CorazA?n Sediento

CorazA?n sediento

Por SaA?l LA?pez de la Torre

Los infartos al corazA?n suelen anunciarse con un sudor frA�o que te empapa de las plantas de los pies a la cabeza. Saboteadores del bombeo autA?nomo de la sangre y el oxA�geno se camuflan de desavenencias digestivas para darle tiempo a la taimada muerte de ensamblar su fusil, tumbarse bocabajo y disparar el tiro de gracia de un segundo infarto que te revienta por dentro y te causa una ola de dolor que se expande del pecho a las mandA�bulas como si te arrancaran las muelas de un hachazo o con golpes de martillo y cincel, sin anestesia. Eso cuentan los afortunados, muy pocos, que han sobrevivido a la experiencia.

A�A�A�A� Yo caA� en una emboscada de esas, como caen los atrabancados que andan sueltos por el mundo rascA?ndole la panza al tigre hasta que un cobarde decidido les mete un machetazo por la espalda. El tufo de la muerte rondA? mis madrigueras meses antes del infarto. He aquA� los sA�ntomas: En las parrandas con mis amigos bastaba un puro de San AndrA�s Tuxtla y un par de jaiboles para embriagarme, en vez de un litro de tequila blanco y diez cervezas bien frA�as. Mis fuerzas, otrora imbatibles, comenzaban a declinar a doce horas de arrancar la jornada cotidiana, entre las cinco y seis de la tarde. Un dolor agudo solA�a punzar mi brazo izquierdo, desde el hombro hasta la muA�eca, al filo de la medianoche, tumbado ya en la cama para dormir; y me fallaba el resuello al emprender pequeA�os esfuerzos fA�sicos. Pero no desistA� de trabajar sesenta horas a la semana, ni consultA� al mA�dico, ni faltA� a las sesiones de dominA? de los viernes con mis amigos, de nueve de la noche a dos de la madrugada.

A�A�A�A� Atascado de quehacer improductivo, comiendo sin rigor alguno el buffet para ejecutivos de PEMEX o en restaurantes, flojo de mA?sculos y sedentario, perdA� la costumbre de reA�r a carcajadas y me exasperaba cualquier nimiedad, hasta que una maA�ana tibia de primavera me empapA� de sudor helado cuando me embutA�a en los pantalones para irme a la oficina. No habA�a dormido bien en el correr de la noche, por el desasosiego sofocante que confundA� con fallas de mi barriga al digerir las dos guayabas jugosas de la cena. Mi mujer se alarmA? al tocar el charco frA�o en la almohada. Desayunamos papaya, jugo de naranja y cafA�, por aquello de que se me hubiese derrumbado la glucosa o la presiA?n arterial, y me acompaA�A? a la clA�nica de la Torre de Pemex. a�?Si se trata de algo que se pueda curar con unas pastillas te subes a tu oficina a trabajar y yo me regreso a la casa. Pero si tu padecimiento es grave me quedarA� contigo para acompaA�arte al hospitala�?, dijo.

A�A�A�A� El director de la clA�nica era un hombre maduro de piel sin arrugas, de grueso y tupido pelo negro peinado igual que los retratos de Benito JuA?rez. Me observA? sin pestaA�ear y me turnA? a cardiologA�a, antes de que yo terminara la torpe descripciA?n de mis molestias. En cardiologA�a imperaban el silencio, la penumbra y una mujer solitaria de sonrisa inquisitiva, pelo corto alborotado, ojos vivarachos y gafas redondas. a�?Soy la cardiA?logaa�?, dijo, y se apresurA? a desnudarme el torso para hacerme un electrocardiograma, sin moverme de mi silla de ruedas. ColocA? los electrodos en el contorno de mi corazA?n, dio un vistazo rA?pido al monitor y concluyA?: a�?estA?n obstruidas las coronarias; darA� una orden para que lo trasladen en ambulancia al hospital de Azcapotzalco. Es el que nos queda mA?s cercaa�?.

A�A�A�A� La ambulancia de guardia habA�a ido por las tortas para el personal de la clA�nica. a�?Con la sirena abierta llegan rA?pido y calientitasa�?, dijo la cardiA?loga, enjugA?ndose los labios con la punta de la lengua.

A�A�A�A� Transcurridos unos quince minutos se escuchA? en el patio de maniobras el ulular ensordecedor de la ambulancia, como si en vez de unas bolsas de papel estraza con tortas de chorizo con huevo, milanesa y pierna de cerdo, hubiese traA�do la panza repleta de moribundos. Dos camilleros me treparon a la camilla y al vehA�culo. Mi mujer se sentA? con las rodillas junto a mi cabeza y Eduardo Corona, mi asistente, partiA? en mi automA?vil tras la ambulancia bulliciosa, resguardando mi corbata, mi saco y mi maletA�n con documentos oficiales.

A�A�A�A� En el hospital de Azcapotzalco, al norte de la ciudad de MA�xico, un mA�dico joven con el nombre a�?Dr. Rangela�? bordado en la bolsa llena de bolA�grafos de su bata blanca, y dos enfermeras risueA�as, de manos sedosas y tibias, me hicieron otro electrocardiograma, midieron la presiA?n arterial y la glucosa, conectaron una botella de suero en la mejor vena de mi mano izquierda y me rasuraron los muslos, las ingles, los testA�culos y el pubis, preparA?ndome para el cateterismo y la angioplastA�a que me practicarA�an en el hospital de Picacho, al sur de la ciudad, el A?nico del sistema hospitalario de los petroleros equipado para estas intervenciones quirA?rgicas.

A�A�A�A� -A usted le dio un infarto y le darA? otro, si no lo atendemos rA?pidamente. Es muy importante que se tranquilice. Olvide las broncas de la oficina. Piense en cosas agradables. RelA?jese, dijo Rangel.

A�A�A�A� -A?Un infarto? No lo sentA�.

-Fue cuando sudA? el frA�o sudor de la muerte, acotA? la enfermera mA?s risueA�a.

El trayecto de un hospital a otro no fue tan rA?pido; pasaba ya del mediodA�a y el trA?fico en el perifA�rico hacA�a imposible a los automovilistas abrir deprisa el paso a la ambulancia. En la vena de mi mano izquierda el suero fluA�a con serena cadencia; mi mujer, Rangel y una cardiA?loga con dos gotitas de sudor inconmovibles en la punta respingada de la nariz, me veA�an con el rabillo del ojo. La operaciA?n comenzA? a las dos de la tarde y unos veinte minutos despuA�s recordA� lo que es morir, sin mirar el oscuro cielo plagado de estrellas fugaces de cuando me desmayaba en el a�?pozoa�? de las torturas de la cA?rcel clandestina. El catA�ter embutido en la femoral topA? con un coA?gulo petrificado, inamovible, a mitad del camino entre la ingle y el corazA?n. PercibA�, sin angustiarme, el esfuerzo empecinado de Rangel por vencerlo y las quijadas rA�gidas del equipo de mA�dicos y enfermeras que colaboraban en la operaciA?n. a�?No pasa del siete al ocho. No pasaa�?, mascullA? Rangel.

Vi en la pantalla mis arterias embadurnadas de sarro y grumos de grasa, el curso a recorrer dentro de la tuberA�a maltrecha y el tapA?n oscuro que impedA�a el avance del catA�ter. Pude ver la grA?fica saltarina de mi actividad cardiaca tornarse lA�nea horizontal y sentir que se esfumaban la pesadez en el estA?mago y la fuerza extraA�a que me habA�a oprimido como a un tubo de pasta dental, del pescuezo a las rodillas. Sin oponer resistencia, me dejA� llevar por la dulce sensaciA?n que me arropaba cual brisa comedida de un atardecer en la playa. Era el final: morirA�a sin remedio. En lugar de mi arteria rA�gida, los coA?gulos y los registros de mi corazA?n agonizante, mirA� en las pantallas a mi Raquel eterna, arrullA?ndome como a un bebA� con sus brazos atlA�ticos, y a mis amantes de las A�pocas de estudiante y guerrillero (tres: para esos deleites no tuve franca disposiciA?n ni habilidades). Parloteaban y reA�an.

A�A�A�A� PensA�: mi vida discurriA? codeA?ndose con la muerte y eludiA�ndola. Hombres talentosos y decentes son mis hijos. Y mi mujer, liberada de la pesada cruz que he sido para ella durante tantos aA�os, transitarA? todavA�a un largo trecho, admirada ante los pasajes bien logrados de sus escritores predilectos, riA�ndose de la estupidez de los poderosos, gozando los recuerdos de nuestros ratos sabrosones, sin apremios econA?micos (las viudas de los petroleros heredan sustanciosas pensiones) ni flaquezas en el carA?cter.

A�A�A�A� De alguien considerado sabio oA� decir que nadie muere mientras haya quien recuerde su nombre. Yo dejo buenos amigos; seres de pensamientos elevados con quienes compartA� emociones intensas en las rachas buenas y en las malas de nuestro azaroso andar. AdemA?s de mi familia, ellos me recordarA?n cuantas veces escudriA�en el pasado o atisben los devaneos del futuro. Seguro de que no hay nada despuA�s de la muerte y aliviado de los peligros de la vida, con las palabras interiores golpeA?ndome las paredes del crA?neo, gritA� dentro de mA�: A?Venga ya el punto final de mi pequeA�a historia! Y me preguntA�: A?tendrA? mi negrita el A?nimo de hacerme cenizas y de tirarme puA�o a puA�o bajo el puente viejo de madera del rA�o Suchiate, hincadita en la playa salpicada de brisa y hojarasca donde pesquA� mil ensartas de mojarras y pargos? Me arrullA? mirarla en la sombra de horcones enchapopotados del puente por donde pasaba el tren de MA�xico a Guatemala y la parvada de palomas torcazas que aleteaban rumbo a las ramas de los amates; y me solacA� con la excitante visiA?n de sus muslos de arena mojada y de sus nalgas macizas recargadas en los talones. A?QuA� plA?cida es la sensaciA?n de morir al ritmo declinante de los latidos del corazA?n!

A�A�A�A� Pero el cardiA?logo Rangel y su equipo de mA�dicos y enfermeras de ningA?n modo comulgaban con mi falta de coraje. a�?Ya pasA? al ocho. EstA? en el nueve. Va del nueve al diez. PasA? del diez al once. A?LlegA? al doce!a�?, exclamA? Rangel.

A�A�A�Todos sonreA�an, incluso yo, con los ojos clavados en el tramo doce, el que desemboca en el corazA?n. Rangel continuA? con el catA�ter ensangrentado entre sus dedos magnA�ficos, colocando en el sitio preciso la malla circular de titanio de apenas dos o tres milA�metros de diA?metro (stendt oA� que le llamaban), con un globito de caucho adentro que, al ser expandido a una presiA?n de quince atmA?sferas (la que infla las llantas de los aviones), mantendrA? funcionando la arteria daA�ada, causante del infarto.

A�A�A�A� La angioplastA�a difiere el segundo infarto, permite hurgar el universo del corazA?n y da luces para el diagnA?stico. Ahora se sabA�a a��Rangel mejor que nadie- que mi sistema circulatorio funcionaba como la red hidrA?ulica de una casa antiquA�sima de avaros.

A�A�A�A� -Su familiar estA? en la unidad coronaria, recuperA?ndose de la operaciA?n. TendrA? que cuidarse mucho. MaA�ana podrA?n verlo, dijo Rangel al grupito que habA�an formado en la sala de espera mi mujer, mis hijos y algunos amigos.

A�A�A�A� -Seguro que sale tambiA�n de A�sta. A A�l le asientan bien las operaciones, dijo alguien del grupo.

A�A�A�A� Rangel sonriA? al oA�rlo, ya encaminado hacia el estacionamiento del hospital.

A�A�A�A�A�A�A�A�A�A� A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�****

Si decidA�amos dejar las cosas como estaban, aun mudA?ndonos a una casa en la playa, sujeto a una disciplina radical en la comida, en las rutinas de ejercicio y en un ambiente de puras buenas noticias y risotadas alegres, vivirA� no mA?s de dos aA�os; de otro modo, en algunos meses la terca muerte se saldrA? con la suya. Con cara de jugador de pA?quer y sin rebuscamientos, mientras hurgaba en mis atrofiadas piernas en busca de las mejores venas, eso nos explicA? el doctor Badillo, jefe de cirugA�a cardiaca del hospital, un hombre de cuarenta y tantos aA�os, brioso como caballo de carreras en el arrancadero.

A�A�A�A� ProgramA? para tres semanas despuA�s una cirugA�a al corazA?n, con el tA?rax abierto como aguacate al que le han sustraA�do una rebanada. ColocarA?n cuatro by pases, tres con trozos de vena de mi pierna izquierda, del corazA?n a la aorta, saltando los segmentos daA�ados de las arterias coronarias; el cuarto by pass modificarA? el curso natural de la arteria mamaria interna, para desviarla de las raA�ces de la tetilla izquierda a la cA?scara sedienta del corazA?n. Sin semejantes refuerzos no podrA�a normalizarse el flujo circular de irrigaciA?n y oxigenaciA?n sanguA�nea. PerdA� los escasos A?nimos que me habA�a dejado el infarto, traguA� las lA?grimas que se agolpaban en las cortinas de mis ojos y gritA�: A?Cuatro puentes!

A�A�A�A� Raquel me transfundiA? fuerzas, apretA?ndome las manos. a�?EstA? bien, doctor, el nueve de abril es buena fechaa�?, dije.

A�A�A�A� Solos mi mujer y yo, encerrados en nuestros pensamientos, sin valor para mirarnos a los ojos, dejA� que las palabras empapadas de lA?grimas brotaran con dolor y coraje desde lo mA?s profundo de mi barriga: A?cuA?ndo se acabarA?n los trancazos a mi cuerpo? A?CuA?ntos mA?s podrA� soportar? A?Ya no tengo fuerzas ni temple!

A�A�A�A� Dieciocho aA�os habA�an pasado de cuando me desbarranquA� manejando una camioneta destartalada del gobierno y caA� de espaldas sobre la piedra que me partiA? la columna vertebral, arrancA?ndome jirones de capacidad sensorial y de movimiento. Paralizado de las chiches a los pies (a�?paraplA�jico, no paralA�tico; la diferencia es enorme, ya lo verA?a�?, me habA�a corregido mi enfermera), pero con el poderosA�simo soporte de mi mujer, mis hijos y mis amigos, saquA� de los escombros el coraje de la gente sureA�a de la costa, me lo puse de escudo y de sustento y alcA� la cara con arrestos de vencedor.

A�A�A�A� -A?Pertrechos tan poderosos son el amor y la amistad?, me han preguntado los escA�pticos.

A�A�A�A� -MA?s que la poderosa mano del Dios omnipotente de los crA�dulos. No lo duden, les he respondido.

A�A�A�A� Veamos si no es asA�: impidieron que el golpe, el dolor y la desolaciA?n me desmadejaran como a un mazo de naipes; y me azuzaron a convertir en espada de acero mi desgracia y a batirme con el puA�o firme en el campo de batalla de la vida, reforzado con una silla de ruedas intrA�pida, un ingenioso aparato para ponerme de pie y variados instrumentos ideados para compensar las pA�rdidas que arroja la parA?lisis de las piernas. QuA� valiente fui entonces. QuizA?s porque el tufo de la muerte no taladrA? los poros de mi conciencia y casi todos mis objetivos eran sueA�os lejanos. Ahora que ya no creo lograr grandes cosas, me flaquearon las fuerzas al retornar la adversidad. Me enfurece que los trancazos del destino no sean parejos; que se concentren en unos pocos desafortunados y dejen ilesos o con magulladuras y raspones leves a muchA�simos malandrines, sin explicaciA?n fundamentada en la razA?n y el conocimiento de por quA� existen ambos bandos. Son cosas del azar, del caprichoso azar. A?QuiA�n puede con el caprichoso azar? Yo no.

A�A�A�A� Venturas o desventuras, azar o destino, la terca realidad concreta otra vez me desafiaba: A?muere o enfrenta con valor tu mala suerte! A las fracturas de mis vertebras tres, cuatro y cinco dorsales; al desequilibrio de mi tronco; a mi mA�dula espinal derramada como dentA�frico entre los huesos rotos; a la parA?lisis e insensibilidad del ochenta por ciento de mi cuerpo; a mi cA?ccix con la punta filosa limada para disminuir la temible amenaza de las llagas; al despojo de ciento setenta y cinco gramos de mA?sculo necrosado en mi nalga derecha; a la otoesclerosis causante de mi sordera progresiva y las dos operaciones fallidas en el laberinto de mi oA�do derecho; al florido mosaico de enmendaduras en mi piel y mis huesos, se habA�an sumado la ateroesclerosis y el infarto sigiloso: mi corazA?n y mis arterias coronarias no podA�an darme mA?s allA? de uno o dos aA�os de agitado resuello. La tA�cnica para remediar tan severa averA�a exige abrir el pecho, valiA�ndose de una sierra elA�ctrica redonda con un diA?metro idA�ntico al del puA�o de un niA�o reciA�n nacido; bifurcar en dos ramales los tejidos y la estructura A?sea del tA?rax con un separador metA?lico de colores rutilantes, hasta que el cirujano pueda escudriA�ar el enA�rgico bombeo autA?nomo del corazA?n y las ramificaciones venosas y arteriales que lo envuelven como a un pez dentro de la red.

A�A�A�A� Me daban vueltas en la cabeza los trazos precisos de la agresiA?n fA�sica y sus consecuencias emocionales: van a profanar la regiA?n sagrada de mi ser, mi verdadero lado A�ntimo, ahA� donde creA� que nunca nadie podrA�a asomarse ni con un refilA?n fugaz de la mirada. Me preguntaba: A?cuA?nta gente introducirA? la luz de sus ojos y sus manos y herramientas en las profundidades vulneradas de mi alma? PensA�: Si todo discurre bien, me matarA?n para resucitarme hora y media despuA�s. La temperatura de mi cuerpo serA? la de un cadA?ver: treinta grados centA�grados; y mi corazA?n, empapado de sustancia cardioplA�jica y sepultado en piedras de hielo, a catorce grados, estarA? listo para quedarse quieto como un bistec en la nevera. Una bomba mecA?nica circularA? mi dotaciA?n de cinco litros de sangre por los vericuetos de sus entraA�as metA?licas. A?SoportarA? mi corazA?n la carga moral del atentado? A?AsirA? todavA�a las riendas de mis sentimientos? A?RecuperarA? la aptitud y el coraje para bombear mis cinco litros de sangre, minuto a minuto, con la potencia para elevarla diez metros? Si todo ello fuese posible: A?por cuA?nto tiempo? A�stas y otras dudas semejantes me angustiaban.

A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A� A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�****

Raquel me cuidA? como a pugilista en las vA�speras de una pelea estelar a doce asaltos. Me alimentA? con una esplA�ndida dieta desprovista de grasas daA�inas. QuitA? del burA? las aspirinas de cien miligramos, para que mi sangre recuperara su capacidad natural de coagulaciA?n. Nos acostA?bamos a la hora de los pA?jaros y las gallinas. PaseA?bamos sin prisas por el Parque MA�xico, impulsando yo mi silla de ruedas en los tramos parejos. PensA?bamos en usar el vigor de mi corazA?n restaurado en las pozas del rA�o Suchiate y en los tumbos del mar; y en develar los misterios del mundo por aire, mar y tierra, del brazo de nuestros hijos y de nuestras futuras nueras y de nuestros futuros nietos y de nuestros amigos de siempre. Su entusiasmo renovaba mis ansias de vivir, aunque mi corazA?n palpitara arrebatadamente y me zumbara la cabeza, o con desgano y pausas intermitentes que me cortaban el aliento. En un abrir y cerrar de ojos, mis cachetes ardA�an como brasas o adquirA�an la frA�a palidez de un moribundo.

A�A�A�A� El infarto sucediA? el trece de marzo del dos mil tres. El tres de abril mi hijo SaA?l defenderA�a su tesis de licenciado en derecho y la operaciA?n serA�a seis dA�as despuA�s. Si en el quirA?fano me tocaba la de perder, viajarA�a al mundo de los muertos sin remordimientos. RenA�, mi primogA�nito, traA�a en la buchaca su doctorado en fA�sica y hacA�a un postdoctorado en la Universidad de Vanderbilt. VendrA�a de los Estados Unidos a echarle porras a su hermano, a darme A?nimos y a compartir la angustiosa incertidumbre.

A�A�A�A� El ocho de abril por la maA�ana hice mi testamento: a�?Dejo a mi esposa el usufructo vitalicio de todos mis bienes materiales; la propiedad de los mismos serA? para mis dos hijos, en igual proporciA?n. Es una nimiedad; sin adeudosa�?. GuardA� el manuscrito dentro de mi libro de memorias y me dispuse a partir al hospital.

A�A�A�A� El nueve de abril, a las cinco de la maA�ana, fui rasurado desde los dedos de los pies y los tobillos hasta el bigote y la barba, por una enfermera que sudaba como aguacero a cualquier hora y en cualquier clima (a�?es que soy hipertensa, igual que mi papia�?), como si trabajara picando piedra o como estrella titular en las grandes ligas de bA?squetbol. En seguida me introdujeron el segundo enema de la madrugada y me llevaron al baA�o a vaciar el intestino como becerro lactante. Me lavA� con mucho jabA?n neutro y el agua caliente mA?s deliciosa de toda la historia del tiempo. DA�as antes habA�an enviado al laboratorio frasquitos y tubos llenados con mi orina, excremento y sangre; me curaron las caries y reemplazaron dos o tres amalgamas e incrustaciones dentales, desajustadas o abolladas. Naciendo el dA�a, a las siete en punto de la fresca maA�ana, con la piel reluciente de un bebA�, libre mi cuerpo de impurezas que pudiesen estropear la operaciA?n a�?en la que todo es trascendente, porque si algo falla te mueresa�?, luciendo gorro y bata esterilizados, tendido en una camilla cubierta de sA?banas olorosas a jabA?n de lavanderA�a, yo esperaba en la antesala del quirA?fano. CerrA� los ojos y aspirA� hondo: volvA� a mirar los rostros sonrientes de mis mujercitas de la A�poca de los sueA�os utA?picos. MirA� a mi madre, con su alegre sonrisa de los atardeceres sin lluvias ni ventarrones, recostada en su butaca de roble blanco y piel de venado, en la banqueta de nuestra casa de palma real y otate, con su enorme vaso de peltre bien abastecido de cafA� con canela y piloncillo. Con sus largas agujas azules de aluminio tejA�a manteles de hilo blanco para los comedores de la gente rica. Bromeaba y reA�a con las vecinas que tambiA�n bebA�an cafA� y paladeaban el fresco de la tarde en sus butacas. MirA� a mis hijos, niA�os traviesos, puyA?ndome el corazA?n con sus deditos. Raquel me transfundA�a el aliento de su propia vida, recorriendo con sus labios tibios el territorio de mis latidos. TambiA�n imaginA� que caminA?bamos abrazados ella y yo, en los playones de la desembocadura del rA�o Suchiate. El aliento del oleaje nos mojaba los pies descalzos y los envolvA�a con una gruesa costra de arena. Los cangrejos corrA�an desesperados tras una nueva sacudida de las olas. Me quedA� con esa imagen y con aquellas de nuestros planes para la vida posterior a los noventa minutos de mi muerte inducida, de mi reducciA?n a vA�sceras, esternA?n, costillas, mA?sculos, venas, arterias, sangre, nervios. a�?Es importante entrar al quirA?fano con ganas de vivir. Ese A?nimo ayuda mucho a que las cosas allA? dentro marchen biena�?, me ha dicho Badillo.

Los ejecutores de mi cirugA�a: cuatro cardiA?logos, dos anestesiA?logos, cuatro enfermeras, dos de ellas a cargo de la bomba metA?lica, suplente del corazA?n y los pulmones por un mA?ximo de hora y media, para no empeorar el cuadro con inflamaciones al cerebro, al hA�gado y los riA�ones. IdentifiquA� las voces de una trabajadora social y dos residentes, poniA�ndose de acuerdo para a�?conocerme por dentroa�? desde el vidrio, o sala de observaciA?n para maestros y estudiantes de las tA�cnicas rudimentarias para detener la evoluciA?n dramA?tica de las fallas cardiovasculares. Una semana antes, en esa sala, armado de lA?piz, libreta y un vaso de agua para mitigar la resequedad de la boca, fui testigo de la operaciA?n a un tA�cnico petrolero que se habA�a infartado en las plataformas de la Sonda de Campeche, practicada por Badillo y su equipo. Nada mejor para disipar mis temores.

El paciente es un hombre barrigA?n. Duerme con un tubo blanco clavado en la garganta, los pies arrejuntados, las piernas de sapo dobladas, desnudo de ropa y de pelos, echado en la frA�a mesa del quirA?fano. El globo de la barriga sube y baja sin desinflarse; el crA?ter del ombligo deslumbra con la rA?faga de luz del enjambre de focos. En el monitor instalado en lo alto de la pared mA?s visible los anestesiA?logos chequean los signos vitales; luego regulan el goteo de los sueros somnA�feros. Una enfermera le inserta una larga y bien lubricada sonda de hule en la uretra. El pene grueso dormita acurrucado sobre la ingle, con la gran lengua de fuera. PeA�alosa, segundo cirujano, introduce en el culo un termA?metro robusto bien lubricado, lava el tA?rax lampiA�o con un desinfectante amarillo que se adhiere al cuero como la miel de abeja al pan. Dos cirujanos desinfectan las piernas con la misma sustancia espesa y pegajosa y las abren como filetes de pescado con un roce de sus bisturA�s; extraen grandes tramos de venas que extienden sobre telas de intenso color verde y cierran las heridas. PeA�alosa abre la piel y la grasa del pecho con una sierrita elA�ctrica circular; parte el esternA?n como si trazara una lA�nea divisoria con un pincel rojo; la sierrita redonda gira, zumba como vuelo de abejorro, se calienta muchA�simo, corta, cauteriza, impide que se derrame la sangre. PeA�alosa instala el separador de colores alegres y acciona la mariposa del mecanismo (crac, crac, crac); la osamenta cruje y cede, aparece el corazA?n con su envoltura de grasa, latiendo pausado. PeA�alosa lo baA�a con la sustancia cardioplA�jica. Una enfermera llena la caverna torA?cica con piedras de hielo. La grasa quemada es humo negro y fA�tido. Badillo entra al quirA?fano embutido en su atuendo verde esterilizado. La enfermera que lo asiste le instala un antifaz de microscopios. Badillo pinza la aorta, las tripas de la bomba se llenan de sangre, el corazA?n se entume. Badillo lo palpa como un chef que selecciona un buen filete en el mercado; lo despoja de la envoltura de grasa con unos cuantos movimientos del bisturA�. La enfermera moldea bolas de grasa y las introduce en una bolsa de plA?stico; luego la cierra hermA�ticamente y la deposita en una cubeta con tapa. Badillo desprende la arteria mamaria y la sutura al corazA?n.

A�A�A�A� No dio tiempo de ponerle cuatro puentes al gordo, por mA?s que las manos de Badillo trabajaron como las de un guitarrista prodigioso ejecutando un solo de jazz con el requinto. DespinzA? la aorta en cuanto suturA? el tercer by-pass en el corazA?n, le dio a A�ste dos o tres palmaditas. El corazA?n adormilado sintiA? retozar en sus cavidades el calor de la sangre y comenzA? a latir a ritmo lento, de menos a mA?s, desentumiA�ndose y asumiendo gradualmente su funciA?n, cada vez con menos ayuda de la bomba metA?lica. En el vidrio aplaudimos con gran alegrA�a y le echamos porras a�?al gordotea�?.

A�A�A�A� -Con la pura arteria mamaria tiene para otros diez aA�os, aunque no se cuide muy bien, dijo Badillo, reciA�n integrado a la sala de observaciA?n.

A�A�A�A� -Es decir, aunque siga siendo tragA?n y gA?evA?n, acotA�.

A�A� Badillo revisA? mis apuntes y corrigiA? los errores. Salimos de la sala cuando PeA�alosa le enredaba una espiral de alambre de acero inoxidable al esternA?n, para reducir el riesgo de una ruptura en algA?n movimiento brusco. a�?SoldarA? en tres meses, entretanto debemos hacer todo lo que estA� a nuestro alcance para evitarnos un sustoa�?, explicA? Badillo.

A�A�A�A� Era la hora de comer. Raquel me esperaba en casa con un lomo de venado a la plancha, pan integral, ensalada de berros con nueces, mousse de mamey con piA�ones, una copa de vino tinto del Valle de Guadalupe, una taza de cafA� y su sonrisa, su voz, su amorosa mirada.

A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A� ****

Rodeado por el equipo de mA�dicos y enfermeras de Valdemar Badillo, abrA� los ojos. Bromeaban. SonreA� de buena gana, contagiado por la confianza que me dio el desparpajo de la gente que me tendrA�a en sus manos casi muerto, abierta la caverna del pecho, enjutos los pulmones, una fruta grande guardada en una canasta de mimbre el corazA?n. ObservA�: el quirA?fano estaba sA?per equipado con varios sistemas de luces, para descubrir el mA?s recA?ndito secreto de mis entraA�as. MirA� la bomba reluciente y sus arterias de hule. Los anestesiA?logos palparon mis brazos y mis manos, en busca del sitio idA?neo para insertar las agujas del sueA�o. A diferencia de las ocho cirugA�as anteriores, esta vez no me angustiA? que me penetraran las venas. HabA�a templado los nervios para ganarle una batalla a la muerte, para prolongar el horizonte de la vida.

A�A�A�A� DespertA� cuando el sol se deslizaba tras las montaA�as. Aspiraba un aroma dulce de almidA?n. Vi que una mujer blanca sonreA�a junto a mA�. a�?Mi nombre es Cynthia. Soy su enfermera. Estoy a cargo de usteda�?, dijo. El brillo de sus ojos iluminaba el pigmento rojo de sus labios. Yo respiraba por un tubo zambutido en la trA?quea. Me sentA� empalado medieval. El tubo era rugoso, largo, blanco, como la estaca de plata para matar vampiros de la leyenda. Apuntaba al techo como una prolongaciA?n de mis labios. Con el lenguaje de mis manos llenas de cables le preguntA� a Cynthia la hora en que me operarA�an. RespondiA?: a�?Ya lo operaron. La operaciA?n terminA? a las dos y media. Todo saliA? muy bien en el quirA?fano. Ahora estA? usted en la unidad coronaria, recuperA?ndosea�?.

A�A�A�A� Estuve despierto, pidiA�ndole a Cynthia y a los mA�dicos que me sacaran el tubo. Diez dA�as antes de la operaciA?n, una enfermera joven, viuda, de mirada y tez marchitas, con dos hijos del difunto y un nuevo marido que no trabajaba, me aconsejA?: a�?Infle muchos globos, para que sus pulmones estA�n fuertes y flexibles y no hagan tantas flemas. Si me hace caso, le quitarA?n pronto el tubo y se ahorrarA? mucho sufrimientoa�?. Lo habA�a intentado, pero con la presiA?n ridA�cula de mis resoplidos apenas logrA� darles forma de cA?ntaros bofos a los globos. Me aterraba que el suplicio se prolongara toda la noche, o uno o varios dA�as. Mi cuerpo era un enjambre de electrodos y cables conectados a muchos monitores; una tuberA�a de drenaje saliendo de la caja de mi tA?rax; una sonda en mi uretra, del fondo de la vejiga a la bolsa de plA?stico colgada de la pata de la cama; goteo de suero con antibiA?ticos en mis venas; punzadas de todos los calibres. Y un tubo de mierda. Y un grito doloroso sepultado.

A�A�A�A� Las siete y quince minutos. Noche tibia, silente. Los pacientes vecinos gemA�an quedito. Las enfermeras y los mA�dicos caminaban como levitando. Cynthia se acercA? con su mA?s amplia sonrisa y me dijo: a�?Ahora sA�, prepA?rese. Le voy a retirar el tuboa�?. ApalancA? su mano izquierda en mi hombro y con la otra mano, al primer intento, A?flog!, extrajo el tubo, con la habilidad de los toreros que ensartan la espada en el corazA?n agitado del toro. Me preguntA�: A?serA?n iguales la mirada del animal que caerA? para morir en unos segundos y la del hombre que salta hacia el sendero de la vida? ColocA? el tubo en una bandeja de acero inoxidable, puso en mi pecho una almohadita blanca y una caja de paA�uelos de papel e indicA?: a�?Trate de no toser. Si no puede evitarlo abrace fuerte la almohadita, para que aguante el dolor. Los kleenex son para las flemas. Le puse una cubeta en el piso, al nivel de su cabeza. Tire ahA� las flemasa�?.

A�A�A�A� Como casi todas las enfermeras, los cardiA?logos clA�nicos y cirujanos, los anestesiA?logos y los camilleros de la unidad coronaria, Cynthia era un poco gorda, de huesos acolchonados y carnes blancas redondas, como una modelo de Rembrandt, pero eficaz en su trabajo y con un modo de ser que rezumaba vigor y temple (digo a�?pero eficaza�?, porque me cuesta entender que alguien traiga seis o siete kilogramos de mA?s en el cuerpo, en un lugar donde se ve morir a la gente con las arterias taponadas de grasa). SonreA�a mientras me daba cosas, indicaciones y consejos. Cada sonido suyo, cada gesto, cada objeto que ponA�a a mi alcance, me advertA�a: a�?de A�sta no muriA?, pero no baje la guardia; falta un largo trecho para que recupere la vida verdaderaa�?. Emocionado, esforzA?ndome por alzar y aclarar la voz rasposa, escasamente audible, que transitaba como un escorpiA?n por mi garganta escoriada, le pedA� que informara a mi esposa del suceso. a�?Dile que me desentubaste. Se pondrA? contenta cuando lo sepaa�?.

A�A�A�A� DespuA�s de esta gran victoria, sobrevino la batalla contra las flemas y la tos. En cada sacudida crujA�a cual cerca maltrecha el alambre enrollado al esternA?n, como si se desgajara la caja de huesos de mi pecho. Me abrumaba el inmenso repertorio del dolor en las heridas frescas, en las costillas, en las muelas, en las uA�as, en el dorso de las manos con agujas de suero; y el uso desmesurado de los paA�uelos de papel y de la almohadita, a la que me aferraba con ansiedad de nA?ufrago. CreA� que aplacaba la tos reteniendo en la garganta bolas de flemas y tragA?ndolas. Pero desatA� sus frA?giles amarras. Toser sin interrupciones me desgarraba la osamenta. Mi corazA?n agitado como un remolino ponA�a a prueba la calidad de los puentes reciA�n estrenados. a�?Haga ejercicios de respiraciA?n para que deje de toser. Y no se trague las flemas. Tiene que mejorar pronto o lo entubaremos otra veza�?, dijo Cynthia, mostrA?ndome la tA�cnica para reactivar los pulmones, con sus tetas infladas y su boquita fruncida.

A�A�A�A� A?QuA� mA�todo tan persuasivo el de Cynthia! Aturdido como un sonA?mbulo al derrumbarse por las escaleras, llenA� cubetas de flemas, pero cada vez menos; en tres dA�as el aire corrA�a por mi cuerpo como la brisa nocturna por los bosques de la costa. PeA�alosa quitA? la tuberA�a de drenaje conectada bajo mis costillas: A?se acabA? la hemorragia en las profundidades de mi cuerpo! La presiA?n de la sangre en las arterias y el oxA�geno que irriga los A?rganos vitales se asentaron en los rangos normales. A la glucosa la mantenA�an a raya con inyecciones de insulina. El dolor en franca retirada, dejA?ndole su lugar a mis deseos de mirar al risueA�o sol del amanecer.

A�A�A�A� -Los mA�dicos dicen que con disciplina y cuidados promedio podrA?s vivir quince aA�os mA?s; y si te portas extremadamente bien podrA�as seguir dando lata en este mundo cuando menos otros cinco, dijo mi mujer, apuntando los dulces disparos de su voz hacia mi mejor oA�do.

A�A�A�A� -A?Vamos, viejo, por veinte aA�os!

A�A�A�A� -A?SA�, vamos por veinte aA�os!, me retaron mis hijos, como cuando eran niA�os.

Mi mujer me daba valor con la tibia presiA?n de sus manos.

A�A�A�A� -A?Vamos por veinte aA�os!, respondA�.

A todos se nos chorrearon las lA?grimas. VolvA�amos a soA�ar.

A�

A�A�A�A�A�A� A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�A�****

SalA� del hospital quince dA�as despuA�s de la operaciA?n, alentado por la constante disminuciA?n del rechinido del alambre que Barbosa enredA? en mi esternA?n y la potencia creciente de mis pulmones y mi corazA?n. Cada vez impulsaba mejor mi silla de ruedas por el sendero de hojarasca y caca de perros del Parque MA�xico. ReleA� mis apuntes: a�?Diecinueve dA�as despuA�s del allanamiento de mis entraA�as, en quince minutos eternos pude avanzar diez metros, con el corazA?n rompiA�ndome las costillas; al mes logrA� trescientos cincuenta metros, en tres etapas de veinte minutos extenuantes, con descansos intermedios de diez; a los cuarenta y cinco dA�as ochocientos metros, en dos jalones de media hora, con un receso de quince minutos. PodA�a hacer un poco mA?s, pero no me lo permitiA? el enfermero contratado por mi mujer, con la encomienda de cuidarme mA?s que a�?a la niA�a de sus ojosa�?; a los dos meses le di dos vueltas al malecA?n del hotel Pierre MarquA�s de Acapulco (A?tres kilA?metros y medio!), con la brisa del mar untA?ndome por los cuatro costados aromas de mangle, sal, arena y jaibas. Diario mejoro mis rendimientos; nada me detiene. Mi piel recuperA? su color de cacao secado por la luz del sol. Una atmA?sfera de optimismo me envuelve. Mi cerebro se zambulle en la sangre oxigenada. Admiro el cielo escampado, su lA�mpido azul, la lA�nea luminosa del horizonte. Me siento lA?cido y vigoroso. Las personas que me quieren sonrA�en y bromean. He decidido desobedecer a los mA�dicos, darme de alta y volver al trabajo.

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