¡Ahí vienen los zapatistas!

Zapatistas

Por Saúl López De La Torre

Antes de que transcurriera la primera hora del primer día de enero de 1994, comenzó a repiquetear el teléfono de mi casa en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Tomé el aparato, con la certeza de que del otro lado de la línea estaría algún pariente o un buen amigo deseoso de felicitar a sus semejantes por el hecho de iniciar un año nuevo. Mi mujer y mis hijos me conminaron a que cumpliera de prisa el consabido intercambio de buenos deseos y me reintegrara a la sabrosa charla de sobremesa que apenas habíamos iniciado.

-¡Hola!, ¿quién habla?, dije.

-Soy Pedro Villatoro, de Las Margaritas, señor delegado. Le hablo nomás para decirle que mañana no me presentaré a pagar la cosecha (entonces yo trabajaba como delegado de la Conasupo en Chiapas, la empresa paraestatal cuyo mandato más importante era el de adquirir toda la cosecha de maíz y de frijol, a un precio que garantizaba a los campesinos la rentabilidad de su negocio. Diciembre y enero eran los meses más álgidos de la cosecha de maíz), porque los indígenas tienen bloqueadas las carreteras y tienen sitiado el pueblo. ¡Se rebelaron! ¡Están matando a los caciques y a los policías! ¡Ya se apoderaron de la presidencia municipal! ¡Se oyen balazos por todos lados! ¡Es una rebelión, delegado, una rebelión de los indígenas! ¡Son miles de indígenas armados! ¡También se apoderaron de la estación de radio! ¡Lanzan consignas de guerra en los idiomas chol y tojolabal! ¡Yo estoy encerrado en mi casa, con mi familia! ¡Ni siquiera nos asomamos a mirar por la ventana! ¡Es una cuestión muy delicada y muy peligrosa! ¡Tenga usted cuidado, porque van para Tuxtla Gutiérrez y luego a la Ciudad de México! ¡Ahorita están diciendo por la radio que en el camino se les van a unir todos los indígenas del país! ¡Dicen que se van a apoderar de Palacio Nacional, de la presidencia de la República, que todo el poder será para los indios! ¡Se rebelaron, delegado, es una gran rebelión de los indígenas! ¡Así que discúlpeme, pero no podré presentarme a trabajar mañana en la pagaduría, nomás le hablo para que esté usted enterado!

-Me cuesta trabajo creer lo que me dices, Pedro, pero te creo. Sin duda se trata de algo muy delicado. No te preocupes, pues estando así las cosas ni siquiera habrá cosecha que pagar. Cuídate y cuida a tu familia. Gracias por la información. Y, por favor, no dejes de mantenerme al tanto de lo que suceda, háblame cuantas veces quieras.

Aquella llamada de Pedro Villatoro, en los primeros minutos del año 1994, me sacudió los pelos, la sangre y los huesos, como es de suponerse. Desde ese momento y durante varios años el tema central de nuestras charlas familiares, en el trabajo y en las reuniones con los amigos, fue la rebelión de los indígenas chiapanecos, encabezada por el enmascarado, y aun así carismático, subcomandante Marcos. De pronto, el “movimiento indígena” de los discursos de los antropólogos y sociólogos, devino en el “Ejército Zapatista de Liberación Nacional”, nutrido por decenas de miles de indios de todas las etnias que habitan la selva y la sierra de Chiapas y por algunos cientos de mestizos comprometidos hasta el tuétano con sus demandas, entre ellos el subcomandante Marcos, quien, según su dicho, “manda obedeciendo” a los comandantes indígenas.

En el estrecho círculo de mi familia, el primero de enero de 1994 nos amanecimos tratando de entender cómo habían evolucionado las cosas en Los Altos de Chiapas. Igual que muchos chiapanecos, lectores de periódicos y amigos de rancheros, maestros o curas de aquella región, sabíamos que allá había mujeres y hombres armados, quizás con alguna organización de tipo militar, una especie de guerrilla aislada y trasnochada que no había visto pasar el tiempo en el resto del país. Después de la guerra sucia de los setenta, en la que fueron aniquiladas las organizaciones guerrilleras, con un saldo de miles de muertos, desaparecidos, encarcelados y torturados, parecía en extremo claro que la lucha armada no era una vía transitable para lograr la reivindicación de los oprimidos del país, fuesen estos indios o mestizos, obreros o campesinos. Y menos viable sería saltar de la guerra de guerrillas a la guerra de movimientos y a la guerra de posiciones, en un abrir y cerrar de ojos, tomando por sorpresa al mundo entero. Pero en los primeros programas de noticias del año 1994, vimos en la televisión al subcomandante Marcos armado hasta los dientes, echando rollo tras rollo a la prensa nacional y extranjera, desenvolviéndose como pez en el agua, con un manejo magistral del micrófono y del escenario. Nunca, el factor sorpresa había funcionado tan a las mil maravillas, con una resonancia tan amplia como los ojos y los oídos del mundo entero, para un grito de protesta de los marginados. Nunca más, “la voz de los sin voz”, ni sus guerras, serían secretas.

Ahora, a diecinueve años de distancia, los tenemos otra vez en la escena pública, desde su territorio, armados hasta los dientes con el poder de la palabra. La historia sigue. Veamos cómo avanza.

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