A más de un mes de la tragedia… la incertidumbre

IMG_6819

Por Vania Pigeonutt

Día 35 de la tragedia que lleva por nombre Manuel. Calles, patios de muchas casas, y avenidas, parecen laberintos sin salida. Fragmentados. De las construcciones destrozadas por la tormenta tropical sólo quedan escombros. Aún hay gente en albergues que no sabe qué hará, dónde vivirá. Hay otros refugiados en su misma desgracia que esperan por una ayuda.

Las calles vestidas de recuerdos: un sillón abandonado que fue arrastrado por el río Huacapa en Chilpancingo, sillas navegando sobre el cacuce; juguetes, ropa, refrigeradores, mochilas, libros. Fotografías, que ya no parecen serlo, flotan sobre la espesura del agua con millones de bacterias que provocan infecciones a los habitantes de unas cinco colonias cercanas al cauce del río que destruyó, por su fuerza, por lo menos 100 construcciones.

De las tres casas que quedan y están a punto de colapsarse la gente desentierra lo que puede; trastes en su mayoría, porque todo lo demás se lo llevó el agua del río Huacapa, “joven tómele la foto a mi casa, porque es la última que voy a ver antes de que se la lleve el río”, pide Juan Cisneros Lorenzo, uno de los jefes de familia, de unas 50 que vivían en lo que hasta el domingo 15 de septiembre era el fraccionamiento Azteca.

Las familias de ese lugar ubicado en la zona Norte de Chilpancingo, una de las zonas más afectadas por la tormenta tropical Manuel se refugian en albergues temporales y con algunos de sus familias, sólo algunas personas regresaron, no a ver si sus casas se podían rescatar, “porque ya se había visto que no, están todas socavadas y truenan mucho, en cualquier rato se las lleva el río”, sino a salvar lo poco que les quedó, algunos garrafones de agua de una tienda y herramientas.

Juan tiene 50 años y llevaba seis en el fraccionamiento. Cuando le compró a Demetrio Altamirano- acusado de líder corrupto- el terreno hace nueve años sacó escrituras, porque él junto con otras 28 familias sí tenían, los demás vivían en área federal desde mucho antes de que él se mudara con sus seis hijos y su esposa. Su terreno le costó 37 mil pesos y vendiendo comida en la primaria Luis Donaldo Colosio construyó de cemento, lo que fue su hogar.

No tiene esperanzas de que el gobierno le dé ningún apoyo, porque con las lluvias de 2010, donde también su casa, en ese entonces de madera, se dañó, “demostraron que están hechos de atolillo, el alcalde en ese entonces Héctor Astudillo vino a decir que nos apoyaría, ni un quinto nos dio. Nada. Así son ellos”.

El gobierno, según su percepción, obliga a la gente a “matar, a robar, a secuestrar. Eso es a lo que a uno lo orillan, no te dan opciones, no te dan crédito. Yo no me quiero ir a otros caminos, tengo que buscarle, pero tengo una hija en Medicina allá en Acapulco que necesita que nos recuperemos para seguirle dando dinero; otra está en la prepa, otra en la secundaria, dos más grandes y Juanito, mi junior”.

Doblemente damnificado resultó Juan, porque se quedó sin trabajo. La Reforma Educativa exige que se vendan en las escuelas verduras y soya, “eso yo no lo voy a vender, están mal, este es un pueblo tortillero, la gente come tortillas no soya, que arreglen otras cosas y luego piensan en eso. Yo no puedo seguir vendiendo eso, no me van a comprar”.
Como él, Laura Reyes Guzmán de 31 años también busca, a más de un mes de la tragedia, de entre sus cosas algo qué rescatar y así llevarle a su familia alguna esperanza.

Aún, entre los escombros se pueden ver pericos en sus jaulas muertos, electrodomésticos descompuestos, basura y los garrafones de la tienda que también atendía Juan. Parece como si esa colonia hubiese sido un campo baldío, aunque la ayuda de los vecinos que llevan tortas a los que cuidan sus casas, recuerda que no.

“Se vende pan dulce y agua de garrafón. Miscelánea Rubí de Dios”, se lee en uno de los letreros que parece sostenerse del aire. “Se perdió más en Nusco (pueblo de la Costa Grande que hace varias décadas desapareció)”, dice resignado Juan y comenta que aunque sea de mojado se iba ir, pero iba a salir adelante.

Como en casi todas las colonias de ese lado, las autoridades sólo han censado, hecho promesas, dado algunas tarjetas para recuperar enceres. Nada, como dice Juan, reconstruiría años de trabajo.

IMG_6897

La tragedia de la tragedia, sobre la tragedia

En Guerrero hay un común denominador: la tragedia de la tragedia, sobre la tragedia. Hay quienes desde que iniciaron su historia son pobres. De ellos se ha hablado mucho. Por qué son pobres, qué comen por pobres, que no tienen por pobres, adónde van por pobres. Todo. Siguen igual.

Es Totomixtlahuaca, una comunidad con unos 5 mil habitantes de Tlacoapa, en la región de la Montaña, uno de los municipios con mayor índice de cuestiones negativas, muertes maternas, índice bajo de mortalidad, desempleo, oportunidades. Aquí a un mes de la tragedia, sostiene que si se perdió la mitad del pueblo, fue porque son pecadores. La superstición y el fanatismo caminan también con las personas.

El domingo 15 de septiembre la comunidad de Totomixtlahuaca rescató a su santo, de las lluvias que ocurrieron por maldición. El pueblo padeció al igual que otros 51 la fuerza de la tormenta tropical Manuel; media comunidad se perdió, y el Santo Entierro, una de las tres imágenes más veneradas de esa zona se salvó de que se lo llevara el agua.

Tlacoapa es un municipio prehispánico, data del siglo XI cuando reinó Tlachinollan. Era un importante centro político, después en el siglo XVI, cuando los españoles colonizaron existió un convento, de los Agustinos. La viruela, como “Manuel” en ese tiempo se llevó a medio Totomixtlahuaca, pero en este caso, sólo hubo dos muertos.

Víctor Rojas, lo perdió todo. Y así como en 1985 Totomixtlahuaca dejó de ser municipio, ésta se convierte en una comunidad desplazada, mucha gente se ha ido a Tlapa, otros viven de “arrimados”, y su santo, está aún resguardado en la Comisaría del pueblo. Tranquilo, en paz, cuentan; a pesar de que si viviera podría valorar que unas treinta personas nadaron sin importarles sus pertenencias por rescatarlo, aunque pesa 250 kilos.

La imagen más venerada en Tlapa es el Señor del Nicho, luego en Xalpatlahuac, también el Santo Entierro, en tercer lugar otro Santo del mismo nombre, pero en Totomixtlahuaca. En semana santa van aproximadamente 20 mil personas, que le encargan sus cosechas, a sus hijos y que les garantice la comida.

La mayoría de la gente se dedica al campo y son Me´phaa, Tun Savi y mestizos. El río Tamiaco, no había inundado desde el siglo pasado así a alguna comunidad, “pero sabemos porque lo hizo. A inicios de mes, unos bandidos se robaron las limosnas de Santo Entierro, nosotros creemos que fue una maldición, un castigo de nuestro Santo porque le robaron sus pertenencias”.

Guerrero no se recupera

El estado que se caracteriza por sus movimientos sociales, aún no se recupera. Hay unos 200 mil damnificados, algunos más que otros. Las tarjetas de apoyo en enseres que reparte la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) no se dan con uniformidad. Hay muchas denuncias en pueblos, sobre todo de la Sierra, y la Montaña en donde exigen rescates, que haya caminos.

Según especialistas en el tema, como Germán Urban Lamadrid, geólogo de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG) el estado retrocedió en la materia que estudia unos 30 años. No habrá apoyo que sirva para que se acomoden las capas terrestres donde estaban cimentadas más de 200 carreteras que se fracturaron o se perdieron. Los caminos adyacentes empiezan a ser insuficientes.

El dolor y la pérdida según la oficialidad sólo tocó a unas 150 personas a causa de la tormenta tropical. Dicen que no hubo más de 200 muertos, pero la gente cuenta sus propias cifras, en las siete regiones del estado: Montaña, Centro, Norte, Costa Chica, Tierra Caliente, Costa Grande y Acapulco, esta última más atendida por representar la esperanza turística de un estado que en el aire parece un rompecabezas.

Comentarios

Comentarios