¿Anarquistas violentos?

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Por Saúl López De La Torre

saúl-1950@hotmail.com

De acuerdo con el diccionario, el concepto filosófico anarquismo proviene del griego. Significa: “sin autoridad ni poder”. Sus postulados parten del sueño bellísimo de Jean-Jacques Rousseau, expresado en dos frases muy conocidas: “El hombre es bueno por naturaleza”; “El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado”, acuñadas, en ese orden, en sus obras: Emilio, o De la Educación, y El contrato social.

El hombre es bueno porque nace libre, pero el Estado y sus instituciones lo encadenan, lo pervierten, lo hacen infeliz y trastocan el orden natural de las cosas. El revolucionario anarquista Mikhail Alexandrovich Bakunin, acérrimo opositor de Karl Marx, veía en el aparato coercitivo del Estado los orígenes de la desigualdad, del desorden, del odio y el combate del hombre contra el hombre. En El llamamiento a los eslavos, El catecismo revolucionario y El Estado y la anarquía, Bakunin propone la supresión de los Estados nacionales y la formación en su lugar de libres asociaciones agrícolas e industriales, la abolición de las clases sociales y de la herencia, la igualdad de los sexos y la organización de los trabajadores al margen de los partidos políticos.

Pierre Joseph Proudhon proponía la federación de comunas, el mutualismo y el cooperativismo como sustitutos del Estado. Confió en la vía pacífica y en la ayuda mutua como métodos para conseguir la liberación del hombre.

Sin la sombra opresora del Estado, las inquietudes y las demandas de la gente encontrarían acomodo en un orden justo e igualitario, sustentado en un cúmulo libérrimo de organizaciones afines de la sociedad civil. La anarquía es el arreglo democrático absoluto entre pares, en el que se preserva la libertad y la bondad del hombre, por encima de cualquier tentación autoritaria.

En el agitado devenir de la historia, el pensamiento anarquista de Bakunin, Proudhon y otros filósofos de mediados del Siglo XIX ha sido interpretado de manera diametralmente opuesta: escudados en su nombre se han ejecutado acciones terroristas, revueltas, oleadas represivas, es decir, las expresiones más acendradas de la maldad y el odio.

Anarquía es ahora una palabra que se asocia con la ira de los desesperados que patean y arrojan fuego, piedras, palos, insultos, contra los muros de granaderos (el símbolo del aparato represivo del Estado que opera en las grandes urbes), ante los ojos y los oídos de toda la sociedad: los medios masivos de comunicación y las redes sociales nos muestran en vivo estos eventos desde cualquier parte del mundo.

El pasado 10 de junio, vimos que una turba de jóvenes identificados como anarquistas arremetió contra los granaderos de la Ciudad de México con bombas molotov, botellas de aerosol usadas como sopletes, palos y piedras. Los anarquistas conmemoraban a los caídos en la masacre del 10 de junio de 1971 perpetrada por los halcones: el grupo de choque entrenado por el gobierno de Luis Echeverría para apalear y matar estudiantes inconformes, que ese día hizo su primera y única aparición pública. La manifestación estudiantil de hace 42 años era pacífica. Pretendía demostrar a la sociedad (particularmente a los partidarios de la lucha armada que hacían una labor de proselitismo en las universidades), la viabilidad de la manifestación callejera, pacífica y ordenada como método de lucha para imponer la democracia al Estado represor. El dos de octubre de 1968 estaba demasiado fresco en la memoria del mundo. La corriente democrática y reformista del movimiento estudiantil creía que, en tanto no se transgredieran las reglas de la protesta civilizada, el gobierno no se atrevería a derramar otra vez la sangre de sus críticos comedidos y bien intencionados. Por otra parte, la tendencia radical y revolucionaria, sostenía que manifestarse pacíficamente en las calles sería tanto como oponer el pecho desnudo a las balas asesinas de Luis Echeverría. La vía pacífica se había liquidado en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en 1968; y en las normales rurales, en 1969. Los reformistas ganaron en las asambleas la discusión a los revolucionarios y se prepararon para demandar democracia y diálogo en la plaza pública. Así condujeron al matadero a la masa ingenua de estudiantes del Politécnico y la UNAM. Lo que vino después fue la guerra sucia de la brigada blanca y el ejército contra los estudiantes y campesinos convertidos en guerrilleros, con un saldo de miles de muertos, prisioneros y desaparecidos. La última secuela de este episodio sangriento y secreto fue la sorpresiva declaración de guerra del neozapatismo chiapaneco al gobierno de Carlos Salinas, el primer día de 1994, en cuyo desenlace los medios masivos de comunicación jugaron un papel determinante. En sólo diez días de combates el zapatismo ganó para su causa un trozo del territorio nacional y la oportunidad de construir un gobierno autónomo: un pequeño Estado indígena dentro del Estado mestizo mexicano.

Y ahora surgen las manifestaciones anarquistas, tan lejanas en el tiempo, en las ideas y en el método, a la utopía de los filósofos del siglo XIX. Defienden a toda costa la naturaleza salvaje, para alcanzar la libertad total del individuo, a la vez que enarbolan la consigna: “Violencia proletaria y toma del poder, son las tareas que el pueblo debe hacer”. ¿Hacia dónde vamos?

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