sentimientos y pensamientos encontrados han hablado por sí en la columna de hoy. Palabras que espero inviten a la reflexión y a ver más allá de lo que nos acongoja en el momento. Los invito a reflexionar qué es lo que realmente nos molesta de situaciones como la de los maestros invadiendo el centro; la reforma educativa; la dichosa privatización de PEMEX; las dolorosas derrotas de nuestra adorada selección; el uso y abuso de los spots publicitarios en canales nacionales; la distribución y manipulación de Televisa y T.V. Azteca; los impuestos que planean añadirle a la clase media media y media alta, a los cuáles los dos sexenios pasados nos tenía tan cómodamente acostumbrados a no pagar, como un IVA extra en los conciertos tanto para los músicos que vengan, como para nosotros, la audiencia; a los refrescos; a las colegiaturas (lo siento por los que van en una Universidad privada y no han acabado); a la comida de nuestras mascotas; y quizá, si tenemos suficiente suerte, nos empiecen a cobrar, como en tiempos de Don Porfirio, impuestos por las puertas y las ventanas. Lo que pretendo mediante una conciencia y reflexión colectiva es aprender a valorar lo que tenemos y por supuesto quejarnos de lo que no nos parezca justo y que sea demasiado abuso. Quejarnos para no dejarnos, pero quejarnos mientras estamos y nunca quejarnos porque estamos vivos.

No todo es enojo y lo que ahora propongo es ver el lado positivo de las cosas, el “silver lining” como se dice en inglés. Pienso que la diferencia la hace uno al tener la habilidad de ver un rayo de luz y color dentro de la presente oscuridad y penumbra. Cuando uno es capaz de ver el lado positivo, según pienso, está pensando “outside the box”, pues es capaz de transformar un pesar en una dicha. Y para hacer esto, se requiere de mucha valentía y madurez. Y no me refiero a que estemos todo el tiempo drogados o extasiados en endorfinas y demás hormonas que nos hagan ser felices como princesas de Disney después de la tormenta, si no que me refiero a que si tenemos algo tan preciado como la oportunidad de estar vivos, de estar “chavos”, de estar radiantes y en nuestro punto perfecto de cocción, hagamos algo que vaya más allá de quejarnos de cosas imperceptibles para disfrutar la vida. Nunca sabemos cuándo se va a acabar, así que mejor a disfrutar con conciencia, moderación, madurez y una gran sonrisa en la cara. Tampoco hay que pasarse de listos y de inmaduros y de que todo nos “valga madres” y hacer cualquier cosa, porque entonces ya no estaríamos en el punto de cocción exacto, y nos faltaría un ratito dentro del horno. Lo que yo propongo es que hagamos uso de estar vivos y lo encaminemos hacia ayudar al prójimo y en hacer la diferencia empezando desde los que conocemos, hasta no permitir abusos de nadie (ni del gobierno) ni de ningún tipo. Yo no digo que en los 6 punto y algo de billones de habitantes en el mundo, pero sí digo que de uno a la vez. Empecemos por ser la diferencia con nuestra familias, nuestros amigos y conocidos; empecemos con nuestra micro sociedad a ser congruentes y a querer que todos evolucionemos parejo como sociedad y no sólo uno mismo como individuo. Por su puesto, estarán pensando, ¿pero qué hay de mí? Y eso mis amigos, sólo puede ser resuelto por ustedes mismos. Y antes de que empecemos nuestra pequeña gran revolución por un cambio, tenemos que establecer y pactar un cambio con y en nosotros mismos.

De hecho, para poder empezar nuestra revolución, tenemos que empezar con nosotros mismos. Si queremos salvar nuestra sociedad, empecemos por salvarnos a nosotros mismos; y no porque lo necesitemos o estemos en la perdición pura (bueno, espero que no sea el caso muchachos y muchachas), pero la analogía es simple: cuando estamos en un vuelo dentro de un avión, lo primero que nos explican las y los azafat@s es que en caso de emergencia, lo primero que debes hacer es ponerte la máscara de oxígeno a ti mismo, para que así, luego puedas ponérsela a los demás.

Lo único que quiero decir y a lo que quiero llegar con la columna de hoy es, ¿de qué nos quejamos si estamos vivos? Nos quejamos, quizá porque no entendemos y mucho menos valoramos lo que esto significa. Debemos, ahora, luchar porque estamos vivos y porque podemos hacerlo, porque está en nuestra voluntad, madurez y buen juicio hacerlo mientras batallamos porque estamos vivos, hagámoslo por un propósito y con una sonrisa en la cara, porque no sólo nos beneficiamos a nosotros, sino, y téngalo por seguro, a alguien más.

Nos leemos pronto y a darle con todo (y no quiero sonar a la trillada campaña que ya nos tiene hasta la mother a todos, pero…) ¡[Entonces] Sí se puede!

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