Cuando lo vi ensangrentado supe que estaba en problemas.

Mente voraz 

Por Hugo Maguey

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Cuando lo vi ensangrentado supe que estaba en problemas.

 

“Soy un troglodita”, pensé. Lo más difícil no fue imaginar las consecuencias legales, ni las económicas, sino soportar la cruda moral instantánea.

¿Cómo es posible que le haya pegado a otro ser humano? En 38 años no había tenido una pelea de la nada. Nunca había hecho algo así en la calle, a lo más que había llegado era a la clásica mentada de madre o enseñarles el dedo medio y decirles pestes mientras me alejaba.

Pero ¿Qué chingados pasó? ¿Por qué se me salió el demonio, o por qué se me metió el demonio?

No sé. El chiste es que este conductor se me cerró cuando yo iba en el carril de las bicicletas justo frente a Reforma 222. Aunque siempre les digo groserías, que la verdad digo muchas, esta vez sólo le grité “¡Hey, cuidado!”.

Esquivé el auto y justo iba rebasándolo cuando alcancé a escuchar que gritó “¡Cuidado tú, pendejo!”

Mal hecho. Detuve la ecobici y regresé preguntándole como borracho de cantina “¿A quién le dijiste pendejo?”

Lo vi bajar del auto y pensé rápido en mis opciones. Como estaba grandote, la opción A era subirme a la bici en friega y aprovechar que a mí, enojado y en bici, nadie me alcanza. La B era reclamarle civilizadamente y esperar que él también civilizadamente me dijera que sí, que había invadido el carril y que lo sentía mucho, me diera un abrazo y todo en santa paz. Seeeee. La C era decirle un par de groserías, hacerme el macho y llegarle como un hombre magnánimo que acaba de perdonarle la vida a un ser que no lo merecía.

Escogí una que no estaba en el repertorio: La peor. Justo lo vi bajándose y me di cuenta que no estaba flaco. Entonces recordé las películas de Steven Seagal y antes que sacara su cuerpezote entero del auto, le cerré la puerta de una patada. Ups. Chet. Ups. Creí que eso lo había hecho enojar más, algo que comprobé al sentir el primer trancazo en el pómulo derecho. Pinche Steven Seagal, no me enseñó bien a bloquear. Como pude, me defendí hasta que llegó un policía a separarnos.

“Nos lo vamos a llevar al MP mi joven… por lesiones” me dijo el poli con cierto tono de satisfacción. “Eso es por querella” le dije con aire de quien sabe de leyes. “Sí mi joven, pero vea cómo lo dejó”.

Cuando lo vi ensangrentado supe que estaba en problemas.

Enseguida resolví el asunto legal después de hablar con mi abogada-hermana. Terminé dándole una lana al chavo, que después de aceptar que también se exaltó, me pidió que le diera nada más para el doctor y los vendoletes.

Ya sin problema legal, tuve que lidiar con el problema moral.

¿Qué le quiero enseñar a mi hijo? Me pinté el cabello de verde para enseñarle a no juzgar a la gente por las apariencias; razoné con él cuando me dijo “llora como niña” y le hice ver que las niñas y los niños lloran igual. Y ahora me había madreado a un ser humano. Y sí, afortunadamente salí rey a comparación del chavo que ahora tiene una alcancía en lugar de ceja, pero lejos de ver si gané o ganó en la pelea, el que salió perdiendo fui yo. Perdí mi capacidad de ser proactivo y no reactivo. Por un momento fui todo menos racional. Me rebajé a un nivel animal que siempre he criticado.

Entonces pensé en aquellas ocasiones en que he reaccionado violentamente y que nunca quiero repetir. Esas ocasiones con gente importante en mi vida, mis hermanos, ella (omito su nombre porque aún tengo amor), y otros que han tenido que aguantar momentos de furia. No quiero nunca reaccionar mal de nuevo.

Si pudiera, arreglaría las cosas con ella y le daría todo de nuevo. Y más, mucho más.¿O qué? ¿Acaso pensé que esta reacción fue de a gratis? No. Eso tiene que ver con el vacío que aún tengo. Con todo lo que me quedé y aún quisiera darle.

Al final, todos en algún momento fallamos. Y yo… Yo soy un troglodita.

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