De conciertos, Zombies y otras adicciones.

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Por Sarah Rebolledo

Como ya lo habA�a comentado en alguna columna anterior, la mA?sica, ademA?s y junto con la literatura y la pintura, es una de mis artes predilectas. El amor y la atracciA?n que siento hacia A�sta es extraordinaria y me produce sentimientos aA?n mA?s hermosos de lo que ella misma es per se. No quiero sonar como Andrea Bocelli enA�Vivo por ella, pero la realidad es que nunca he conocido a una sola persona a quien la mA?sica, deA�cualquierA�tipo le parezcaA�desagradable (excepto el reggeaton, pero esas ya son ligas mayores y pues ni modo, en gustos se rompen gA�neros, A?y vaya que A�se gA�nero estA? mA?s que roto!). A�Hasta me resulta improbable e imposible que exista algA?n ser humano que no encuentre la magia que la mA?sica evoca en nuestras pasiones. Sea cual sea el gusto de cada quien, A�sta siempre sirve como el complemento perfecto que asiste cada momento y situaciA?n de nuestras vidas. Ya sea que resulte como inspiraciA?n para crear vida, generar arte, relajarnos de un laaaargooo dA�a o simplemente para acompaA�arnos y recordarnos que no estamos solos, me parece que los seres humanos nos hemos acostumbrado, de manera habitual y cotidiana, a convertirla en parte de nuestra vida. Y suena lA?gico, si no los famosos Walkmen o los Ipods no existirA�an y no se seguirA�an reinventando, innovando y vendiendo.

La mA?sica nos hace sentir acompaA�ados por mA?s solos que parezcamos estar o nos sintamos. Hasta en los momentos de reflexiA?n interna, uno siempre acompaA�a su vida con el soundtrack perfecto que sea ad-hoc en ese preciso momento; es asA� que, conforme crecemos vamos recolectando canciones que nos evocan recuerdos o sonrisas, buenos y malos momentos, instantes vividos, disfrutados y sufridos en la vida, y poco a poco, sin darnos cuenta y de la nada, todos tenemos armada nuestra pequeA�a gran banda sonora que nos ha acompaA�ado a lo largo de nuestro camino, que nos conmemora seres queridos que siguen en el mismo, o que por alguna razA?n se fueron y el recuerdo de ambos serA? revivido por A�sta o aquA�lla canciA?n que disfrutamos juntos.

AsA� es como funciona: como parte vital de nuestro ciclo de vida (A?valga la redundancia!). Y si me preguntan, uno de los deleites mA?s grandes que tengo y para lo que trabajo, ahorro y en lo que gasto mi dinero, es para tener la oportunidad de ver a mis grupos y bandas favoritas en vivo. De hecho es una de mis adicciones mA?s grandes (no se emocionen, la otra es viajar). Tan sA?lo con recordar lo que cada concierto que he vivido significa para mA�, la piel se me pone chinita, ya que gracias a la memoria musical podemos ubicar recuerdos que a lo mejor dA?bamos por perdidos. Es tan interesante como las madalenas de Proust en su novela, En busca del tiempo perdido. Es precisamente que en este fragmento cuando el narrador describe que al estar comiendo la madalena en un cafA� de ParA�s, el hecho de mojarla en el tA� y degustarla le hace recordar su infancia, y que posteriormente este hecho se asocia con las memorias involuntarias que este evento le evoca. De la misma manera, la memoria musical nos hace recordar el momento en que el ex o la ex nos dedicA?, por citar un ejemplo, esa canciA?n romA?ntica en frente de toda la fiesta y nuestra reacciA?n fue sonreA�r o llorar de tristeza o alegrA�a. Y ahora, en la parranda del viernes, alguien decidiA? ponerla en la playlist y de inmediato nuestra memoria auditiva involuntariamente juega con nuestro interior y nos hace recordar que nos la dedicaron a las 12 de la noche en la fiesta de Fulanita PA�rez y que A�se momento trae consigo tragos amargos, agridulces o hasta tan suaves y dulces como la madalena de Proust.

Y hablando de recuerdos, memorias y efectos que la musicalidad evoca en nuestras mentes, me parece mA?s que apropiado tratar de meter a la fuerza el siguiente tema que por cierto estA? mA?s bien anunciado desde el tA�tulo y que ademA?s, nos llevarA? al siguiente tema anunciado tambiA�n en el tA�tulo (sigan leyendo para que pronto sepan). Si de buenos recuerdos se trata, permA�tanme hacerles una especie de pequeA�o cronograma (sin fechas) de uno de mis pasatiempos favoritos y que se ha convertido en una adicciA?n muy grande para la cual trabajo: la magia y experiencia de ir a los conciertos de mis bandas favoritas (que es precisamente la manera en que empecA� el pA?rrafo anterior y que concluyA? en Proust y sus madalenas). Todo comenzA? por ahA� de los dos miles, creo, cuando al primer concierto que fui fue el de Savage Garden en el antiguo Reino Aventura, ahora Six Flags. DespuA�s de eso, mi cuerpo y alma pasaron por muchos conciertos muy gratos como The Cranberries como regalo de 15 primaveras, PatA� de FuA?, Los mA?sicos de JosA�, Molotov, algunos de mA?sica clA?sica en el CNA y en la sala NezahualcA?yotl y la Ollin Yoliztli, sin olvidar las memorables tocadas de mis amigos para luego pasar por los conciertos de Jazz en CoyoacA?n y regresar a lugares como el Palacio de los Deportes y el AutA?dromo hermanos RodrA�guez para ver a los Strokes, a los Killers, Metallica, Kings of Leon hasta conocer el ambiente de un Vive Latino, los primeros Motorocker y el hecho de comprar boletos para U2 porque sA?lo me interesaba ver a Snow Patrol, siendo los Corona Capital los mA?s recientes a los que he asistido desde su existencia en el 2010 hasta el de octubre del aA�o pasado. Y asA� seguirA? siendo mientras tenga trabajo, juventud, energA�a, dinero y sigan trayendo a mA?sicos de mi preferencia. Justo esto es una de mis pasiones mA?s grandes, y me alegra haberles compartido un poco acerca de mis gustos musicales, pero lo que realmente me hizo decidir escribir esta columna fue la siguiente reflexiA?n que naciA? a partir del A?ltimo concierto al que fui, que por cierto estuvo tan lleno como San HipA?lito cada 28 de octubre. Es entonces que a continuaciA?n indagarA� un poco mA?s en la disertaciA?n de los conciertos, los zombies y otras adicciones.

La reciente participaciA?n que tuve en el conjunto de conciertos masivos conocido como Corona Capital, fue el detonante perfecto que me llevA? a la siguiente reflexiA?n de corte apocalA�ptico. Los conciertos seguA�an su curso natural de empezar puntualmente o estar retrasados al tiempo en que cada uno de los asistentes se relacionaba con su grupo de acompaA�antes o hacA�a nuevos vA�nculos. Fue entonces que, mientras me dejaba llevar por la multitud y por el optimismo, las pasiones desbordadas y la vehemencia del momento, me puse tambiA�n a observar al pA?blico del evento, y esto, por ende, me regresA? al pA?blico de todos los conciertos a los que he ido. Lo primero que pasA? por mi mente fue: a�?A?Oh por Dios! Si en estos momentos se desatarA? una epidemia zombie, no habrA�a ni paa�� donde hacerse. A?EstarA�amos completamente jodidos! MA?s si son como los zombies de World War Z (Guerra mundial Z). En doce Mississippis estarA�amos perdidos. La poblaciA?n del DF se muere. A?Ya valimos!a�? Ya sA�, probablemente estarA?n pensando: a�?A?Neta? A?QuA� dramA?tica eres Sarah!a�? SA�, la verdad un poquito, pero no se preocupen, es la magia de ser escritora. En fin, no sA?lo pensaba en eso. MA?s bien esto me llevA? a pensar que no necesitamos ningA?n contagio de tipo catastrA?fico para parecer zombies. Lo digo porque al contemplar a la concurrencia me percatA� que, de manera automA?tica, en cuanto escuchamos la canciA?n que morA�amos por oA�r en vivo nos convertimos ipso facto en seres completamente emocionales. Dejamos a un lado la parte racional y enfocamos todo nuestro ser y toda nuestra energA�a en dejarnos llevar por la pasiA?n y el sentimiento. Y justo de eso se trata: de encontrar una manera para dejar salir lo que reprimimos dA�a a dA�a y volvernos mA?s humanos en el sentido en que estamos en contacto directo con lo que nos conecta al alma. Nos volvemos zombies porque nos olvidamos de actuar de acuerdo a la razA?n y actuamos segA?n la pasiA?n. Nos dejamos llevar por la emociA?n y el sentimiento antes que la razA?n. Dejamos de ser intelectuales para convertirnos en sentimentales, guiados por la mA?sica, que se vuelve nuestro virus a�?Ta�? y nos transforma en seres que no cuestionan lo que escuchan, sino que lo sienten, lo viven y lo disfrutan.

Nos volvemos hasta cierto y gran punto manipulables y me parece que lo hacemos de manera parcialmente consciente porque ya sabemos a lo que vamos y por eso vamos. En mi opiniA?n, esto no estA? mal. Es para muchos una parte que estaba en el fondo de su ser y es mediante esto que sacamos todo lo que nos agobia cotidianamente. Es un medio de catarsis (sA�, como mi columna) que no todos tienen la capacidad de sacar y si esta es la manera para lograrlo, pues quA� mejor. Quiero pensar que asA� habrA? menos gente frustrada en el mundo y por lo tanto, menos asesinos.

Salimos de nuestro sA� para entrar a un nuevo sA�, uno que se da la oportunidad de vivenciar el momento, de convivir con otros, de satisfacer el alma. Nos domina la parte espiritual y por eso nos convertimos en zombies hambrientos por el optimismo y el A�mpetu que estar en el momento nos produce y es por lo mismo que la mA?sica se vuelve el virus que nos transforma en muertos vivientes, pues A�sta es la que nos revive de un estado actual en donde nos cerramos, por miedo o cualquier otro motivo, a sentir y a vivir. Entonces creo que desde cierta perspectiva, nos transforma en o saca a los zombies que habitan el ama. Es la mejor versiA?n que podrA�a existir de un muerto viviente, pues es de cierta manera pasivo que se convierte en espiritualmente activo y que su funciA?n natural no es la de alimentarse del cerebro de alguien mA?s, sino mA?s bien la de alimentar y enriquecer al alma a travA�s de los estA�mulos que recibe. Es menos sanguinario y apocalA�ptico, y no tenemos que sufrir ni luchar tanto por nuestra sobrevivencia.

Si analizamos que entonces para muchos ir a conciertos se vuelve una adicciA?n (mA?s allA? de las sustancias legales e ilegales que algunos consuman como a�?medioa�? para llegar a un fin) por el simple hecho que pueden sacar al zombie que llevan dentro, entonces asistir a conciertos se convierte en un acto de presencia social que es disfrutado por mA?s de uno y que en conjunto se vuelve la manera mA?s eficiente de recordarnos que estamos vivos; entonces dejamos de ser zombies espirituales para convertirnos en seres humanos que tienen alma, sentimientos y que son capaces de disfrutarlos y vivirlos.

Es un hecho que por un lado, la rutina, de cierta manera, nos hace estar muertos pues todo se vuelve un hA?bito que se pierde en lo cotidiano y lo absurdo que envuelve el vicio de lo que estamos acostumbrados a hacer siempre. Por eso cuando se vive en la rutina, de las mejores cosas que le pueden pasar a uno son los extraA�amientos pues A�stos son los que rompen las cadenas de lo mismo y nos recuerdan que hay mA?s en esta vida. Y si lo vemos por el otro lado, la mA?sica aviva esa chispa que parece que se va a extinguir y que produce reacciones quA�micas en nuestros cerebros y cuerpos que nos recuerdan lo que es estar vivos. Y si se tiene esto con tan sA?lo escucharla, imagA�nense cA?mo es el resultado cuando uno tiene un encuentro directo con la combustiA?n que detona la llama, como cuando se vive la experiencia de estar presente en un concierto. Entonces, ir a un concierto no es la peor adicciA?n del mundo, asA� como tampoco lo es dejarse llevar por la euforia del momento y convertirse en un zombie pasivo y manipulable. De hecho, creo que eso estA? muy padre y no todos se atreven a probarlo por miedo a que les guste y despuA�s se vuelva su prA?xima adicciA?n.

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