Chema y su pandilla de Gelati.

Chema padecA�a una enfermedad devastadora del sistema nervioso central, un desbarajuste malvado del pensamiento, de las emociones y del control de los mA?sculos. Todo en perfecta sincronA�a, como el golpeteo del cincel que corroe la roca hasta desmoronarla. Es el daA�o progresivo mA?s injusto, el mA?s perverso e inmerecido que la mente y el cuerpo de un hombre dedicado a reflexionar, leer y escribir libros puede sufrir. Se trata (en algA?n lado lo leA�) de un desencadenamiento sucesivo de infartitos al cerebro que en el transcurso de unos cuantos aA�os convierten a su vA�ctima en un ser inmA?vil e insensible a los sucesos.

Cuando los estragos en el sistema nervioso de Chema fueron evidentes, todos los martes de todas las semanas, en la casa de A?ngeles Mastreta y HA�ctor Aguilar CamA�n, rodeado por su esposa y sus amigos de antaA�o (la pandilla de Gelati), Chema degustaba la buena cocina de los anfitriones y recolectaba recuerdos. En los A?ltimos meses le depositaban dentro de la boca los alimentos licuados, como a un pajarito reciA�n nacido. MovA�a ligeramente una mano, caminaba unos cuantos pasos con la ayuda de los dos enfermeros que lo auxiliaban. Sus ojos limpios, radiantes como el sol, expandidos como la aurora, pasmados en el desconocimiento de lo que acontecA�a en su radio de acciA?n, permanecA�an rA�gidos e impA?vidos, como los ojos del David de Miguel A?ngel, como los ojos de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci.

Pocos dA�as antes de que culminara el proceso corrosivo de la muerte, Chema era una escultura bellA�sima, un retrato majestuoso, un gigante atormentado por una cantidad de ataduras inconmensurable como el dolor que nos causa la ausencia de su palabra portentosa, de sus carcajadas, de sus chispeantes bromas eruditas. HA�ctor, Luis Miguel, Luis Linares, A?ngeles, Lilia, Alberto, Mateo, yo mismo que soy tan cobarde para infundir A?nimos, lo abrazamos, besamos sus manos quietas y sus mejillas sonrosadas, le hablamos cerca del oA�do, de la comisura entreabierta y rA�gida de los labios. SabA�amos que no podA�a ser pero anhelA?bamos que nos consolara con una sonrisa, con un roce deliberado de sus manos generosas, con el destello de su mirada inteligente.

Cuando se ha vivido muchos aA�os son ya muy pocas las cosas que asombran y muchas las que conmueven. Los viejos hemos aprendido de los peligros de la vida, a fuerza de mirar las mil maneras en que se deshilvana. Pero tambiA�n hemos apreciado cuA?n capaz es de resurgir, de reconstruirse, de expandirse; de cavar su tumba y de cimentar su perennidad. A?Somos una especie plagada de contradicciones!: frA?giles, macizos, destructivos, innovadores, crueles, amorosos, ignorantes y sapientA�simos.

ConocA� a Chema PA�rez Gay en el ala poniente de la crujA�a O de Lecumberri, despuA�s de desafiar a la muerte con un fusil en el hombro. EstA?bamos en la celda de Alberto Ulloa. Era el verano de 1975. Chema nos bombardeaba con sus palabras, como si recitara las pA?ginas de los libros que leA�a en aquel momento. HablA? tambiA�n de la experiencia intensA�sima que es la creaciA?n poA�tica. Con voz de trueno dijo un verso que recordarA� hasta que muera o pierda la memoria: a�?Como el perro que vuelve a su vA?mito, yo regresarA� a tus brazosa�?. DesmenuzA? las condiciones polA�ticas del paA�s y profetizA? que al cambio de gobierno serA�amos amnistiados. Sudaba. De su cabellera blanca se desprendA�an muchas gotitas de sudor. Y temblaba. TenA�a miedo de estar en la cA?rcel, aunque fuera por una hora. Estaba allA� porque no podA�a dejar en el desamparo a su amigo preso, aunque cargara en los hombros el peso de las murallas. Nos visitA? varias veces (ya no sA?lo a su amigo Alberto sino a todos los amigos que se ganA? con su sapiencia y su bondad ilimitada), a reavivar la esperanza de nuestra liberaciA?n: la solidez de su palabra derrumbaba muros y barrotes. Al oA�rlo, nos veA�amos caminando por las calles mA?s populosas de la gran capital del paA�s, nadando en los rA�os y en el mar.

Treinta y cinco aA�os despuA�s, revisA? minuciosamente la penA?ltima versiA?n de La casa de bambA?, mi primera novela. Luis Linares, amigo eterno y lector amoroso, tambiA�n habA�a leA�do con toda atenciA?n mi novela. Ellos, mi hijo SaA?l y yo nos reunimos a comer y a platicar, en el Rojo Bistrot de la colonia Condesa. Chema puso sobre la mesa el manuscrito subrayado y sus notas. Me hizo dos sugerencias comedidas: a�?Yo le quitarA�a estos adjetivos (habA�a seA�alado los adjetivos con un marcador verde; las pA?ginas, con un diminuto doblez en la esquina superior derecha) y la palabra atropellos al subtA�tulo. QuedarA�a: Una historia de agravios y rebeliones. Es una novela muy cabrona, pero no se recarga en los extremos. Me gusta. La recomendarA� con los editores cuates que todavA�a no quiebran, para que se publique. Y quiero presentarla, junto a Linares y el Toruchoa�?.

Mi hijo SaA?l, emocionado con la oportunidad de conversar con el autor de sus libros predilectos, consiguiA? que se los dedicara con especial generosidad.

Al despedirnos, notA� que Chema arrastraba ligeramente la pierna derecha. Mi novela fue publicada, pero A�l ya no tuvo palabras para presentarla.

saul-1950@hotmail.com

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