Aniversarios en abril

Por SaA?l LA?pez De La Torre

Estoy en la pequeA�a biblioteca de mi domicilio, que a la vez es mi gimnasio equipado con dos aparatos estupendos: uno para moverme las piernas como si anduviera en bicicleta, con la fuerza de un motorcito elA�ctrico; el otro, para ponerme de pie y leer o escribir mientras estoy parado. Son las ocho y cuarto de la noche del nueve de abril. Escribo de pie, en mi laptop. El tema de mi texto, insinuado en el tA�tulo, no son los aniversarios de hechos trascendentes acontecidos en el mes de abril, como los tres eventos registrados en los libros y los periA?dicos que enseguida anotarA�:

La emboscada en la que un grupo de soldados al mando de JesA?s Guajardo asesinA? a Emiliano Zapata, en la hacienda de Chinameca, Morelos, el diez de abril de 1919.

La matanza en Ruanda, a machetazos y balazos, de ochocientos mil o un millA?n de tutsis (ochenta por ciento de esa etnia) y hutus moderados. El genocidio se desatA? la noche del seis de abril de 1994, a raA�z del asesinato del presidente Juvenal Habyarimana.

El golpe de Estado al presidente Hugo ChA?vez, perpetrado el once de abril del 2002, que colocA? al lA�der empresarial Pedro Carmona Estanga, sA?lo por tres dA�as, en la presidencia de la a�?RepA?blica Bolivariana de Venezuelaa�?.

Pues bien, el texto que he comenzado a escribir no tiene nada que ver con acontecimientos de tan enorme relieve. Versa sobre a�?mis aniversarios de abrila�?. OjalA? sirva de algo a quienes lo lean.

Hace nueve aA�os, a esta hora, en la unidad coronaria del hospital Picacho de PA�mex, la enfermera Cynthia extrajo el tubo rugoso que emergA�a veinte o treinta centA�metros desde mi garganta, apuntando hacia el plafA?n de mi cuarto de cuidados intensivos: A?era la mejor prueba de que la maquinaria de mi cuerpo respondA�a bien a la operaciA?n a corazA?n abierto concluida seis horas antes! Reforzado por cuatro bypasses mi corazA?n palpitaba al ritmo que le exigA�a el sereno circular de la sangre y el oxA�geno por los aletargados conductos arteriales y venosos. Los efectos de la anestesia se diluA�an y daban rienda suelta a los aguijonazos en el pecho y al escozor en la garganta. Dolores y flemas se entreveraban con el trazo del nuevo horizonte: A?veinte aA�os mA?s de vida!, siempre que tuviese los cuidados de un atleta de alto rendimiento. O quince, o diez, en consistencia rigurosa con la gradualidad en la disciplina y el designio de la suerte.

Hoy, nueve de abril del 2012, se han cumplido nueve aA�os del instante aquel en que me comprometA� con mi mujer y mis hijos a vivir dos dA�cadas mA?s. Me encuentro casi a la mitad del ambicioso trayecto. Mi corazA?n resiste con holgura jornadas diarias de diecisiete o dieciocho horas: dos de ejercicios fA�sicos y el resto de reuniones, lecturas, escrituras, viajes, quehaceres A�ntimos y recreativos. La bomba cardiaca funciona al cien por ciento, como si nunca hubiese padecido los efectos del sedentarismo, el estrA�s y la ateroesclerosis. Tal vez resulte un plazo corto, acudir dentro de once aA�os a mi cita con la muerte.

El segundo aniversario se cumplirA? cuatro dA�as despuA�s de que sea publicado este artA�culo, el lunes diecisA�is. En esa fecha, tambiA�n al filo de las ocho de la noche, hace veintisiete aA�os, me rompA� la columna vertebral en un accidente de carretera. El cielo de aquella noche era oscuro, tachonado de estrellas fugaces que alumbraban como relA?mpagos la barranca en que yacA�a con tres vA�rtebras fracturadas y la mA�dula espinal contundida. Mis piernas pesaban como troncos de ceiba. La espalda me dolA�a muchA�simo. Sudaba y gemA�a. Hay una laguna muy cerca del suelo pedregoso en que caA�. OA�a los chapuzones de los peces y el diA?logo de los grillos con un tumulto de ranas. Algunos bA?hos melancA?licos dilucidaban los misterios de mis gemidos. Las lechuzas surcaban los destellos de los cocuyos, chillando como plaA�ideras.

No camino desde entonces. AprendA� a moverme de un lado a otro sobre una silla de ruedas diseA�ada a la medida de mis huesos, soA�A?ndome sin ataduras, libre como el viento tibio de la primavera. Y a planear cada movimiento con la sosegada minuciosidad de un ingeniero petrolero. AprendA� tambiA�n que no es desoladora la experiencia de vivir sin caminar, mientras no se pierda el equilibrio de la mente y la dimensiA?n de nuestras limitaciones. AsA�, se puede incluso ser productivo y gozar de las formas positivas de felicidad ligadas al cerebro y a los sentimientos. Pensar, sentir, delinear ideas y aportarlas, dar y recibir afecto. El vuelo de la mente inhibe y diluye las anclas de la parA?lisis. La prueba prA�stina de lo que digo es Stephen Hawking, el renombrado fA�sico teA?rico inglA�s, poseedor de la CA?tedra Lucasiana de matemA?ticas que ocupA? Isaac Newton en la universidad de Cambridge. Enfermo de esclerosis lateral amiotrA?fica, ha vivido mA?s de treinta aA�os moviendo A?nicamente el dedo de la mano derecha con el que activa los mecanismos de su silla de ruedas que le permiten moverse y trasmitir el valor inconmensurable de su palabra.

Gracias al ejemplo que el cosmA?logo Stephen Hawking encarna, no celebro ni me agobian mis aniversarios de abril.

 

saul-1950@hotmail.com

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