Corazón Sediento

Corazón sediento

Por Saúl López de la Torre

Los infartos al corazón suelen anunciarse con un sudor frío que te empapa de las plantas de los pies a la cabeza. Saboteadores del bombeo autónomo de la sangre y el oxígeno se camuflan de desavenencias digestivas para darle tiempo a la taimada muerte de ensamblar su fusil, tumbarse bocabajo y disparar el tiro de gracia de un segundo infarto que te revienta por dentro y te causa una ola de dolor que se expande del pecho a las mandíbulas como si te arrancaran las muelas de un hachazo o con golpes de martillo y cincel, sin anestesia. Eso cuentan los afortunados, muy pocos, que han sobrevivido a la experiencia.

     Yo caí en una emboscada de esas, como caen los atrabancados que andan sueltos por el mundo rascándole la panza al tigre hasta que un cobarde decidido les mete un machetazo por la espalda. El tufo de la muerte rondó mis madrigueras meses antes del infarto. He aquí los síntomas: En las parrandas con mis amigos bastaba un puro de San Andrés Tuxtla y un par de jaiboles para embriagarme, en vez de un litro de tequila blanco y diez cervezas bien frías. Mis fuerzas, otrora imbatibles, comenzaban a declinar a doce horas de arrancar la jornada cotidiana, entre las cinco y seis de la tarde. Un dolor agudo solía punzar mi brazo izquierdo, desde el hombro hasta la muñeca, al filo de la medianoche, tumbado ya en la cama para dormir; y me fallaba el resuello al emprender pequeños esfuerzos físicos. Pero no desistí de trabajar sesenta horas a la semana, ni consulté al médico, ni falté a las sesiones de dominó de los viernes con mis amigos, de nueve de la noche a dos de la madrugada.

     Atascado de quehacer improductivo, comiendo sin rigor alguno el buffet para ejecutivos de PEMEX o en restaurantes, flojo de músculos y sedentario, perdí la costumbre de reír a carcajadas y me exasperaba cualquier nimiedad, hasta que una mañana tibia de primavera me empapé de sudor helado cuando me embutía en los pantalones para irme a la oficina. No había dormido bien en el correr de la noche, por el desasosiego sofocante que confundí con fallas de mi barriga al digerir las dos guayabas jugosas de la cena. Mi mujer se alarmó al tocar el charco frío en la almohada. Desayunamos papaya, jugo de naranja y café, por aquello de que se me hubiese derrumbado la glucosa o la presión arterial, y me acompañó a la clínica de la Torre de Pemex. “Si se trata de algo que se pueda curar con unas pastillas te subes a tu oficina a trabajar y yo me regreso a la casa. Pero si tu padecimiento es grave me quedaré contigo para acompañarte al hospital”, dijo.

     El director de la clínica era un hombre maduro de piel sin arrugas, de grueso y tupido pelo negro peinado igual que los retratos de Benito Juárez. Me observó sin pestañear y me turnó a cardiología, antes de que yo terminara la torpe descripción de mis molestias. En cardiología imperaban el silencio, la penumbra y una mujer solitaria de sonrisa inquisitiva, pelo corto alborotado, ojos vivarachos y gafas redondas. “Soy la cardióloga”, dijo, y se apresuró a desnudarme el torso para hacerme un electrocardiograma, sin moverme de mi silla de ruedas. Colocó los electrodos en el contorno de mi corazón, dio un vistazo rápido al monitor y concluyó: “están obstruidas las coronarias; daré una orden para que lo trasladen en ambulancia al hospital de Azcapotzalco. Es el que nos queda más cerca”.

     La ambulancia de guardia había ido por las tortas para el personal de la clínica. “Con la sirena abierta llegan rápido y calientitas”, dijo la cardióloga, enjugándose los labios con la punta de la lengua.

     Transcurridos unos quince minutos se escuchó en el patio de maniobras el ulular ensordecedor de la ambulancia, como si en vez de unas bolsas de papel estraza con tortas de chorizo con huevo, milanesa y pierna de cerdo, hubiese traído la panza repleta de moribundos. Dos camilleros me treparon a la camilla y al vehículo. Mi mujer se sentó con las rodillas junto a mi cabeza y Eduardo Corona, mi asistente, partió en mi automóvil tras la ambulancia bulliciosa, resguardando mi corbata, mi saco y mi maletín con documentos oficiales.

     En el hospital de Azcapotzalco, al norte de la ciudad de México, un médico joven con el nombre “Dr. Rangel” bordado en la bolsa llena de bolígrafos de su bata blanca, y dos enfermeras risueñas, de manos sedosas y tibias, me hicieron otro electrocardiograma, midieron la presión arterial y la glucosa, conectaron una botella de suero en la mejor vena de mi mano izquierda y me rasuraron los muslos, las ingles, los testículos y el pubis, preparándome para el cateterismo y la angioplastía que me practicarían en el hospital de Picacho, al sur de la ciudad, el único del sistema hospitalario de los petroleros equipado para estas intervenciones quirúrgicas.

     -A usted le dio un infarto y le dará otro, si no lo atendemos rápidamente. Es muy importante que se tranquilice. Olvide las broncas de la oficina. Piense en cosas agradables. Relájese, dijo Rangel.

     -¿Un infarto? No lo sentí.

-Fue cuando sudó el frío sudor de la muerte, acotó la enfermera más risueña.

El trayecto de un hospital a otro no fue tan rápido; pasaba ya del mediodía y el tráfico en el periférico hacía imposible a los automovilistas abrir deprisa el paso a la ambulancia. En la vena de mi mano izquierda el suero fluía con serena cadencia; mi mujer, Rangel y una cardióloga con dos gotitas de sudor inconmovibles en la punta respingada de la nariz, me veían con el rabillo del ojo. La operación comenzó a las dos de la tarde y unos veinte minutos después recordé lo que es morir, sin mirar el oscuro cielo plagado de estrellas fugaces de cuando me desmayaba en el “pozo” de las torturas de la cárcel clandestina. El catéter embutido en la femoral topó con un coágulo petrificado, inamovible, a mitad del camino entre la ingle y el corazón. Percibí, sin angustiarme, el esfuerzo empecinado de Rangel por vencerlo y las quijadas rígidas del equipo de médicos y enfermeras que colaboraban en la operación. “No pasa del siete al ocho. No pasa”, masculló Rangel.

Vi en la pantalla mis arterias embadurnadas de sarro y grumos de grasa, el curso a recorrer dentro de la tubería maltrecha y el tapón oscuro que impedía el avance del catéter. Pude ver la gráfica saltarina de mi actividad cardiaca tornarse línea horizontal y sentir que se esfumaban la pesadez en el estómago y la fuerza extraña que me había oprimido como a un tubo de pasta dental, del pescuezo a las rodillas. Sin oponer resistencia, me dejé llevar por la dulce sensación que me arropaba cual brisa comedida de un atardecer en la playa. Era el final: moriría sin remedio. En lugar de mi arteria rígida, los coágulos y los registros de mi corazón agonizante, miré en las pantallas a mi Raquel eterna, arrullándome como a un bebé con sus brazos atléticos, y a mis amantes de las épocas de estudiante y guerrillero (tres: para esos deleites no tuve franca disposición ni habilidades). Parloteaban y reían.

     Pensé: mi vida discurrió codeándose con la muerte y eludiéndola. Hombres talentosos y decentes son mis hijos. Y mi mujer, liberada de la pesada cruz que he sido para ella durante tantos años, transitará todavía un largo trecho, admirada ante los pasajes bien logrados de sus escritores predilectos, riéndose de la estupidez de los poderosos, gozando los recuerdos de nuestros ratos sabrosones, sin apremios económicos (las viudas de los petroleros heredan sustanciosas pensiones) ni flaquezas en el carácter.

     De alguien considerado sabio oí decir que nadie muere mientras haya quien recuerde su nombre. Yo dejo buenos amigos; seres de pensamientos elevados con quienes compartí emociones intensas en las rachas buenas y en las malas de nuestro azaroso andar. Además de mi familia, ellos me recordarán cuantas veces escudriñen el pasado o atisben los devaneos del futuro. Seguro de que no hay nada después de la muerte y aliviado de los peligros de la vida, con las palabras interiores golpeándome las paredes del cráneo, grité dentro de mí: ¡Venga ya el punto final de mi pequeña historia! Y me pregunté: ¿tendrá mi negrita el ánimo de hacerme cenizas y de tirarme puño a puño bajo el puente viejo de madera del río Suchiate, hincadita en la playa salpicada de brisa y hojarasca donde pesqué mil ensartas de mojarras y pargos? Me arrulló mirarla en la sombra de horcones enchapopotados del puente por donde pasaba el tren de México a Guatemala y la parvada de palomas torcazas que aleteaban rumbo a las ramas de los amates; y me solacé con la excitante visión de sus muslos de arena mojada y de sus nalgas macizas recargadas en los talones. ¡Qué plácida es la sensación de morir al ritmo declinante de los latidos del corazón!

     Pero el cardiólogo Rangel y su equipo de médicos y enfermeras de ningún modo comulgaban con mi falta de coraje. “Ya pasó al ocho. Está en el nueve. Va del nueve al diez. Pasó del diez al once. ¡Llegó al doce!”, exclamó Rangel.

   Todos sonreían, incluso yo, con los ojos clavados en el tramo doce, el que desemboca en el corazón. Rangel continuó con el catéter ensangrentado entre sus dedos magníficos, colocando en el sitio preciso la malla circular de titanio de apenas dos o tres milímetros de diámetro (stendt oí que le llamaban), con un globito de caucho adentro que, al ser expandido a una presión de quince atmósferas (la que infla las llantas de los aviones), mantendrá funcionando la arteria dañada, causante del infarto.

     La angioplastía difiere el segundo infarto, permite hurgar el universo del corazón y da luces para el diagnóstico. Ahora se sabía –Rangel mejor que nadie- que mi sistema circulatorio funcionaba como la red hidráulica de una casa antiquísima de avaros.

     -Su familiar está en la unidad coronaria, recuperándose de la operación. Tendrá que cuidarse mucho. Mañana podrán verlo, dijo Rangel al grupito que habían formado en la sala de espera mi mujer, mis hijos y algunos amigos.

     -Seguro que sale también de ésta. A él le asientan bien las operaciones, dijo alguien del grupo.

     Rangel sonrió al oírlo, ya encaminado hacia el estacionamiento del hospital.

                                                  ****

Si decidíamos dejar las cosas como estaban, aun mudándonos a una casa en la playa, sujeto a una disciplina radical en la comida, en las rutinas de ejercicio y en un ambiente de puras buenas noticias y risotadas alegres, viviré no más de dos años; de otro modo, en algunos meses la terca muerte se saldrá con la suya. Con cara de jugador de póquer y sin rebuscamientos, mientras hurgaba en mis atrofiadas piernas en busca de las mejores venas, eso nos explicó el doctor Badillo, jefe de cirugía cardiaca del hospital, un hombre de cuarenta y tantos años, brioso como caballo de carreras en el arrancadero.

     Programó para tres semanas después una cirugía al corazón, con el tórax abierto como aguacate al que le han sustraído una rebanada. Colocarán cuatro by pases, tres con trozos de vena de mi pierna izquierda, del corazón a la aorta, saltando los segmentos dañados de las arterias coronarias; el cuarto by pass modificará el curso natural de la arteria mamaria interna, para desviarla de las raíces de la tetilla izquierda a la cáscara sedienta del corazón. Sin semejantes refuerzos no podría normalizarse el flujo circular de irrigación y oxigenación sanguínea. Perdí los escasos ánimos que me había dejado el infarto, tragué las lágrimas que se agolpaban en las cortinas de mis ojos y grité: ¡Cuatro puentes!

     Raquel me transfundió fuerzas, apretándome las manos. “Está bien, doctor, el nueve de abril es buena fecha”, dije.

     Solos mi mujer y yo, encerrados en nuestros pensamientos, sin valor para mirarnos a los ojos, dejé que las palabras empapadas de lágrimas brotaran con dolor y coraje desde lo más profundo de mi barriga: ¿cuándo se acabarán los trancazos a mi cuerpo? ¿Cuántos más podré soportar? ¡Ya no tengo fuerzas ni temple!

     Dieciocho años habían pasado de cuando me desbarranqué manejando una camioneta destartalada del gobierno y caí de espaldas sobre la piedra que me partió la columna vertebral, arrancándome jirones de capacidad sensorial y de movimiento. Paralizado de las chiches a los pies (“parapléjico, no paralítico; la diferencia es enorme, ya lo verá”, me había corregido mi enfermera), pero con el poderosísimo soporte de mi mujer, mis hijos y mis amigos, saqué de los escombros el coraje de la gente sureña de la costa, me lo puse de escudo y de sustento y alcé la cara con arrestos de vencedor.

     -¿Pertrechos tan poderosos son el amor y la amistad?, me han preguntado los escépticos.

     -Más que la poderosa mano del Dios omnipotente de los crédulos. No lo duden, les he respondido.

     Veamos si no es así: impidieron que el golpe, el dolor y la desolación me desmadejaran como a un mazo de naipes; y me azuzaron a convertir en espada de acero mi desgracia y a batirme con el puño firme en el campo de batalla de la vida, reforzado con una silla de ruedas intrépida, un ingenioso aparato para ponerme de pie y variados instrumentos ideados para compensar las pérdidas que arroja la parálisis de las piernas. Qué valiente fui entonces. Quizás porque el tufo de la muerte no taladró los poros de mi conciencia y casi todos mis objetivos eran sueños lejanos. Ahora que ya no creo lograr grandes cosas, me flaquearon las fuerzas al retornar la adversidad. Me enfurece que los trancazos del destino no sean parejos; que se concentren en unos pocos desafortunados y dejen ilesos o con magulladuras y raspones leves a muchísimos malandrines, sin explicación fundamentada en la razón y el conocimiento de por qué existen ambos bandos. Son cosas del azar, del caprichoso azar. ¿Quién puede con el caprichoso azar? Yo no.

     Venturas o desventuras, azar o destino, la terca realidad concreta otra vez me desafiaba: ¡muere o enfrenta con valor tu mala suerte! A las fracturas de mis vertebras tres, cuatro y cinco dorsales; al desequilibrio de mi tronco; a mi médula espinal derramada como dentífrico entre los huesos rotos; a la parálisis e insensibilidad del ochenta por ciento de mi cuerpo; a mi cóccix con la punta filosa limada para disminuir la temible amenaza de las llagas; al despojo de ciento setenta y cinco gramos de músculo necrosado en mi nalga derecha; a la otoesclerosis causante de mi sordera progresiva y las dos operaciones fallidas en el laberinto de mi oído derecho; al florido mosaico de enmendaduras en mi piel y mis huesos, se habían sumado la ateroesclerosis y el infarto sigiloso: mi corazón y mis arterias coronarias no podían darme más allá de uno o dos años de agitado resuello. La técnica para remediar tan severa avería exige abrir el pecho, valiéndose de una sierra eléctrica redonda con un diámetro idéntico al del puño de un niño recién nacido; bifurcar en dos ramales los tejidos y la estructura ósea del tórax con un separador metálico de colores rutilantes, hasta que el cirujano pueda escudriñar el enérgico bombeo autónomo del corazón y las ramificaciones venosas y arteriales que lo envuelven como a un pez dentro de la red.

     Me daban vueltas en la cabeza los trazos precisos de la agresión física y sus consecuencias emocionales: van a profanar la región sagrada de mi ser, mi verdadero lado íntimo, ahí donde creí que nunca nadie podría asomarse ni con un refilón fugaz de la mirada. Me preguntaba: ¿cuánta gente introducirá la luz de sus ojos y sus manos y herramientas en las profundidades vulneradas de mi alma? Pensé: Si todo discurre bien, me matarán para resucitarme hora y media después. La temperatura de mi cuerpo será la de un cadáver: treinta grados centígrados; y mi corazón, empapado de sustancia cardiopléjica y sepultado en piedras de hielo, a catorce grados, estará listo para quedarse quieto como un bistec en la nevera. Una bomba mecánica circulará mi dotación de cinco litros de sangre por los vericuetos de sus entrañas metálicas. ¿Soportará mi corazón la carga moral del atentado? ¿Asirá todavía las riendas de mis sentimientos? ¿Recuperará la aptitud y el coraje para bombear mis cinco litros de sangre, minuto a minuto, con la potencia para elevarla diez metros? Si todo ello fuese posible: ¿por cuánto tiempo? Éstas y otras dudas semejantes me angustiaban.

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Raquel me cuidó como a pugilista en las vísperas de una pelea estelar a doce asaltos. Me alimentó con una espléndida dieta desprovista de grasas dañinas. Quitó del buró las aspirinas de cien miligramos, para que mi sangre recuperara su capacidad natural de coagulación. Nos acostábamos a la hora de los pájaros y las gallinas. Paseábamos sin prisas por el Parque México, impulsando yo mi silla de ruedas en los tramos parejos. Pensábamos en usar el vigor de mi corazón restaurado en las pozas del río Suchiate y en los tumbos del mar; y en develar los misterios del mundo por aire, mar y tierra, del brazo de nuestros hijos y de nuestras futuras nueras y de nuestros futuros nietos y de nuestros amigos de siempre. Su entusiasmo renovaba mis ansias de vivir, aunque mi corazón palpitara arrebatadamente y me zumbara la cabeza, o con desgano y pausas intermitentes que me cortaban el aliento. En un abrir y cerrar de ojos, mis cachetes ardían como brasas o adquirían la fría palidez de un moribundo.

     El infarto sucedió el trece de marzo del dos mil tres. El tres de abril mi hijo Saúl defendería su tesis de licenciado en derecho y la operación sería seis días después. Si en el quirófano me tocaba la de perder, viajaría al mundo de los muertos sin remordimientos. René, mi primogénito, traía en la buchaca su doctorado en física y hacía un postdoctorado en la Universidad de Vanderbilt. Vendría de los Estados Unidos a echarle porras a su hermano, a darme ánimos y a compartir la angustiosa incertidumbre.

     El ocho de abril por la mañana hice mi testamento: “Dejo a mi esposa el usufructo vitalicio de todos mis bienes materiales; la propiedad de los mismos será para mis dos hijos, en igual proporción. Es una nimiedad; sin adeudos”. Guardé el manuscrito dentro de mi libro de memorias y me dispuse a partir al hospital.

     El nueve de abril, a las cinco de la mañana, fui rasurado desde los dedos de los pies y los tobillos hasta el bigote y la barba, por una enfermera que sudaba como aguacero a cualquier hora y en cualquier clima (“es que soy hipertensa, igual que mi papi”), como si trabajara picando piedra o como estrella titular en las grandes ligas de básquetbol. En seguida me introdujeron el segundo enema de la madrugada y me llevaron al baño a vaciar el intestino como becerro lactante. Me lavé con mucho jabón neutro y el agua caliente más deliciosa de toda la historia del tiempo. Días antes habían enviado al laboratorio frasquitos y tubos llenados con mi orina, excremento y sangre; me curaron las caries y reemplazaron dos o tres amalgamas e incrustaciones dentales, desajustadas o abolladas. Naciendo el día, a las siete en punto de la fresca mañana, con la piel reluciente de un bebé, libre mi cuerpo de impurezas que pudiesen estropear la operación “en la que todo es trascendente, porque si algo falla te mueres”, luciendo gorro y bata esterilizados, tendido en una camilla cubierta de sábanas olorosas a jabón de lavandería, yo esperaba en la antesala del quirófano. Cerré los ojos y aspiré hondo: volví a mirar los rostros sonrientes de mis mujercitas de la época de los sueños utópicos. Miré a mi madre, con su alegre sonrisa de los atardeceres sin lluvias ni ventarrones, recostada en su butaca de roble blanco y piel de venado, en la banqueta de nuestra casa de palma real y otate, con su enorme vaso de peltre bien abastecido de café con canela y piloncillo. Con sus largas agujas azules de aluminio tejía manteles de hilo blanco para los comedores de la gente rica. Bromeaba y reía con las vecinas que también bebían café y paladeaban el fresco de la tarde en sus butacas. Miré a mis hijos, niños traviesos, puyándome el corazón con sus deditos. Raquel me transfundía el aliento de su propia vida, recorriendo con sus labios tibios el territorio de mis latidos. También imaginé que caminábamos abrazados ella y yo, en los playones de la desembocadura del río Suchiate. El aliento del oleaje nos mojaba los pies descalzos y los envolvía con una gruesa costra de arena. Los cangrejos corrían desesperados tras una nueva sacudida de las olas. Me quedé con esa imagen y con aquellas de nuestros planes para la vida posterior a los noventa minutos de mi muerte inducida, de mi reducción a vísceras, esternón, costillas, músculos, venas, arterias, sangre, nervios. “Es importante entrar al quirófano con ganas de vivir. Ese ánimo ayuda mucho a que las cosas allá dentro marchen bien”, me ha dicho Badillo.

Los ejecutores de mi cirugía: cuatro cardiólogos, dos anestesiólogos, cuatro enfermeras, dos de ellas a cargo de la bomba metálica, suplente del corazón y los pulmones por un máximo de hora y media, para no empeorar el cuadro con inflamaciones al cerebro, al hígado y los riñones. Identifiqué las voces de una trabajadora social y dos residentes, poniéndose de acuerdo para “conocerme por dentro” desde el vidrio, o sala de observación para maestros y estudiantes de las técnicas rudimentarias para detener la evolución dramática de las fallas cardiovasculares. Una semana antes, en esa sala, armado de lápiz, libreta y un vaso de agua para mitigar la resequedad de la boca, fui testigo de la operación a un técnico petrolero que se había infartado en las plataformas de la Sonda de Campeche, practicada por Badillo y su equipo. Nada mejor para disipar mis temores.

El paciente es un hombre barrigón. Duerme con un tubo blanco clavado en la garganta, los pies arrejuntados, las piernas de sapo dobladas, desnudo de ropa y de pelos, echado en la fría mesa del quirófano. El globo de la barriga sube y baja sin desinflarse; el cráter del ombligo deslumbra con la ráfaga de luz del enjambre de focos. En el monitor instalado en lo alto de la pared más visible los anestesiólogos chequean los signos vitales; luego regulan el goteo de los sueros somníferos. Una enfermera le inserta una larga y bien lubricada sonda de hule en la uretra. El pene grueso dormita acurrucado sobre la ingle, con la gran lengua de fuera. Peñalosa, segundo cirujano, introduce en el culo un termómetro robusto bien lubricado, lava el tórax lampiño con un desinfectante amarillo que se adhiere al cuero como la miel de abeja al pan. Dos cirujanos desinfectan las piernas con la misma sustancia espesa y pegajosa y las abren como filetes de pescado con un roce de sus bisturís; extraen grandes tramos de venas que extienden sobre telas de intenso color verde y cierran las heridas. Peñalosa abre la piel y la grasa del pecho con una sierrita eléctrica circular; parte el esternón como si trazara una línea divisoria con un pincel rojo; la sierrita redonda gira, zumba como vuelo de abejorro, se calienta muchísimo, corta, cauteriza, impide que se derrame la sangre. Peñalosa instala el separador de colores alegres y acciona la mariposa del mecanismo (crac, crac, crac); la osamenta cruje y cede, aparece el corazón con su envoltura de grasa, latiendo pausado. Peñalosa lo baña con la sustancia cardiopléjica. Una enfermera llena la caverna torácica con piedras de hielo. La grasa quemada es humo negro y fétido. Badillo entra al quirófano embutido en su atuendo verde esterilizado. La enfermera que lo asiste le instala un antifaz de microscopios. Badillo pinza la aorta, las tripas de la bomba se llenan de sangre, el corazón se entume. Badillo lo palpa como un chef que selecciona un buen filete en el mercado; lo despoja de la envoltura de grasa con unos cuantos movimientos del bisturí. La enfermera moldea bolas de grasa y las introduce en una bolsa de plástico; luego la cierra herméticamente y la deposita en una cubeta con tapa. Badillo desprende la arteria mamaria y la sutura al corazón.

     No dio tiempo de ponerle cuatro puentes al gordo, por más que las manos de Badillo trabajaron como las de un guitarrista prodigioso ejecutando un solo de jazz con el requinto. Despinzó la aorta en cuanto suturó el tercer by-pass en el corazón, le dio a éste dos o tres palmaditas. El corazón adormilado sintió retozar en sus cavidades el calor de la sangre y comenzó a latir a ritmo lento, de menos a más, desentumiéndose y asumiendo gradualmente su función, cada vez con menos ayuda de la bomba metálica. En el vidrio aplaudimos con gran alegría y le echamos porras “al gordote”.

     -Con la pura arteria mamaria tiene para otros diez años, aunque no se cuide muy bien, dijo Badillo, recién integrado a la sala de observación.

     -Es decir, aunque siga siendo tragón y güevón, acoté.

   Badillo revisó mis apuntes y corrigió los errores. Salimos de la sala cuando Peñalosa le enredaba una espiral de alambre de acero inoxidable al esternón, para reducir el riesgo de una ruptura en algún movimiento brusco. “Soldará en tres meses, entretanto debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para evitarnos un susto”, explicó Badillo.

     Era la hora de comer. Raquel me esperaba en casa con un lomo de venado a la plancha, pan integral, ensalada de berros con nueces, mousse de mamey con piñones, una copa de vino tinto del Valle de Guadalupe, una taza de café y su sonrisa, su voz, su amorosa mirada.

                                                   ****

Rodeado por el equipo de médicos y enfermeras de Valdemar Badillo, abrí los ojos. Bromeaban. Sonreí de buena gana, contagiado por la confianza que me dio el desparpajo de la gente que me tendría en sus manos casi muerto, abierta la caverna del pecho, enjutos los pulmones, una fruta grande guardada en una canasta de mimbre el corazón. Observé: el quirófano estaba súper equipado con varios sistemas de luces, para descubrir el más recóndito secreto de mis entrañas. Miré la bomba reluciente y sus arterias de hule. Los anestesiólogos palparon mis brazos y mis manos, en busca del sitio idóneo para insertar las agujas del sueño. A diferencia de las ocho cirugías anteriores, esta vez no me angustió que me penetraran las venas. Había templado los nervios para ganarle una batalla a la muerte, para prolongar el horizonte de la vida.

     Desperté cuando el sol se deslizaba tras las montañas. Aspiraba un aroma dulce de almidón. Vi que una mujer blanca sonreía junto a mí. “Mi nombre es Cynthia. Soy su enfermera. Estoy a cargo de usted”, dijo. El brillo de sus ojos iluminaba el pigmento rojo de sus labios. Yo respiraba por un tubo zambutido en la tráquea. Me sentí empalado medieval. El tubo era rugoso, largo, blanco, como la estaca de plata para matar vampiros de la leyenda. Apuntaba al techo como una prolongación de mis labios. Con el lenguaje de mis manos llenas de cables le pregunté a Cynthia la hora en que me operarían. Respondió: “Ya lo operaron. La operación terminó a las dos y media. Todo salió muy bien en el quirófano. Ahora está usted en la unidad coronaria, recuperándose”.

     Estuve despierto, pidiéndole a Cynthia y a los médicos que me sacaran el tubo. Diez días antes de la operación, una enfermera joven, viuda, de mirada y tez marchitas, con dos hijos del difunto y un nuevo marido que no trabajaba, me aconsejó: “Infle muchos globos, para que sus pulmones estén fuertes y flexibles y no hagan tantas flemas. Si me hace caso, le quitarán pronto el tubo y se ahorrará mucho sufrimiento”. Lo había intentado, pero con la presión ridícula de mis resoplidos apenas logré darles forma de cántaros bofos a los globos. Me aterraba que el suplicio se prolongara toda la noche, o uno o varios días. Mi cuerpo era un enjambre de electrodos y cables conectados a muchos monitores; una tubería de drenaje saliendo de la caja de mi tórax; una sonda en mi uretra, del fondo de la vejiga a la bolsa de plástico colgada de la pata de la cama; goteo de suero con antibióticos en mis venas; punzadas de todos los calibres. Y un tubo de mierda. Y un grito doloroso sepultado.

     Las siete y quince minutos. Noche tibia, silente. Los pacientes vecinos gemían quedito. Las enfermeras y los médicos caminaban como levitando. Cynthia se acercó con su más amplia sonrisa y me dijo: “Ahora sí, prepárese. Le voy a retirar el tubo”. Apalancó su mano izquierda en mi hombro y con la otra mano, al primer intento, ¡flog!, extrajo el tubo, con la habilidad de los toreros que ensartan la espada en el corazón agitado del toro. Me pregunté: ¿serán iguales la mirada del animal que caerá para morir en unos segundos y la del hombre que salta hacia el sendero de la vida? Colocó el tubo en una bandeja de acero inoxidable, puso en mi pecho una almohadita blanca y una caja de pañuelos de papel e indicó: “Trate de no toser. Si no puede evitarlo abrace fuerte la almohadita, para que aguante el dolor. Los kleenex son para las flemas. Le puse una cubeta en el piso, al nivel de su cabeza. Tire ahí las flemas”.

     Como casi todas las enfermeras, los cardiólogos clínicos y cirujanos, los anestesiólogos y los camilleros de la unidad coronaria, Cynthia era un poco gorda, de huesos acolchonados y carnes blancas redondas, como una modelo de Rembrandt, pero eficaz en su trabajo y con un modo de ser que rezumaba vigor y temple (digo “pero eficaz”, porque me cuesta entender que alguien traiga seis o siete kilogramos de más en el cuerpo, en un lugar donde se ve morir a la gente con las arterias taponadas de grasa). Sonreía mientras me daba cosas, indicaciones y consejos. Cada sonido suyo, cada gesto, cada objeto que ponía a mi alcance, me advertía: “de ésta no murió, pero no baje la guardia; falta un largo trecho para que recupere la vida verdadera”. Emocionado, esforzándome por alzar y aclarar la voz rasposa, escasamente audible, que transitaba como un escorpión por mi garganta escoriada, le pedí que informara a mi esposa del suceso. “Dile que me desentubaste. Se pondrá contenta cuando lo sepa”.

     Después de esta gran victoria, sobrevino la batalla contra las flemas y la tos. En cada sacudida crujía cual cerca maltrecha el alambre enrollado al esternón, como si se desgajara la caja de huesos de mi pecho. Me abrumaba el inmenso repertorio del dolor en las heridas frescas, en las costillas, en las muelas, en las uñas, en el dorso de las manos con agujas de suero; y el uso desmesurado de los pañuelos de papel y de la almohadita, a la que me aferraba con ansiedad de náufrago. Creí que aplacaba la tos reteniendo en la garganta bolas de flemas y tragándolas. Pero desaté sus frágiles amarras. Toser sin interrupciones me desgarraba la osamenta. Mi corazón agitado como un remolino ponía a prueba la calidad de los puentes recién estrenados. “Haga ejercicios de respiración para que deje de toser. Y no se trague las flemas. Tiene que mejorar pronto o lo entubaremos otra vez”, dijo Cynthia, mostrándome la técnica para reactivar los pulmones, con sus tetas infladas y su boquita fruncida.

     ¡Qué método tan persuasivo el de Cynthia! Aturdido como un sonámbulo al derrumbarse por las escaleras, llené cubetas de flemas, pero cada vez menos; en tres días el aire corría por mi cuerpo como la brisa nocturna por los bosques de la costa. Peñalosa quitó la tubería de drenaje conectada bajo mis costillas: ¡se acabó la hemorragia en las profundidades de mi cuerpo! La presión de la sangre en las arterias y el oxígeno que irriga los órganos vitales se asentaron en los rangos normales. A la glucosa la mantenían a raya con inyecciones de insulina. El dolor en franca retirada, dejándole su lugar a mis deseos de mirar al risueño sol del amanecer.

     -Los médicos dicen que con disciplina y cuidados promedio podrás vivir quince años más; y si te portas extremadamente bien podrías seguir dando lata en este mundo cuando menos otros cinco, dijo mi mujer, apuntando los dulces disparos de su voz hacia mi mejor oído.

     -¡Vamos, viejo, por veinte años!

     -¡Sí, vamos por veinte años!, me retaron mis hijos, como cuando eran niños.

Mi mujer me daba valor con la tibia presión de sus manos.

     -¡Vamos por veinte años!, respondí.

A todos se nos chorrearon las lágrimas. Volvíamos a soñar.

 

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Salí del hospital quince días después de la operación, alentado por la constante disminución del rechinido del alambre que Barbosa enredó en mi esternón y la potencia creciente de mis pulmones y mi corazón. Cada vez impulsaba mejor mi silla de ruedas por el sendero de hojarasca y caca de perros del Parque México. Releí mis apuntes: “Diecinueve días después del allanamiento de mis entrañas, en quince minutos eternos pude avanzar diez metros, con el corazón rompiéndome las costillas; al mes logré trescientos cincuenta metros, en tres etapas de veinte minutos extenuantes, con descansos intermedios de diez; a los cuarenta y cinco días ochocientos metros, en dos jalones de media hora, con un receso de quince minutos. Podía hacer un poco más, pero no me lo permitió el enfermero contratado por mi mujer, con la encomienda de cuidarme más que “a la niña de sus ojos”; a los dos meses le di dos vueltas al malecón del hotel Pierre Marqués de Acapulco (¡tres kilómetros y medio!), con la brisa del mar untándome por los cuatro costados aromas de mangle, sal, arena y jaibas. Diario mejoro mis rendimientos; nada me detiene. Mi piel recuperó su color de cacao secado por la luz del sol. Una atmósfera de optimismo me envuelve. Mi cerebro se zambulle en la sangre oxigenada. Admiro el cielo escampado, su límpido azul, la línea luminosa del horizonte. Me siento lúcido y vigoroso. Las personas que me quieren sonríen y bromean. He decidido desobedecer a los médicos, darme de alta y volver al trabajo.

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